
Una de las victorias del presidente Trump ha sido tan silenciosa como espectacular y decisiva. Durante meses, Trump ha mantenido bajo presión al régimen chino y, finalmente, concluyó este proceso en la pasada cumbre celebrada con Xi Jinping en China, adonde llegó con una posición negociadora de fuerza que ha dado sus frutos.
En los últimos 30 años, China construyó un imperio económico a costa de infligir un déficit comercial enorme a Estado Unidos y desmantelar su base industrial. Con la llegada de Trump a la Casa Blanca esto se ha terminado. Desde 2025, su Administración ha atacado los pilares que sustentaban el auge chino y está desmantelando el mismo para sustituirlo por un sistema más justo. Lo hemos visto con claridad desde entonces en las medidas adoptadas por Trump: aranceles masivos diseñados para forzar la reubicación de cadenas de suministro; restricciones a semiconductores que asfixian las ambiciones de Inteligencia Artificial y la fusión militar-civil de China; diversificación de tierras raras para romper el arma de monopolio y ataque de Pekín; restricciones de inversión que bloquean la penetración china en sectores estratégicos de EE.UU; expansión de las exportaciones de gas natural licuado y petróleo que fortalecen el dominio energético estadounidense; friend-shoring en el Indo-Pacífico para reducir la dependencia de la manufactura china, etc.
La estrategia de Trump para combatir al adversario que es China es amplia y funciona. El bloqueo del Estrecho de Ormuz por fuerzas estadounidenses ha cerrado uno de los principales suministros de petróleo de China, lo que ha obligado al régimen comunista a doblegarse y negociar. Trump ha desmantelado la capacidad de China para coaccionar o presionar económicamente a Estados Unidos y al mundo. Cuando la infraestructura petrolera iraní y el tráfico del Estrecho de Ormuz se volvieron inestables a principios de este año y hasta ahora, China enfrentó una realidad brutal: su economía sigue siendo muy vulnerable a choques energéticos externos. Al contrario que Estados Unidos, que vuelve a ser energéticamente independiente y lidera las exportaciones de gas y petróleo. El factor iraní ha sido clave porque China importa enormes cantidades de petróleo, e Irán ha sido una de las válvulas de presión de Pekín contra la influencia occidental.
En la pasada cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping, el presidente llevó las mejores cartas del juego a nivel comercial, tecnológico, energético, de control de la cadena de suministro y de influencia geopolítica. Esto ha permitido a Trump conseguir victorias importantes, que ya se están concretando en:
• Aumento de compras chinas de energía y agricultura estadounidense.
• Campañas de presión alrededor de los precursores de fentanilo.
• Negociaciones ligadas a exportaciones de tierras raras.
• Acceso a IA y chips siendo usados como herramientas de negociación.
• Presión sobre Pekín respecto a Irán y Rusia, entre otros países.
Ya no se trata de Estados Unidos de rodillas, como sucedía con Obama y Biden, sino de los Estados Unidos de Trump obligando al régimen chino a negociar y hacer concesiones dentro de un marco diseñado por el presidente.
La actuación de Trump en el asunto de China refleja mejor que nada la nueva estrategia internacional del presidente, basada en la acción y movimientos audaces. Con Trump, el país ha recuperado la influencia económica y militar desde una posición de fortaleza. Esto es importante porque el futuro geopolítico dependerá de quién controla el comercio, la energía, la tecnología, los alimentos, las rutas marítimas, la IA y las finanzas globales en los próximos 50 o 100 años. Y ha sido Trump quien ha logrado la ventaja crucial y determinante frente a China. Lo ha hecho con su liderazgo, pero también con el de los CEOs de las empresas más importantes de Estados Unidos, que lo acompañaron en el viaje a China; un movimiento inteligente porque al poder político se unió el poder americano en sectores como la banca global; los pagos globales; los semiconductores; la infraestructura de IA; el sector aeroespacial; el suministro de alimentos; la tokenización; las redes de comunicaciones; la custodia; la biotecnología; la manufactura; los mercados de capitales, etc.
