Con mucho mimo

¡Boguiii…! Nada, ni caso. No sé si no ha llegado todavía o ya se ha marchado…. reflexionaba don Bugre – un bogavante asturiano- pensando en un chavalote de su especie. Una Ñocla, nombre de un buey de mar en el resto del país, le aclaraba la situación: mira Bugre, no te has enterado de nada. Anoche te quedaste dormido viendo “20.000 leguas de viaje submarino” mientras Bogui veía, en su zona de confort, cómo disfrutaba un bogavante con un coro de judías verdinas… Mejor que judías, en estos delicados momentos deberíamos decir alubias. Bueno, pues eso. Un coro de verdinas que no lograron despertarte ni con sus picardías verderonas ni con su griterío. 

Con mucho mimo, el bogavante les explicaba a “unes andariques”, también de la tierra de Pelayo -nécoras para el resto del Cantábrico y hasta los límites norteños de Gran Sol-, su protagonismo en la gastronomía unido a un ingrediente que ya es imprescindible: el mimo que se aporta a cualquier preparación para su feliz ingesta. 

Antes, el lugar más valorado para disfrutar era la cama, un chisme polivalente que ponía por delante el reposo, el descanso y… ¡claro!, el placer al dictado de los instintos: los tintos, los blancos, los rosados… Luego, con el paso del tiempo, ese lugar cambió: el mimo, el confort, el afecto, el disfrute residió en otro espacio: el retrete, etimológicamente un lugar oculto y lejano, que con el tiempo logró introducir la higiene y el relax.  Ese cuarto de baño en el que se empezó a mejorar el tránsito intestinal propició la evolución de otro espacio: la cocina.

En el principio de los tiempos tan sólo se valoraba eso, la comida. Comer o no comer, esa era la cuestión. Luego la evolución y la sensatez hicieron llegar la selección de alimentos, en función de las disciplinas saludables, e impusieron la dietética.  Tiempos más cercanos y sus usos sociales han elevado a la alimentación al terreno de los medios de comunicación con programas de grandes chefs y concursos para elegir, no al mejor cocinero sino al más mediático. Ya es casi tan importante como la propia ingesta del producto elegido, el prestigio personal, la foto que has subido a las redes sociales de ese bugre que te acabas de comer, para que todos vean que te lo has podido pagar, dejando a un lado la complexión derivada de la ingesta, como la barriga y otros referentes corporales. Así, de pronto, entre flores y pinzas, nació la “gilipollez al plato”. Pero, eso sí, tapizada con los presuntos valores de la nostalgia de la cocina de las abuelas y la ternura que llegaba a los fogones con la complicidad de que todo ha sido realizado con mucho mimo. 

Se diga en nuestro idioma o en otro, la cocina, la kitchen, es ese nuevo espacio en el que residen los mimos. Ahí está ese Mariano, apodado “el asturiano” por haber pasado un rato en Oviedo, lo mismo que a un bogavante en Asturias lo llaman bugre. Eso sí, tratado con mucho mimo, como a Mariano en la kitchen.

Pues eso.

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