Mientras Pedro Sánchez se ejercita en la diplomacia del aplauso propio y su guardia de corps insiste en vendernos el mito del líder imprescindible, la realidad comunitaria le ha devuelto un sopapo de esos que dejan marcas. Ha hecho falta que veintidós primeros ministros de la Unión Europea firmen una carta de condena a la gestión migratoria de la Moncloa para que la fachada del consenso empiece a agrietarse. Y claro, con semejante caramelo en la puerta del colegio, Miguel Tellado no iba a quedarse mirando.
El portavoz del Partido Popular, haciendo gala de ese estilete gallego duro como el turrón, ha saltado al barro para firmar el acta de defunción del «liderazgo europeo» del presidente. «El retrato de la soledad y la irresponsabilidad», ha sentenciado Tellado sin despeinarse, dejando claro que desmarcarse del consenso comunitario no es una muestra de audacia política, sino el simple síntoma de quien se ha quedado hablando solo en la mesa de los mayores.
Resulta fascinante ver el equilibrio de la Moncloa: mientras aquí nos venden que el modelo migratorio español es la envidia de Occidente, al otro lado de los Pirineos la respuesta es un carpetazo por escrito de casi una treintena de jefes de Estado y de Gobierno. Ni la oratoria pulida de Sánchez ni las réplicas encendidas de Patxi López alcanzan a tapar una evidencia que se lee en veintidós idiomas: el Gobierno español ha preferido el parche cosmético al compromiso europeo.
Descansarán Sus Señorías este agosto, pero los papeles no cogen vacaciones. Y a Sánchez, por mucho que intente pasar el verano a la sombra de su relato, la carta de los Veintisiete le ha dejado un retrato estival bien definido: el de un presidente aislado, descolgado del ritmo de Bruselas y retratado por la propia hemeroteca que tanto le gusta esquivar.