Trump llevó todo a la cumbre y ganó. La arquitectura económica posterior a la Segunda Guerra Mundial se construyó sobre deuda centralizada, ejecución militar, dependencia del petrodólar, control de SWIFT, y rieles financieros de la era industrial. Pero el mundo digitalizado de hoy requiere de liquidación en tiempo real; interoperabilidad neutral; verificación descentralizada; transferencia de valor tokenizado; cooperación sin renunciar a la soberanía; libros contables transparentes en lugar de intermediarios opacos; incentivos económicos alineados hacia la estabilidad en lugar de conflicto perpetuo. Trump ha sabido ver esta transformación mundial y está moldeando los próximos 100 años. Las empresas que acompañaron a Trump a China representan el sistema operativo de la economía mundial emergente. Un sistema interconectado digitalmente y de paz a través de la prosperidad.
Mientras esa transformación avanza, Trump logró acuerdos tangibles. Entre éstos que China compre 200 aviones Boeing; adquiera más de 17.000 millones de dólares en productos agrícolas de EE.UU. durante los próximos tres años; renueve las autorizaciones para más de 400 instalaciones de carne de res estadounidenses y reanude las importaciones de aves de corral de ciertos estados de EE. UU.
Además, la Administración Trump consiguió establecer una Junta de Comercio entre EE. UU y China para optimizar el comercio bilateral en productos no sensibles y entregar resultados para los agricultores, ganaderos, pescadores, pequeñas empresas, fabricantes y trabajadores estadounidenses. Aunque se mantienen los aranceles para combatir las prácticas comerciales injustas de China y defender los intereses de EE.UU., de ahora en adelante, buscar un comercio equilibrado con China en sectores y productos clave puede aportar mayor estabilidad a esta relación económica. El presidente también presionó para que empresas estadounidenses como Visa puedan operar en China después de haber sido excluidas previamente del mercado.
El éxito de la cumbre no significa que desaparezca la competencia. Por ejemplo, Estados Unidos se prepara para endurecer los controles de exportación, bloqueando los chips de IA más avanzados de Nvidia y AMD para que no lleguen a filiales chinas que operan fuera de China. Esta medida llega después de que el régimen chino haya rechazado una reciente oferta del equipo de Trump relativa los chips de Nvidia, y refleja el conflicto en curso en torno a los semiconductores.
Otro punto de conflicto entre ambos países es Taiwán. En este tema, Trump no hace declaraciones, simplemente actúa y dejar ver el compromiso estadounidense con la isla. Así, Taiwán aumentará drásticamente su arsenal de misiles antibuques a más de 1.800 para principios de 2029, con el fin de contrarrestar la amenaza creciente de bloqueo o invasión por parte de China. El arsenal incluirá 850 misiles Harpoon suministrados por EE.UU., junto con aproximadamente 1.000 misiles de crucero Hsiung Feng II y Hsiung Feng III producidos localmente. El mes pasado, el parlamento de Taiwán aprobó un gasto adicional de 25.000 millones de dólares en defensa para municiones de EE.UU., mientras que Taipéi también espera la aprobación de un paquete separado de armamento por valor de 14.000 millones de dólares que actualmente está siendo considerado por Trump. Para coordinar el poder de fuego ampliado, el ejército taiwanés formará un nuevo Mando de Combate Litoral el 1 de julio, que combinará radares costeros, misiles antibuques y drones en una fuerza unificada. En todo ello, el apoyo estadounidense es vital.
Asimismo, en un nuevo avance de la agenda de Trump para cortar la influencia de China en el país, el Pentágono ha incluido a los gigantes Alibaba, BYD y Baidu en la lista de colaboradores del régimen militar chino, prohibiendo al Gobierno realizar contratos directos con ellos a partir de 2027.
El mundo todavía no es consciente de la importancia de esa cumbre y de cómo Trump lo ha cambiado todo, reforzando el poder de Estados Unidos y su capacidad de liderazgo mundial. La estrategia de Trump respecto a Chima ha funcionado, todo lo contrario que la de la Unión Europea, que se encuentra en una posición de debilidad enorme respecto al gigante asiático.
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