
La democratización del acceso a la inteligencia artificial está creando una ilusión peligrosa – la de que, por el hecho de que cualquier persona consiga utilizar algunas herramientas, todos estarán igualmente preparados para trabajar con ellas. No lo estarán. Hacer una pregunta a un sistema de inteligencia artificial, pedirle un texto, una imagen, un resumen o un análisis elemental estará al alcance de prácticamente todos. Pero utilizar la IA profesionalmente, integrarla en procesos complejos, evaluar críticamente sus respuestas, identificar errores, proteger información, tomar decisiones y asumir la responsabilidad por los resultados exigirá mucho más. Una cosa es utilizar inteligencia artificial. Otra, profundamente diferente, es saber trabajar con ella. Las organizaciones no elegirán simplemente a personas que tengan acceso a estas herramientas. Elegirán a aquellas que consigan obtener de ellas resultados superiores, más seguros, más rápidos y económicamente relevantes. Elegirán a los llamados power users: profesionales que dominan una determinada área, comprenden los problemas que tienen ante sí, saben formular las preguntas adecuadas, reconocen una respuesta errónea y consiguen transformar la tecnología en productividad real. Para trabajar bien con inteligencia artificial será necesario, antes que nada, saber trabajar. Quien no conozca profundamente su profesión difícilmente tendrá criterios suficientes para evaluar aquello que la máquina le presenta. Podrá producir más deprisa, pero también podrá equivocarse más deprisa, con mayor convicción y consecuencias más graves. La inteligencia artificial no disminuirá, por ello, la importancia del conocimiento. Al contrario, la aumentará. Tampoco hará que el estudio sea menos necesario. Lo hará permanente. Aprender a lo largo de toda la vida dejará de ser una recomendación elegante repetida en los discursos sobre formación y pasará a constituir una condición objetiva para seguir siendo profesionalmente relevante. Los conocimientos adquiridos al inicio de la carrera dejarán de ser suficientes para atravesar cuarenta años de vida laboral. Las herramientas cambiarán, los procesos serán rediseñados, las competencias envejecerán más deprisa y cada profesional se verá obligado a actualizarse continuamente. El aprendizaje a lo largo de la vida no será una posibilidad reservada a los más ambiciosos. Será una exigencia ineludible para casi todos. Al mismo tiempo, la productividad proporcionada por la IA permitirá que menos personas realicen una cantidad mucho mayor de trabajo. Muchas profesiones no desaparecerán, pero necesitarán menos trabajadores. Un profesional altamente competente, apoyado por la inteligencia artificial, podrá ejecutar tareas que anteriormente exigían a varias personas. El embudo se estrechará, por ello. Habrá muchos usuarios, pero serán muchos menos quienes posean el conocimiento, el discernimiento y la capacidad necesarios para diferenciarse profesionalmente. El acceso a las herramientas será generalizado; la selección de los profesionales capaces de utilizarlas con profundidad será cada vez más exigente. La tecnología podrá ser democrática en el acceso y profundamente selectiva en el empleo. Es aquí donde comienza el verdadero problema. Estamos fascinados con aquello que la inteligencia artificial consigue hacer, pero seguimos evitando un debate serio sobre lo que sucederá con las personas para quienes dejará de existir espacio en las profesiones en las que hoy todavía abundan los trabajadores. Las empresas podrán ser más eficientes. Los Estados, sin embargo, podrán volverse más frágiles, porque una sociedad no se sostiene únicamente con productividad, algoritmos y resultados financieros. Se sostiene con personas que trabajan, reciben ingresos, consumen, pagan impuestos, contribuyen a los sistemas de protección social y encuentran en la actividad profesional no solo un medio de supervivencia económica, sino también pertenencia, reconocimiento y dignidad.
