Había ganas de ver a Mar de Fondo. Se notaba antes de que empezara el concierto, aunque durante los minutos previos el Campo da Leña ofreciese una imagen que podía engañar. No había demasiada gente frente al escenario. Algunos esperaban, otros llegaban caminando desde otros puntos del Noroeste Estrella Galicia y unos cuantos parecían estar allí simplemente para descubrir qué ofrecía aquella banda coruñesa que celebra diez años desde sus inicios.
Entonces sonó el primer acorde.
Y ocurrió algo curioso.
La plaza se llenó.
Como si alguien hubiese abierto una puerta invisible, empezó a aparecer gente desde todos los rincones hasta convertir aquel espacio inicialmente disperso en una plaza prácticamente abarrotada. Algunos conocían perfectamente a Mar de Fondo. Otros, por las conversaciones que pude escuchar a mi alrededor, estaban a punto de descubrirlos.
El concierto comenzó con una puntualidad casi quirúrgica.
Sonó entonces esa locución que ya sirve de entrada a los conciertos de la banda y que, además, introduce conceptualmente su nuevo trabajo, Lo llamaban rock’n’roll. Una voz habla de la desaparición del rock, de una determinada manera de entender la música, de aquello que algunos parecen empeñados en dar por muerto.
Y entonces aparece Carlos Campoy.
Solo.
Guitarra en mano.
Unos segundos bastan para entender que aquello no va a empezar despacio.
Después van ocupando sus posiciones Hugo Porteiro a la batería, Miguel Duarte al bajo, Diego López a la guitarra y, finalmente, Jesús Suárez al frente de la voz.
Ya están los cinco.
Y empieza el golpe.
Lo llamaban rock’n’roll
No podía comenzar de otra manera.
Lo llamaban rock’n’roll, canción que da título al nuevo disco, abre definitivamente el concierto y sirve también como declaración de intenciones. Aquí aparece inmediatamente una de las virtudes actuales de Mar de Fondo: la banda suena compacta.
No hay tanteos.
No hay minutos para calentarse.
Las guitarras de Carlos y Diego construyen una pared sonora sobre una base rítmica contundente, mientras los coros aparecen mucho más trabajados y presentes. Se nota que detrás de estas canciones hay horas de ensayo y, sobre todo, muchos kilómetros de escenario acumulados durante estos diez años.
Sin apenas dejar respirar al público llega Llueve.
Y aquí el concierto sube otro escalón.
Es una de mis canciones favoritas de toda la tarde. Tiene energía, un estribillo poderoso y una banda funcionando como una sola pieza. Al terminar, Jesús explica que la canción habla de la violencia de género.
No necesita demasiadas palabras.
La canción ya ha dicho bastante.
Después llega el primer pequeño paréntesis. Jesús agradece al Noroeste la oportunidad de estar allí, de regresar a un escenario de su ciudad delante de amigos, familiares y mucha gente que los ha acompañado desde que empezó este viaje hace ahora diez años.
Y comienza El reloj del diablo.
Las guitarras vuelven a mandar. Carlos y Diego se entienden, se buscan y se responden. Hay algo que solamente conceden los años tocando juntos: saber dónde va a estar el otro antes incluso de que llegue.
De ahí pasan directamente a Los perros no duermen.
Y el ambiente cambia.
Es una canción oscura, pesada, tremendamente pegadiza. El riff inicial de Carlos anuncia que estamos entrando en otro territorio. Por momentos, Mar de Fondo se acerca al power metal sin abandonar su personalidad. Una canción que habla de la ansiedad desde sus entrañas y que convierte su propio título en una advertencia:
Los perros no duermen.
Una plaza que empieza a preguntarse quiénes son estos tipos
A estas alturas ocurre algo que me parece incluso más interesante que ver cantar a quienes ya conocen las canciones.
Empiezo a escuchar preguntas alrededor.
¿De dónde sale esta banda?
¿Son de Coruña?
Porque evidentemente hay seguidores que conocen a Mar de Fondo, pero también hay mucha gente que los está viendo por primera vez.
Y eso tiene un valor enorme.
Cinco músicos encima de un escenario consiguiendo que alguien que pasaba por allí decida quedarse.
Llega Cuatro paredes y una cuerda.
No baja la intensidad.
La canción habla de hipotecas, bancos y de esa maquinaria que consigue que pasemos media vida pagando cuatro paredes mientras entregamos algo bastante más caro que el dinero. En la parte final, Jesús abandona prácticamente el canto para escupir las palabras.
Porque algunas veces compramos una casa.
Y terminamos vendiendo la vida.
Después llega una sucesión que prácticamente no concede descanso:
Bailando con las ratas.
Se fueron sin conocernos.
Insert Coin.
Tres canciones seguidas.
Tres golpes.
