Una comedia calcada a la de los hermanos Marx: primero fue Sánchez a Ceuta, al día siguiente Feijóo y, al tercer día, Abascal. Esta secuencia demuestra que la oposición actuó a rebufo de la iniciativa presidencial, sin ofrecer soluciones tangibles. Mientras el presidente del Gobierno desplegaba diplomacia y presencia para devolver la normalidad a la frontera, los patriotas de la península aguardaban el momento oportuno para atacar el flanco derecho de Pedro Sánchez
Y el tercero de la terna, Santiago Abascal volvió a desplegar en Ceuta su habitual batería de exabruptos contra Pedro Sánchez, calificando lo sucedido no solo de crisis migratoria, sino de invasión directa y acto de guerra promovido por Marruecos con la complicidad de un Gobierno sometido. Sin embargo, tras la épica del titular, la hemeroteca señala la primera gran contradicción: la expedición de Vox acudió a la frontera tres días después del inicio de los acontecimientos, cuando la marea mediática estaba en su punto álgido y las aguas de la urgencia ya bajaban más mansas.
Si el diagnóstico era tan extremo, un ataque frontal a la soberanía nacional que exigía la militarización permanente de la frontera, el cierre de pasos, la suspensión de acuerdos con la Unión Europea y la deportación masiva inmediata, la actuación política no podía limitarse al espectáculo de pancarta y al mitin extemporáneo.
Exigir responsabilidades penales y la suspensión de tratados internacionales desde la comodidad de un atril, tres días tarde, expone la brecha entre el discurso maximalista y la efectividad real. La soberanía se defiende con rigor de Estado desde el minuto uno; convertir una crisis territorial en un catálogo de consignas en serie («ya, ya y ya») solo evidencia la política del oportunismo, mucho ruido patriótico para el consumo propio, pero una manifiesta incapacidad para aportar soluciones cuando el país exige unidad y firmeza institucional.