Andalucía en la UVI: El descaro de una política que comercia con muertos mientras desmantela la vida

En mis años de vida, que ya son muchos, he visto pasar de todo por la política española. He visto transiciones, pactos y desacuerdos. Pero lo que estamos viviendo estos días en la campaña andaluza ha cruzado una línea que creía infranqueable. Asistimos a una auténtica «cacería» política donde el adversario ya no es alguien con quien debatir, sino una presa a la que abatir mediante el fango y la descalificación furibunda.

Resulta desolador ver cómo se han «tirado al monte» Sánchez, Feijóo y Abascal. En lugar de propuestas para la tierra, vemos ataques que rozan la bajeza moral al instrumentalizar el dolor. Recurrir a la trágica muerte de dos servidores de la ley, como los guardias civiles fallecidos en Huelva, para lanzarlos como arma arrojadiza, es un síntoma de una enfermedad política profunda. Peor aún es el comodín de ETA, ese fantasma que sacan a pasear cada vez que los argumentos escasean, mezclando de forma torticera el pasado del País Vasco con la realidad andaluza de 2026.

¿Qué está pasando en Andalucía para que el PP parezca desbordado en este nivel de agresividad? Lo que se prometía como una campaña de «perfil bajo» y gestión, al estilo de Juanma Moreno, se ha transformado en un lodazal de medias verdades y bulos. Aquellos que blasonan de libertad parecen ser hoy sus menos fieles defensores, asfixiándola con ruido en sus páginas, ondas o Internet, para que el ciudadano no pueda pensar con claridad.

Decir que España es una «dictadura» no es solo una mentira; es un insulto a la memoria. Lo dicen quienes, quizás por juventud o privilegio, ni conocieron el servicio militar ni vivieron bajo la bota de un dictador real, donde las libertades estaban yuguladas de verdad. Llamar dictadura a la democracia es querer romper el tablero porque no te gustan las reglas.

Y mientras el ruido ensordece, lo verdaderamente importante se desangra: Sanidad pública. Mientras los líderes de Génova y Ferraz se lanzan descalificaciones de trazo grueso, los andaluces ven cómo nuestro sistema de salud de Andalucía está en la UVI. Las listas de espera y la precariedad de la atención primaria no se solucionan con gritos ni con banderas. Dependiendo de lo que salga de las urnas este 17 de mayo, a la sanidad pública le darán la extremaunción o conseguirá, por fin, salir adelante.

Es hora de que se acabe el descaro de quienes blasonan de una libertad que no defienden. Ya basta de embadurnarlo todo con un lodazal de mierda para tapar la más absoluta incapacidad de gestión. El domingo, el pueblo andaluz se juega mucho más que unas siglas o un color en el mapa; se juega el derecho elemental a que no le mientan a la cara mientras lo más sagrado, la vida y la salud, se mueren entre sus manos. La elección es tan cruda como definitiva: o se permite que la política siga hundida en este vertedero o se rescata de una vez lo que por derecho pertenece a la ciudadanía

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