Hay que reconocerle a José Luis Martínez-Almeida una fe inquebrantable. No en el urbanismo, ni en los árboles, ni en la hostelería madrileña, no. Una fe ciega en la capacidad de Pedro Sánchez para estar en todas partes al mismo tiempo, como si el presidente del Gobierno fuese el Espíritu Santo pero con corbata.
Dice el alcalde de Madrid —así, de martes y sin anestesia— que le entran serias dudas de que la Moncloa apoye a la capital para albergar la final del Mundial de Fútbol de 2030. Y como quien no quiere la cosa, deja caer la sospecha de que Sánchez prefiere que el partido se juegue en Casablanca. En Marruecos. Hombre, puestos a buscar un culpable de que el Bernabéu no se llene de vips de la FIFA, ¿qué menos que apuntar al vecino del norte y de paso meter en el ajo al del sur? Malo será.
A este paso, los científicos van a acabar demostrando que a Manolete no lo mató Islero, aquel miura negro y entrepelado en la plaza de Linares. Qué va. Un análisis de ADN de última hora revelará que el astado pertenecía a una ganadería secreta de la familia Sánchez, criada en los sótanos de la Moncloa con el único objetivo de desestabilizar la tauromaquia y, por extensión, el buen nombre de Madrid.
El arte de no dar una en el clavo
El problema de Almeida es que empieza a parecerse a Pierre Nodoyuna, aquel entrañable villano de los dibujos animados que ponía trampas en la carretera y siempre acababa saltando por los aires con su propio dinamiterismo. Si en Madrid llueve, la culpa es del paraguas de Sánchez; si hace calor, es que el socialismo ha recalentado el asfalto; y si la FIFA duda, es que el presidente se ha vuelto de Casablanca de toda la vida.
Todo vale en la viña del Señor con tal de mantener el piñón fijo. Es un mérito, ojo. Hay que tener la cabeza muy amueblada —o muy desocupada, según se mire— para conectar la alta diplomacia internacional con el césped de Chamartín en una sola frase y quedarse tan ancho. El alcalde tiene esa virtud tan nuestra de responder con una pregunta o, en su caso, con una acusación que sirve para un roto y para un descosido. Si el Mundial no viene, ya tenemos al malo de la película; y si viene, dirá que fue a pesar del boicot de la Moncloa. Un plan sin fisuras.
No sabemos si en Rabat o en Casablanca están muy pendientes de los desvelos de Almeida, pero lo que es seguro es que el personal en Madrid empieza a sospechar que el alcalde tiene menos luces que el día del apagón general. Construir una teoría de la conspiración futbolística internacional porque a uno no le salen las cuentas de la gestión diaria es, como mínimo, un ejercicio de funambulismo digno de admiración.
Al final, la retranca nos enseña que cuando alguien insiste tanto en mirar hacia la chistera del mago ajeno, suele ser porque no quiere que le miren los bolsillos propios. Que Sánchez tiene duendes en la Moncloa ya lo sabemos todos; lo que no sabíamos es que también tenía un equipo de ojeadores en Marruecos pasándole informes al rey Mohamed VI para fastidiarle la fiesta al Ayuntamiento de Madrid. Habrá que ir al Bernabéu a ver si el balón es redondo o si también viene firmado por el sanchismo. Por si las moscas.