A estas alturas alguno empieza a preguntarse cuándo demonios piensa llegar la primera balada.
Porque Mar de Fondo lleva prácticamente todo el concierto con el acelerador contra el suelo.
Jesús está empapado en sudor. Diego y Miguel sostienen unos coros muy bien trabajados. Carlos continúa disparando guitarras.
Pero quiero detenerme especialmente en Hugo Porteiro.
La batería tuvo una presencia enorme durante todo el concierto. Potente, profunda, casi física. El bombo no solamente se escuchaba.
Atravesaba.
Los que estábamos debajo del escenario podíamos sentir cada golpe en el pecho.
Y entonces, por fin, llega el descanso.
Aunque llamarlo descanso tampoco sería completamente justo.
Cuando apareció Susana Seivane
Llegó uno de los momentos más especiales de la tarde.
Percebeiro.
La canción que Mar de Fondo grabó junto a la Orquesta Sinfónica de Galicia y Abraham Cupeiro. Una composición dedicada a quienes salen cada día a faenar, a enfrentarse al mar y regresar con la vida todavía agarrada entre las manos.
La banda cambia completamente de registro.
Después de tanta electricidad aparece una canción cargada de sentimiento.
Y entonces llega la sorpresa.
Susana Seivane sube al escenario.
La plaza responde inmediatamente.
Hay canciones que se escuchan y otras que consiguen modificar durante unos minutos el lugar donde están sonando. Percebeiro consiguió lo segundo.
Mucha gente la cantaba.
Otros simplemente escuchaban.
Y durante unos minutos el Campo da Leña dejó de ser solamente una plaza en mitad de un festival para convertirse en algo bastante más íntimo.
Pero Mar de Fondo todavía guardaba munición.
Y mucha.
La traca final
Llegan La noche en que todo ardió y Mi tormento.
Y vuelve la violencia sonora.
Especialmente con Mi tormento, recuperada del primer disco de la banda. Si durante buena parte del concierto Mar de Fondo había coqueteado con terrenos cercanos al heavy metal, aquí deja de coquetear.
Entra directamente.
La banda se vuelve todavía más compacta, más agresiva, más pesada.
Dos canciones tremendamente pegadizas que vuelven a levantar una plaza que acababa de pasar por la emoción contenida de Percebeiro.
Y entonces queda una última bala.
La más evidente.
Mar de Fondo.
La canción que da nombre al grupo.
Empieza despacio.
Atmosférica.
Hipnótica.
Las primeras notas parecen avanzar como esas olas que llegan tranquilas a la orilla y apenas acarician los pies. Durante unos minutos todo parece contenido.
Pero solamente está acumulando fuerza.
Porque desde la mitad de la canción aquello empieza a crecer.
Y crecer.
Las guitarras de Carlos y Diego adquieren una dimensión enorme. El bajo de Miguel sostiene toda la estructura mientras Hugo empuja desde atrás y la voz de Jesús aparece por encima de todo hasta conducir la canción hacia un final enorme.
Y ahí comprendí probablemente lo más importante del concierto.
Mar de Fondo ya tiene sonido propio.
Puedes discutir estilos. Puedes encontrar rock, hard rock, metal, momentos atmosféricos, canciones más clásicas y otras mucho más pesadas.
Pero debajo de todas esas etiquetas hay algo reconocible.
Una identidad.
Y eso cuesta años conseguirlo.
Diez años después
Cuando terminó el concierto tuve una sensación bastante clara.
Acabábamos de ver a una banda coruñesa con nivel suficiente para estar en muchos de los grandes festivales de rock y metal de este país.
Y quizá lo mejor de todo fue comprobar que una parte importante del público acababa de descubrirla.
Porque los seguidores habituales ya sabían lo que había.
La verdadera victoria estaba en aquellos que llegaron sin conocerlos, se quedaron mirando durante las primeras canciones y terminaron preguntando quiénes eran esos cinco tipos que estaban dejando el escenario empapado.
Diez años después de comenzar el viaje, Mar de Fondo regresó a tocar delante de su gente.
No para celebrar lo que hicieron.
Para enseñar lo que están haciendo.
Y existe una diferencia enorme entre ambas cosas.
Lo llamaban rock’n’roll parece marcar el comienzo de una nueva etapa. Una banda más madura, más contundente, con mejores coros, un directo trabajado y canciones capaces de moverse entre la emoción y una descarga que por momentos roza abiertamente el metal.
Ayer, en el Campo da Leña, algunos fueron a ver a Mar de Fondo.
Otros simplemente estaban allí.
Pero cuando terminó el concierto todos sabían quiénes eran.
La siguiente parada será en septiembre, en el Flores Rock.
Después de lo ocurrido ayer, yo no preguntaría solamente dónde tocarán.
Preguntaría hasta dónde pueden llegar.