Hubo un tiempo en que el Deportivo buscaba futbolistas.
Hoy parece buscar otra cosa.
Busca un carpintero.
No para reparar las viejas vigas de Riazor, sino para construir un aficionado nuevo. Uno que no venga con memoria de fábrica. Uno que no recuerde los años en los que el escudo era lo único que quedaba en pie mientras todo alrededor se derrumbaba.
La historia empieza en un taller sin serrín. Un lugar limpio, iluminado, con paredes de cristal y comunicados perfectamente redactados. Allí no se fabrican juguetes. Allí se diseñan comportamientos.
—Necesitamos un nuevo seguidor del Deportivo.
El carpintero dejó las herramientas sobre la mesa.
—¿Cómo lo quieren?
—Que anime.
—Eso es fácil.
—No. Que anime cuando nosotros queramos.
El viejo entendió enseguida que aquello no iba de madera.
Iba de obediencia.
Eligió el tronco más dócil que encontró. Le arrancó los nudos, porque los nudos son rebeldía. Le lijó las cicatrices, porque las cicatrices recuerdan demasiado. Le vació el pecho, porque un corazón siempre termina llevando la contraria a la cabeza.
Después empezó a tallar.
Le dibujó una sonrisa permanente.
Le puso una bufanda recién comprada.
Una camiseta sin una sola mancha de cerveza.
Y unos ojos incapaces de mirar hacia atrás.
Cuando terminó, el muñeco parecía perfecto.
Solo faltaban los hilos.
Uno para decidir cuándo aplaudir.
Otro para decidir cuándo cantar.
Otro para decidir cuándo callar.
Otro para decidir qué debía pensar.
Y el más importante de todos, uno atado al cuello.
Porque quien controla el cuello decide hacia dónde mira una persona.
El muñeco abrió los ojos.
Le enseñaron rápidamente las nuevas normas.
No preguntes.
No cuestiones.
No incomodes.
No molestes.
Si alguna decisión duele, sonríe.
Si alguien protesta, aléjate.
Si una parte del estadio se queda en silencio, mira hacia otro lado.
El Deportivo, le dijeron, necesita tranquilidad.
El muñeco aprendía deprisa.
Aplaudía sin emoción.
Cantaba sin sentir.
Celebraba sin entender.
Era exactamente el aficionado perfecto.
Hasta que un domingo cruzó Maratón Inferior.
No encontró bombos.
No encontró banderas.
No encontró gargantas rotas.
Encontró silencio.
Pero hay silencios que hablan mucho mejor que cualquier megáfono.
Entonces ocurrió algo inesperado.
El muñeco empezó a escuchar voces.
No venían de la grada.
Venían del cemento.
Del hierro oxidado de las barandillas.
De los escalones desgastados por miles de botas.
Eran voces antiguas.
La de quien cruzó España para ver perder al Deportivo por tres goles.
La de quien lloró un descenso y volvió la semana siguiente.
La de quien dejó media juventud colgada de una valla.
La de quien entendía que un escudo no pertenece a quienes lo gestionan.
Pertenece a quienes lo sostienen cuando todo se hunde.
El muñeco quiso acercarse.
Los hilos se tensaron.
Desde arriba alguien tiró de ellos.
Pero, por primera vez, la madera pesaba más que las órdenes.
Porque existe una verdad que ningún despacho puede cambiar.
Las marionetas obedecen.
Los aficionados sienten.
Y entre una cosa y la otra existe un abismo.
El carpintero observaba desde la puerta.
Había comprendido demasiado tarde el encargo que le habían hecho.
No le habían pedido construir un deportivista.
Le habían pedido fabricar un espectador.
Uno que ocupara un asiento.
Uno que alabara cualquier decisión.
Uno que confundiera fidelidad con sumisión.
Uno que creyera que querer al Deportivo consiste en no levantar nunca la voz.
Pero querer un escudo nunca ha sido eso.
Querer un escudo es precisamente lo contrario.
Es discutir.
Es sufrir.
Es enfadarse.
Es exigir.
Es defender su identidad incluso cuando quienes lo dirigen parecen haber olvidado de dónde viene.
Aquella tarde, el muñeco hizo algo imperdonable.
Se llevó las manos a los hilos.
Uno a uno.
Los rompió.
Y cayó al suelo.
No porque hubiera dejado de moverse.
Sino porque, por primera vez, empezaba a caminar solo.
Quizá ese sea el verdadero problema.
No el silencio de una grada.
Ni el ruido de una protesta.
Ni siquiera un conflicto entre aficionados y dirigentes.
El verdadero problema empieza el día en que alguien cree que un club de fútbol puede construir seguidores como quien fabrica muebles en serie.
Porque las sillas se compran.
Las entradas se venden.
Los estadios se llenan.
Pero una afición jamás se talla con un formón.
Una afición nace donde la madera nunca podrá hacerlo.
En el pecho.
Y cuando alguien intenta cambiar ese corazón por unos hilos, ya no está construyendo el futuro de un club.
Está escribiendo el cuento más triste que jamás se haya contado en Riazor.