Pedro y el lobo. Por Miguel Abreu

Hay historias que atraviesan los siglos porque, en el fondo, nunca dejan de hablar de nosotros. La de Pedro y el lobo es una de ellas. Un muchacho grita sucesivamente por un peligro que no existe, juega con el miedo de los demás, desgasta la verdad y acaba por descubrir demasiado tarde que la confianza, una vez quebrada, raramente regresa intacta. Pero nuestro tiempo ha traído una versión más sombría de esa fábula. Ya no se trata de la inocencia de un niño, sino de la utilización fría de la mentira como instrumento de poder. Y esa diferencia lo es todo. Una cosa es no medir las consecuencias. Otra, muy distinta, es conocerlas y, aun así, insistir.

Donald Trump no puede ser leído como un episodio folclórico de la política internacional, ni como una excentricidad más de un líder imprevisible. El problema es más grave. Cuando la mentira deja de ser una desviación y pasa a ser método; cuando la amenaza deja de ser reacción y pasa a ser cálculo; cuando los aliados son tratados como piezas descartables y el mundo como un tablero personal, ya no estamos solo ante un hombre difícil. Estamos ante una forma de ejercer el poder que corroe la confianza entre naciones, banaliza la irresponsabilidad y transforma la inestabilidad en moneda política. La mentira de Pedro perjudicaba sobre todo al propio Pedro. Las mentiras de hoy sirven para concentrar influencia, riqueza, sumisión y miedo, a costa de los demás. Y es por eso por lo que ya no estamos ante una fragilidad de carácter, sino ante una amenaza moral y política con efectos mundiales.

Ante esto, Europa tiene que crecer. No en retórica, sino en lucidez, en exigencia y en valentía. Necesita pensar estratégicamente el presente para merecer un futuro. Y eso quizá obligue a preguntas duras, que durante demasiado tiempo se evitaron. ¿Puede haber verdadera unidad sin lealtad? ¿Puede una casa común mantenerse sólida si, dentro de ella, algunos trabajan persistentemente contra los fundamentos que la sostienen? La historia muestra que las culturas políticas no se transforman por decreto, por guerra, por la caída de un líder o por la ilusión de una victoria rápida. Cambian lentamente, con educación, convivencia, memoria y tiempo. Por eso, la respuesta civilizatoria no puede ser la ingenuidad, pero tampoco puede ser la desesperación. Hay que reconstruir relaciones de confianza, profundizar cooperaciones serias, abrir caminos de intercambio y reaprender algunas verdades simples: ser global no es dominar, es compartir; no es uniformizar, es respetar; no es imponer, es saber convivir. La verdadera unidad nunca nace de la fuerza. Nace de la elevación. Y quizá el drama de nuestro tiempo sea que hay líderes que todavía no han comprendido que el mundo no necesita dueños. Necesita hombres de palabra.

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