Vacaciones a la vista: el espejo de nuestra depredación

Periodista y escritor

Tenemos el billete en la mano y una sonrisa de suficiencia. Ya nos vemos allí, «conectando» con lo ancestral. Pero antes de que cerremos la maleta, hagamos un pequeño ejercicio: imaginemos que mañana, al abrir la puerta de nuestro piso en Bilbao, Donosti o Iruñea, nos encontramos con una comunidad indígena del Amazonas instalada en nuestro pasillo. No nos han pedido permiso. Han decidido que nuestra cocina o nuestra salita es un escenario “exótico” para su próximo ritual y se dedican a mirar entre las plantas de tu hogar mientras te graban con el móvil porque les parece que tu vida de oficinista es “exótica” o “pintoresca”. ¿Te parecería una experiencia enriquecedora o sentirías que tu autonomía y tu intimidad han sido violadas de forma intolerable?

¿Qué harías? ¿Llamarías a la policía denunciando una violación de tu espacio de privacidad?Seguramente. Sin embargo, eso es exactamente lo que hacemos nosotros cuando aterrizamos en sus tierras. Consideramos que nuestro dinero nos da una “licencia de ocupación”. Entramos en sus aldeas, en sus ritos y en su cotidianidad con la misma arrogancia con la que ellos ocuparían tu casa. La diferencia es que ellos no tienen a quién llamar. Tú eres la autoridad, porque tú eres el que paga.

El turista como depredador neocolonial

Lo que llamamos «intercambio cultural» es, en realidad, una relación de poder unidireccional y violenta. Vamos a buscar al “pobre indígena” para compartir un baile o una comida, convencidos de que somos “compañeros de fiesta”. Es una farsa. No hay reciprocidad; hay una transacción mercantil donde compramos la identidad del otro para consumirla en pequeñas dosis de quince minutos.

Es una mirada eurocentrista y blanca que trata a las personas como objetos de escaparate. En la educación de nuestros hijos, los expertos insisten en que debemos respetar su integridad física y no obligarlos a tocar o besar a extraños si no quieren. Pero cuando viajamos, nos sentimos con el derecho de tocar sus ropas, de acariciar las cabezas de sus niños para la foto y de invadir su espacio sagrado. Aplicamos un supremacismo estético donde su cultura solo tiene valor si es fotografiable y se ajusta a nuestro ideal de “lo exótico”.

La compra de paisajes en un mundo agotado

No solo compramos a la gente, sus identidades, también  compramos el paisaje. El turismo moderno es una maquinaria arrasadora que privatiza lo que debería ser común. Gastamos cantidades ingentes de energía en un mundo finito, quemando combustible para llegar a lugares que estamos destruyendo con nuestra sola presencia. Es la paradoja de la obsesión por el rendimiento: incluso nuestro tiempo libre debe ser «productivo». Tenemos que “conquistar” montañas lejanas aunque muchos no hayan subido jamás al Pagasarri o a Igeldo; hacer expediciones  por  selvas con guía, wifi y gps antes de llegar al aire acondicionado del hotel; y “deportes de aventura” cuando las únicas que hemos realizado han sido hacer pira un dñia al colegio o indignarnos en recepción porque el café del desayuno estaba tibio.

Tratamos el planeta como tratamos a veces a los niños: como un recurso que debe ser gestionado y optimizado para que nos dé el máximo placer en el menor tiempo posible. No viajamos para estar, viajamos para poseer. Ahora vamos a Bali a Cancún o Borneo como hace décadas íbamos a Marbella, a Salou o Fuengirola, entonces para volver con el “moreno” en la cara, brazos y piernas, y ahora con el pasaporte sellado y el móvil lleno de imágenes para mostrarlo todo a la vuelta en las reuniones con los amigos en la oficina o en la taberna.

Así, el paisaje, esos paisajes que hemos contemplado, dejan de ser ecosistemas vivos para convertirse en un fondo de pantalla para nuestro ego. Es una existencia volcada hacia afuera, donde el valor de la experiencia no reside en el momento, sino en la validación externa que recibiremos al mostrarlo.

La mentira de la “amistad” y el control del otro

Esa tendencia a creer que somos «colegas» de los pueblos que visitamos es la máxima expresión de nuestro delirio de grandeza. Las fuentes psicológicas nos enseñan que una relación verdadera requiere tiempo, interés genuino y  ausencia de una agenda oculta. El turista siempre tiene su propia agenda: quiere la vivencia, el recuerdo y el estatus.

Es una forma de dominio sutil. Al igual que muchos padres y madres intentan controlar cada paso de sus hijos-as para que encajen en su modelo de éxito, nosotros intentamos que las culturas ajenas se mantengan “puras” y “estáticas” para que sigan siendo atractivas para nuestro consumo de ocio. Nos molesta ver a un indígena con un smartphone porque “rompe la magia” de nuestra foto o quizá también nos sirva, pero al revés, porque le añade un atractivo extra para mostrarlo a la vuelta. Queremos que sigan siendo pobres y pintorescos para que nuestro viaje mantenga su valor romántico. Es la mercantilización de la hospitalidad llevada al extremo.

El legado que dejamos

¿Qué les estamos enseñando a nuestros hijos cuando nos ven actuar así? Les enseñamos que el mundo es un supermercado. Si en casa les hablamos de límites y de respeto, pero fuera nos ven saltarnos cualquier norma de convivencia con tal de conseguir la mejor vista o la experiencia más exclusiva, les estamos diciendo que el respeto es solo para quienes tienen nuestra misma cuenta bancaria.

Estamos criando «ciudadanos» que no saben ser invitados, sino dueños. Estamos perpetuando ese patrón de comportamiento agresivo que, según los expertos, surge cuando no hay una base de confianza y respeto real en las relaciones. Si el niño ve que tratamos al habitante de otro país como una atracción de feria, aprenderá que la empatía es algo opcional que se puede apagar al cruzar la aduana.

Seguir participando en esta farsa no es una muestra de espíritu aventurero; es una muestra de desconexión emocional y social. Si nos parece una aberración que alguien ocupe nuestra casa en Bilbao sin permiso para cazar insectos, empecemos  a entender que nuestro viaje “todo incluido” o nuestra “ruta alternativa” por el sudeste asiático es, en esencia, lo mismo.

El planeta, esos pueblos, no han pedido que les visitemos, y esas culturas no han pedido que las “salves” con nuestra presencia y nuestras propinas. Y si lo hacen, por favor, entendamos, qué es lo que hay detrás de todo eso. Es hora de que abandonemos esta mirada de conquistadores y aprendamos a convivir con la frustración de no poseerlo todo. Quizá las mejores vacaciones sean aquellas en las que aprendamos a estar en silencio en nuestro propio salón, sin consumir a nadie, sin arrasar paisajes y sin creer que somos el centro de un universo que, sencillamente, ya se ha cansado de nosotros.

Comparte éste artículo
No hay comentarios