Las personas seguirán necesitando trabajar. Cuando el espacio se reduzca en muchas funciones administrativas, comerciales, financieras, jurídicas, técnicas o intelectuales, buscarán naturalmente oportunidades en los sectores donde exista trabajo disponible. Y ese trabajo ya existe. Faltan electricistas, albañiles, fontaneros, cerrajeros, mecánicos, agricultores, carpinteros, técnicos de mantenimiento, profesionales de apoyo y cuidado de personas mayores y muchos otros trabajadores indispensables para el funcionamiento cotidiano de las sociedades. La inteligencia artificial no creará la necesidad de estas profesiones. Esa necesidad existe desde hace mucho tiempo y la falta de mano de obra ya es visible. Encontrar a un profesional competente se ha vuelto difícil, las intervenciones se aplazan, los costes aumentan y empresas y familias afrontan esperas cada vez mayores por trabajos que no pueden ejecutarse ante un ordenador ni resolverse a distancia. Lo que la inteligencia artificial podrá hacer es obligar a la sociedad a volver a mirar hacia áreas profesionales que, durante décadas, fueron desvalorizadas. Creamos una cultura según la cual el éxito pasaba inevitablemente por una carrera universitaria, por una oficina y por una profesión ejercida ante una pantalla. Nos convencimos de que el trabajo manual, técnico u operativo representaba una elección inferior, destinada a quienes no tenían capacidad para seguir otros caminos. Ahora podremos descubrir que una parte significativa del trabajo considerado intelectualmente prestigioso es, al fin y al cabo, más fácilmente automatizable que muchos de los oficios que aprendimos a despreciar. La inteligencia artificial puede redactar un informe, organizar datos, preparar una presentación, analizar documentos y responder a un cliente. Pero las viviendas seguirán teniendo que construirse. Los edificios comerciales e industriales seguirán necesitando mantenimiento. Las instalaciones eléctricas tendrán que ser ejecutadas, inspeccionadas y reparadas. Las tuberías seguirán rompiéndose. Las máquinas seguirán averiándose. Los campos seguirán necesitando ser cultivados. Las redes de agua, energía y comunicaciones seguirán dependiendo de técnicos capaces de intervenir físicamente en entornos reales, imprevisibles y, muchas veces, peligrosos. Y, en una sociedad en progresivo envejecimiento, cada vez más personas necesitarán apoyo para vivir con seguridad, autonomía y dignidad. La IA podrá apoyar a estos profesionales, mejorar los diagnósticos, anticipar fallos, reducir desperdicios, simplificar tareas y aumentar la productividad. No podrá, sin embargo, eliminar la necesidad de su presencia. La tecnología no abolirá el mundo material. Tampoco abolirá la fragilidad humana. El problema es que avanzamos hacia esta transformación sin preparar la respuesta. Seguimos asistiendo a la creciente escasez de estos profesionales y casi no hacemos nada para contrarrestarla. No se recuperan verdaderamente las escuelas de artes y oficios. No se crean itinerarios de formación profesional con prestigio, exigencia y vinculación efectiva con el mercado laboral. No se valora suficientemente el aprendizaje junto a profesionales experimentados. No se protege la transmisión del saber entre generaciones. Se actúa como si, cuando la necesidad se vuelva insoportable, bastase con encaminar a trabajadores desempleados hacia estas actividades. Pero nadie se convierte en un buen electricista, fontanero, albañil, técnico de mantenimiento o profesional de los cuidados por haber perdido el empleo en una función administrativa. Estas profesiones exigen conocimiento, formación, práctica, rigor, responsabilidad, seguridad y experiencia adquirida progresivamente. La transición será un proceso largo. Es precisamente por ello por lo que debe comenzar ahora. Cuando miles de personas comprendan que ya no existe lugar para todas en las profesiones que eligieron, podrá ser demasiado tarde para descubrir que tampoco existen ya escuelas, maestros, estructuras de aprendizaje y tiempo suficiente para prepararlas. Podremos llegar a la paradoja más absurda de todas. Multitudes buscando empleo y sectores enteros buscando desesperadamente trabajadores, separados por un vacío de formación que los Estados tuvieron décadas para evitar.
