Hay silencios que solo la poesía puede romper, y este fin de semana, en el Cementerio de Torrero, el silencio se transformó en una catarsis colectiva. Bajo un cielo gris y la lluvia persistente de mayo, Vicente Férez, el «Poeta Funerario», protagonizó una liturgia de la memoria que ha dejado una huella imborrable en la ciudad.
Lejos de las presentaciones literarias convencionales, Férez habitó el Andador de Costa y la Capilla para oficiar algo mucho más profundo: un réquiem dedicado exclusivamente a las madres que descansan en Torrero. No hubo libros a la venta ni transacciones comerciales; solo hubo palabra, entrega y una emoción que desbordó a los presentes.
El milagro de la palabra a pie de tumba
Lo que comenzó como un acto de respeto se convirtió en un «terremoto emocional». Decenas de zaragozanos, que acudían a visitar a sus seres queridos, quedaron paralizados ante el altar de Férez. Sus versos, escritos de forma inédita para esta ocasión, actuaron como un bálsamo: desconocidos se encontraron llorando juntos, unidos por una voz que supo poner nombre al dolor de la ausencia.
«No he venido a vender, he venido a entregar la palabra que me han dictado los silencios de España», sentenció Férez. Esta declaración de principios marcó el tono de un evento donde la integridad artística se impuso al comercio, ganándose el respeto y la gratitud de una ciudad que, según los testigos, «nunca había vivido nada igual en su camposanto».
Zaragoza en el corazón de un poeta
El acto ha supuesto un hito en la trayectoria de Vicente Férez, quien recorre España devolviendo la poesía a las tumbas. Al finalizar la jornada, el artista confesó llevarse a Zaragoza grabada en el alma, agradecido por la sensibilidad de un pueblo que supo abrazar su propuesta con una amabilidad y un respeto sobrecogedores.
Férez parte de Zaragoza dejando atrás un eco de consuelo en las galerías de Torrero, demostrando que mientras exista la palabra, ninguna madre será olvidada y ningún duelo se vivirá en absoluta soledad.