El asunto del ático de Ayuso ha encendido todas las alarmas en la Real Casa de Correos. Y no precisamente por el fuego que arrasa los montes madrileños, sino por un incendio político que ha dado un inesperado oxígeno al PSOE. La compra opaca de un inmueble de lujo por parte de la Comunidad de Madrid para su supuesto uso provisional abre un escándalo sonrojante sobre cómo el erario público acaba rozando el servicio privado, permitiendo a la presidenta y a su pareja vivir a cuerpo de rey a costa del contribuyente.
Resulta paradójico en alguien que un día sí y otro también se levanta dispuesta a embarrar el debate, lanzando improperios contra el presidente del Gobierno, llamándolo corrupto o repitiendo la consigna que le dictan por el pinganillo, antes siquiera de desayunar. Sin embargo, se hace imposible sostener ese discurso de superioridad moral cuando te pillan con las manos en la masa. O, como bien resumía la viñeta de Sir Cámara en 21noticias, «con el Ártico».
Ahora presenciaremos el previsible despliegue de la prensa afín para salvar a la «soldado Ayuso» de lo que apunta a un serio problema ético y judicial. Mentir o eludir responsabilidades no es una novedad en su estrategia. Lo preocupante es cómo este episodio vuelve a poner en solfa la decencia política, no solo de la presidenta, sino de un Partido Popular que, por boca de portavoces como Miguel Tellado, ensaya piruetas dialécticas indescifrables para justificar lo injustificable con pasmosa desfachatez.
La política no debería ser este ruido asfixiante ni una competición de cinismo. En un momento en que la ciudadanía exige soluciones a problemas sangrantes, desde la gestión de los incendios hasta el acceso a la vivienda o el estado de los servicios públicos, la política madrileña se ahoga en su propio barro. Recuperar la decencia exige menos sobreactuación en la tribuna, menos opacidad en los despachos y más respeto por el dinero de todos. Porque cuando las prioridades de los gobernantes se alejan tanto de la realidad de la calle, la ejemplaridad deja de ser un adorno para convertirse en una exigencia democrática insustituible.
Ya no cuela el recurso de culpar a una supuesta persecución orquestada por la prensa afín al Gobierno; a ambos lados del espectro político abundan los dóciles rebaños alimentados con el dinero de todos. La realidad es mucho más simple y tozuda, se ha comprado un ático con fondos públicos. Cuando se mete la pata, marear la perdiz con excusas que giran como un tiovivo de feria solo consigue una cos, profundizar el foso de desconfianza entre la ciudadanía y la clase política.