El Deportivo no solo juega hoy un partido de fútbol en Ceuta; afronta una reválida crucial que debe marcar, de una vez por todas, el inicio del camino real hacia el ascenso. Tras el desastre de la semana pasada en Riazor, donde la imagen del equipo quedó herida, no cabe otro escenario que regresar con los tres puntos. Cualquier otro resultado sería un fracaso sería la gota que comó el vaso y comenzarian a mirar más arriba del banquillo, buscando soluciones drásticas antes de que el tren del éxito pase de largo.
Es el momento inapelable de reaccionar, de no hacerlo, la situación se volverá insostenible. El deportivismo es una afición fiel, pero está agotada de escuchar tantas milongas y promesas de futuro mientras el presente se escapa entre los dedos. En esta categoría no se vive de escudos ni de nombres, se vive de realidades; por eso, lo único que se impone es la victoria.
Se presume de talento, y nadie duda de que existe, pero hasta ahora ese talento ha sido como el destello del faro de la Torre de Hércules: una luz potente pero intermitente, que brilla un segundo para luego dejar paso a la oscuridad. El equipo no necesita faros de adorno, necesita una luz constante que guíe el juego durante los noventa minutos.
Resulta frustrante ver a jugadores que reciben todo tipo de elogios en las ondas y grandes titulares sobre el papel, pero que a la hora de la verdad, cuando el barro aprieta, deciden esconderse. El talento sin esfuerzo es un insulto a la grada de Riazor. Un partido no se gana con dos o tres chispazos de clase para luego quedar dormidos, deambulando sobre el césped como almas en pena o «fedetestas» de una causa en la que parecen no creer.
Hoy exigimos sangre, sudor y el respeto que merece la camiseta blanquiazul. Porque el ascenso no se pide, se conquista minuto a minuto, sin descanso y sin excusas.