Hoy es 14 de abril. Una fecha que, por su peso en el calendario emocional e histórico de España, debería ser un escenario para el recuerdo sereno y, sobre todo, para la reconciliación. Sin embargo, en este 2026, la realidad que nos golpea es muy distinta. Nos encontramos con un panorama donde los intereses espurios de las siglas políticas parecen decididos a emponzoñar la convivencia ciudadana, utilizando la memoria no como puente, sino como trinchera.
El cinismo político en España ha alcanzado un grado superlativo, pero no se detiene en el Parlamento. Se extiende hasta la cumbre de una Monarquía que vive en una contradicción permanente. Tenemos un Rey emérito que juega al despiste, quiere volver, pero parece que lo hace con la cautela de quien teme que le «birlen la pasta». Esa imagen del exilio dorado choca frontalmente con la realidad de miles de familias que pasaron momentos muy difíciles precisamente por ser fieles a una ideología, por la coherencia de sentirse republicanos sin esconderse.
Ese cinismo que hoy vemos en los despachos tiene raíces profundas. No podemos olvidar que, en el régimen franquista, la disidencia se pagaba con la vida bajo la etiqueta uniforme de «rojo». Fusilaron a republicanos católicos por el simple hecho de no arrodillarse ante el brazo en alto. Para el bando golpista, la fe no servía de escudo si no ibas de la mano de la dictadura. Fue la época de una fe secuestrada por el nacionalcatolicismo, representada por esos curas con canana que prefirieron bendecir la represión antes que practicar la caridad. Para aquella iglesia de brazo en alto, la cruz no era un símbolo de paz, sino un arma de guerra contra cualquiera que defendiese la libertad. Ese es el peso de la memoria que hoy algunos quieren seguir emponzoñando con dinero y crispación.
En este 14 de abril, la nostalgia republicana no es solo una mirada al pasado; es un reclamo de justicia en el presente. Sobre la figura de Felipe VI pesa una cuestión mayor que impide cualquier avance hacia la modernidad, su negativa a renunciar a la inviolabilidad. Mientras el jefe del Estado esté por encima de la ley, el concepto de igualdad democrática será una ficción que solo alimenta el deseo de recuperar aquel espíritu republicano que hoy muchos añoramos.
La crispación que respiramos no nace de ideologías profundas. Nace del dinero. Quien piense que este clima de enfrentamiento es estrictamente político, se equivoca, estamos ante una fría estrategia de mercado. Asistimos a guerras mediáticas libradas por quienes actúan como auténticos terroristas de la información. Ya no es el viejo «oro de Moscú» lo que mueve los hilos, hoy son los intereses de partido los que mantienen con dinero público o de grandes empresas el conflicto vivo porque, lamentablemente, el odio es rentable políticamente en las urnas.