La Casa de las Tortillas

@jsuarez02111977

Había una época en la que A Coruña no necesitaba grandes salas de conciertos para fabricar canciones. Le bastaban unos cuantos metros cuadrados, una barra de madera, una cocina siempre encendida y un puñado de personas incapaces de entender la vida sin una guitarra cerca. Ese lugar tenía un nombre que todavía despierta una sonrisa entre quienes lo conocieron: La Casa de las Tortillas.

Detrás de aquella puerta estaba Francisco Gómez Seijo. Aunque casi nadie lo llamaba así. Para toda la ciudad era, simplemente, Gandy. Músico antes que hostelero. Compositor antes que empresario. Un hombre que comprendía que un bar podía ser mucho más que un negocio. Podía convertirse en el lugar donde la música encontraba cobijo antes de subir a un escenario.

Cuando abrió La Casa de las Tortillas, a mediados de los años ochenta, no inauguró únicamente una tortillería. Sin buscarlo, abrió un punto de encuentro para una generación de músicos, artistas y amigos que encontraron allí un rincón donde compartir canciones, ideas y noches que parecían no tener reloj. Se entraba para comer una tortilla y era fácil acabar hablando de rock hasta que amanecía.

Las mesas nunca fueron simples mesas. Eran el lugar donde nacían proyectos, donde aparecían guitarras sin previo aviso y donde alguien comenzaba a marcar un ritmo sobre la barra mientras otro respondía con una melodía improvisada. Allí no importaban los currículums ni la fama. Lo único imprescindible era tener algo que decir con una guitarra entre las manos.

Fue entre aquellas paredes donde nació Cacahué, la banda con la que Gandy acabaría dejando una huella imborrable en el rock coruñés. Lo que comenzó como un grupo de amigos terminó convirtiéndose en una de las formaciones más representativas de la ciudad durante los últimos años de la década de los ochenta.

Y también fue allí donde, casi sin darle importancia, Gandy escribió el Rock del Deportivo. No pretendía crear un himno. No pensaba en estadios llenos ni en miles de personas cantando al unísono. Era una canción más de tantas que nacían con absoluta naturalidad entre conversaciones, risas y guitarras apoyadas junto a la barra. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Tras el ascenso del Deportivo a Primera División en 1991, aquella composición terminó convirtiéndose en la banda sonora de varias generaciones de deportivistas.

Lo extraordinario de La Casa de las Tortillas nunca estuvo únicamente en su cocina. Estaba en el ambiente que respiraban sus paredes. Era uno de esos lugares donde siempre parecía estar ocurriendo algo. Un músico conocía a otro. Una conversación acababa transformándose en un ensayo. Una idea terminaba convertida en canción. Nadie acudía con la intención de hacer historia. Simplemente sucedía.

Gandy nunca entendió la hostelería como un oficio separado de la música. Para él, ambas compartían la misma esencia: reunir personas. Crear un espacio donde cualquiera pudiera sentirse parte de algo. Quizá por eso La Casa de las Tortillas terminó convirtiéndose en uno de los grandes referentes de la movida musical coruñesa. No porque tuviera un escenario, sino porque allí comenzaron muchas de las historias que más tarde sonarían sobre ellos.

Hoy resulta imposible hablar del nacimiento del Rock del Deportivo o de los primeros pasos de Cacahué sin detenerse en aquella pequeña tortillería. Entre tortillas recién hechas, vasos sobre la barra, guitarras afinándose y conversaciones que nunca tenían prisa, fue creciendo un pedazo de la cultura popular coruñesa.

Hay establecimientos que alimentan a sus clientes. La Casa de las Tortillas hizo algo mucho más difícil: alimentó la creatividad, la amistad y el espíritu de una generación entera de músicos. Y pocas veces un local tan pequeño fue capaz de dejar una influencia tan grande en la historia del rock de A Coruña.

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