El pulso de Marruecos sobre Ceuta desnuda la sumisión de Sánchez, la tibieza de Feijóo y el populismo de Abascal

Ceuta no vive una simple crisis de fronteras; atraviesa la confirmación de una estrategia deliberada. La presión migratoria sobre la ciudad autónoma no es un fenómeno espontáneo de desesperación social, sino la utilización de seres humanos como peones en una partida de ajedrez geopolítico. Marruecos ha demostrado, una vez más, que la «llave» de la frontera europea no se abre ni se cierra por casualidad. Sin embargo, mientras el vecino del sur ejecuta su diplomacia de hechos consumados, la política española responde con opacidad, desorientación y efectismo barato.

La gestión del Gobierno de Pedro Sánchez vuelve a pecar de una peligrosa falta de transparencia. La ocultación de información y el intento permanente de maquillar el chantaje fronterizo bajo la alfombra de la propaganda institucional, no hacen más que debilitar la posición de España. La diplomacia del sometimiento y las cesiones unilaterales no garantizan la estabilidad; únicamente enseñan la debilidad propia ante un régimen que solo entiende la firmeza estratégica.

Frente a esta inacción gubernamental, la alternativa política muestra un vacío alarmante. Alberto Núñez Feijóo desorientado, incapaz de articular una propuesta de Estado contundente para las ciudades autónomas, contrasta con la gesticulación cara a la galería de la derecha más estridente. Santiago Abascal propone recetas tan simplistas como peligrosas: militarizar de forma inmediata la frontera o empujar devoluciones masivas sin marco legal que abocarían a España a un conflicto internacional directo. Lanzar proclamas incendiarias tras los micrófonos es fácil cuando las consecuencias geopolíticas y las potenciales vidas de los soldados desplegados no las asume quien micrófono en mano pide medidas absolutas.

Ceuta exige una política de Estado seria, realista y sin complejos. España no puede permitir que sus ciudades en el norte de África sean la moneda de cambio diplomática de Rabat ni el plató de televisión de la política interna española. Se requiere una disuasión real, un blindaje jurídico e institucional apoyado por la Unión Europea y una firmeza sin titubeos. Ni la condescendencia sumisa ni la temeridad pirotécnica van a proteger la soberanía nacional. O Madrid empieza a leer a Marruecos con pragmatismo y rigor, o la frontera seguirá siendo el escenario de una crisis permanente.

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