El Mundial de Estados Unidos, México y Canadá 2026 entra en su fase culminante con un cartel de auténtico lujo. Por primera vez desde Italia 1990, las semifinales de la Copa del Mundo reunirán en exclusiva a cuatro selecciones que ya saben lo que es levantar el trofeo más codiciado del planeta. Francia, España, Inglaterra y la vigente campeona, Argentina, superaron extenuantes exámenes en los cuartos de final para protagonizar dos duelos de época que prometen paralizar el mundo del fútbol
El Mundial de la expansión, el primero con 48 selecciones y tres países anfitriones, ha superado las expectativas más optimistas. Tras semanas de sorpresas, eliminaciones inesperadas de grandes potencias y revelaciones que animaron la fase de grupos y las rondas de eliminación directa, el torneo ha decantado su tramo final hacia la aristocracia del fútbol. No hay espacio para las sorpresas. Los cuatro equipos que se jugarán el pase a la gran final no solo representan la élite competitiva actual, sino que acumulan entre sí una mística y una experiencia en grandes citas que asegura dos batallas de un nivel táctico y físico descomunal.
Las sedes de Dallas y Atlanta se preparan para recibir a miles de aficionados en lo que se prevé como el clímax futbolístico de la década. A continuación, analizamos cómo llega cada uno de los cuatro colosos a la antesala de la gloria.
La vigencia del campeón y el último baile de Messi
La selección argentina ha demostrado una resiliencia a prueba de todo. Lejos de sufrir el desgaste del campeón o la complacencia, el bloque dirigido por Lionel Scaloni ha sabido reinventarse durante el torneo. Con una mezcla perfecta entre la vieja guardia y jóvenes que aportan una energía incansable en la presión, la albiceleste se planta en semifinales mostrando su versión más competitiva y pragmática.
El factor emocional sigue siendo el gran motor de este equipo. Con un Lionel Messi que ha sabido dosificar sus esfuerzos para ser determinante en los metros finales, Argentina juega con la confianza que da el saber sufrir. Su paso por los cuartos de final demostró que, incluso cuando el juego colectivo no fluye, la solidez defensiva y la jerarquía individual son suficientes para sacar adelante los partidos más cerrados.
El rodillo ofensivo de los Bleus
Francia vuelve a estar donde la lógica dictaba, pero el camino no ha sido sencillo. El conjunto de Didier Deschamps ha hecho gala de una pegada demoledora que compensa cualquier tramo de desconexión en el medio campo. La velocidad de sus transiciones y la profundidad de su plantilla convierten a los galos en el rival más temido en el juego de contragolpe.
Kylian Mbappé, en plena madurez futbolística, lidera un ataque que asusta por su variedad de recursos. Lo que hace especialmente peligrosa a esta Francia es su capacidad para dominar diferentes registros: pueden asfixiar al rival con una presión alta o replegarse en su propio campo para salir en velocidad letal. Llegan a las semifinales con el cartel de favoritos colgado por los analistas, avalados por su consistencia física en los minutos finales de los encuentros.
La madurez del tiqui-taca moderno
España ha sido, sin lugar a dudas, la selección que mejor fútbol ha desplegado a lo largo del torneo. Fiel al estilo de posesión que la caracteriza, la Roja ha sumado a su libreto una verticalidad y un desparpajo por las bandas que la convierten en un equipo impredecible. La mezcla de veteranía en la sala de máquinas y la frescura de sus extremos ha desarmado a todas las defensas que han intentado plantarle cara.
El seleccionador ha logrado construir un ecosistema donde el colectivo brilla por encima de las individualidades. La presión tras pérdida de España ha sido la más eficiente del campeonato, impidiendo que los rivales armen contragolpes y obligándolos a defender muy cerca de su propia área. El reto en las semifinales será mantener esa fluidez ante un rival que cerrará los espacios con una intensidad nunca antes vista en el torneo.
Los tres leones rompen su maleficio
Inglaterra respira aliviada y con una confianza renovada. Tras años de quedarse a las puertas de la gloria en torneos continentales y mundiales, el equipo de Gareth Southgate parece haber alcanzado la madurez psicológica necesaria para ganar los partidos decisivos. Su trayectoria en este Mundial ha estado marcada por la solidez en el balón parado y una disciplina táctica impecable.
Con una generación de futbolistas que triunfan en las mejores ligas del mundo, los ingleses combinan el rigor defensivo con destellos de genialidad en tres cuartos de cancha. El equilibrio en el centro del campo ha sido la clave para sostener a un equipo que ya no se descompone ante la adversidad. Inglaterra sabe que está ante una oportunidad histórica de devolver el fútbol a su cuna, y la motivación en el vestuario es máxima.