Este debate se vuelve todavía más urgente cuando observamos el envejecimiento de la población y la sostenibilidad de los sistemas públicos. Vivimos más años, pero el aumento de la longevidad significa también que un número creciente de personas necesitará cuidados durante periodos más prolongados. Una sociedad envejecida necesita auxiliares de atención directa, cuidadores, enfermeros, fisioterapeutas, terapeutas ocupacionales, técnicos de ayuda a domicilio y profesionales preparados para acompañar la fragilidad, la dependencia, la enfermedad y la soledad. La inteligencia artificial podrá mejorar significativamente la organización y la calidad de este trabajo. Podrá monitorizar constantes vitales, ayudar a detectar caídas, organizar la medicación, anticipar riesgos, simplificar registros y liberar a los profesionales de muchas tareas administrativas. Pero no sustituye la relación humana que exige el cuidado. No baña a una persona dependiente con la delicadeza que reclama su dignidad. No reconoce plenamente el miedo escondido en un silencio. No sostiene una mano con verdadera compasión. No sustituye la paciencia de quien escucha, repite, consuela y permanece. Puede apoyar a quien cuida, aumentar su capacidad y mejorar su intervención, pero no hace prescindible la presencia de cuidadores. El mismo principio se aplica a la construcción, a la agricultura, al mantenimiento y a tantas otras actividades esenciales. Podemos automatizar procesos, acelerar decisiones y producir más información, pero no podemos eliminar la necesidad de construir, reparar, alimentar y cuidar. Es en este punto donde la inteligencia artificial deja de ser únicamente una cuestión tecnológica y pasa a ser una cuestión central para la sostenibilidad de los Estados. Los sistemas públicos de salud, los sistemas de pensiones, la protección social, la educación y muchas otras estructuras colectivas siguen dependiendo, en gran medida, de la existencia de personas que trabajan, reciben ingresos, consumen, pagan impuestos y contribuyen a los sistemas de protección social. Dependen también de empresas que crean valor y de una economía capaz de integrar a la población activa. Si la productividad aumenta, pero el número de personas con un trabajo estable disminuye, los Estados afrontarán una contradicción profunda. Podrán existir empresas más eficientes dentro de sociedades cada vez menos sostenibles. Un aumento de la productividad no significa, por sí solo, una base contributiva más amplia, una distribución más justa de la riqueza o unos sistemas públicos más sólidos. La riqueza generada por la tecnología no sostendrá automáticamente a la sociedad. Será necesario decidir cómo se distribuye, cómo se grava y de qué modo contribuye a preservar la cohesión social. Pero ninguna reforma fiscal resolverá, por sí sola, la falta de profesionales necesarios para mantener un país en funcionamiento. Un Estado no vive únicamente de ingresos. Vive también de capacidad. Capacidad para construir viviendas, conservar hospitales y escuelas, mantener fábricas, producir alimentos, reparar infraestructuras y cuidar de una población cada vez más envejecida. Un país que permite la desaparición de estas competencias pierde autonomía, se vuelve más caro, más lento, más dependiente y más vulnerable. Por ello, la gran pregunta no es únicamente cuántos empleos destruirá, transformará o creará la inteligencia artificial. Es saber si los Estados están preparando a las personas para un cambio que ya ha comenzado. Seguimos invirtiendo en herramientas, plataformas, automatización y estrategias digitales, pero no invertimos con la misma urgencia en formación profesional, en el aprendizaje a lo largo de la vida, en las escuelas de artes y oficios y en la valorización de quienes garantizan las funciones sin las cuales ninguna sociedad se mantiene en pie. La inteligencia artificial podrá hacernos más productivos, ayudarnos a trabajar mejor y permitirnos resolver problemas que hoy parecen imposibles. Pero no estudiará por nosotros, no encontrará un lugar profesional para todos, no sostendrá por sí sola los sistemas sociales y no sustituirá a las personas que seguiremos necesitando. Estamos preparando las máquinas para el futuro. El verdadero riesgo es que lleguemos a ese futuro con tecnología suficiente para producir más, pero sin personas preparadas para trabajar, cuidar y sostener los Estados en los que todos tendremos que vivir.