Para que no os peleéis por la herencia, me lo gasté todo en vida

Hay que reconocerlo, para ser de Monte Alto no basta con haber nacido a la sombra de la Torre; hay que tener esa mezcla exacta de orgullo, viento de Nordés en las venas y una capacidad asombrosa para reírse de todo, empezando por la propia muerte.

La esquela de nuestro vecino José Ramón ha sentado cátedra en los portales de la calle San José. Mientras medio mundo se pasa la vida ahorrando para que sus herederos se peleen por un piso con humedades o una finca en el quinto pino, él ha decidido aplicar la «Economía del Disfrute Máximo».

Su mensaje a la descendencia es de una honestidad que desarma: «No busquéis, que no hay». Se lo gastó todo. En vida. Como debe ser.

Se imagina uno el recorrido de ese patrimonio: se fue en raciones de pulpo en la calle de la Barrera, en viajes que no caben en un álbum de fotos, en propinas generosas y en esas rondas de copas que se alargan hasta que el sol asoma por el Orzán. José Ramón no ha dejado una herencia en el banco, ha dejado una factura de felicidad que ya está totalmente liquidada.

A sus herederos les queda lo más valioso: el alivio de no tener que pagar el Impuesto de Sucesiones (porque de donde no hay, la Xunta no saca) y la envidia sana de saber que su ascendiente se bebió la vida de un trago, sin dejar ni las gotas.

Desde aquí proponemos que le pongan una placa en el Campo de la Leña. No por filántropo, sino por ser el único coruñés que logró que su última voluntad fuera una carcajada.

Buen viaje, José Ramón. Esperamos que allí arriba también acepten el «ya pago yo» que te trajo hasta aquí

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