
Obedecer. Una palabra que parece haberse vuelto incómoda en las sociedades contemporáneas. Para muchas personas, la obediencia ha pasado a confundirse con sumisión, debilidad, falta de personalidad o incapacidad para pensar por uno mismo. Quizá sea por eso por lo que nos vamos acostumbrando a comportamientos que deberían seguir causándonos asombro y, algunos de ellos, incluso repulsa. Personas que insultan a agentes de la autoridad simplemente porque han recibido una orden que no les ha gustado. Conductores que convierten una inspección en una afrenta personal. Usuarios que agreden a profesionales sanitarios. Padres que insultan a profesores porque estos han reprendido a sus hijos. Clientes que humillan a quienes les están atendiendo. Discusiones banales que, en pocos segundos, pasan de la discrepancia al insulto y del insulto a la violencia. Nada de esto significa que la autoridad tenga siempre razón, ni que debamos obedecer ciegamente a quien ejerce el poder. La Historia nos ha mostrado demasiado bien los peligros de la obediencia sin conciencia. Hay órdenes injustas que deben ser cuestionadas y circunstancias en las que la propia conciencia exige decir que no. Pero entre la sumisión ciega y la incapacidad de aceptar cualquier autoridad, cualquier norma o cualquier límite existe un enorme espacio llamado civilidad. El problema comienza cuando confundimos libertad con la posibilidad de hacer todo aquello que queremos. Cuando cualquier contrariedad pasa a ser interpretada como opresión, cualquier corrección como humillación y cualquier «no» como una agresión a nuestra autonomía. Una sociedad libre no es una sociedad donde cada persona hace lo que le apetece. Es una sociedad en la que personas igualmente libres han comprendido que la libertad lleva consigo responsabilidades, deberes y límites. Y existe un límite que debería estar por encima de todos los demás. La dignidad de nuestro semejante. Puedo discrepar, protestar, cuestionar, exigir, negarme o enfrentarme a una autoridad que considero injusta. Lo que la libertad nunca me concede es el derecho a humillar, violentar, explotar o tratar a otro ser humano como si tuviera menos valor que yo. Quizá parte del problema esté precisamente en el hecho de haber transformado la libertad en una especie de derecho absoluto al deseo individual. Quiero, luego tengo derecho. No quiero, luego nadie puede imponerme nada. Discrepo, luego puedo faltar al respeto. Me siento ofendido, luego estoy autorizado a agredir. Y así vamos construyendo una sociedad donde cada persona reivindica para sí una libertad casi ilimitada, pero demuestra cada vez menos capacidad para reconocer en el otro exactamente la misma dignidad y los mismos derechos que exige para sí misma. La libertad sin responsabilidad deja de ser libertad. Es libertinaje.
Pero nadie se despierta a los dieciocho años siendo incapaz de respetar una norma. Nadie llega a la edad adulta sin llevar consigo mucho de aquello que empezó a aprender, o que nunca aprendió, desde niño. Por eso este problema comienza mucho antes de aparecer en el espacio público, en una escuela, en un hospital, en una carretera o ante un agente de la autoridad. Comienza frecuentemente dentro de casa. Comienza cuando padres y madres renuncian a una parte esencial de lo que significa ser padre y ser madre. Los padres pueden y deben ser cercanos a sus hijos, escucharlos, acompañarlos, jugar con ellos, conocer sus temores y ser el lugar seguro al que saben que siempre podrán regresar. Pero el padre y la madre no existen para disputar la popularidad de sus hijos, buscar permanentemente su aprobación o evitar cualquier situación que les provoque frustración. Amar a un niño no significa aceptar todo aquello que hace. Hay comportamientos que no tienen gracia. Hay palabras que no pueden tolerarse. Hay faltas de respeto que no deben disculparse con una sonrisa. Hay límites que deben existir. Un niño no necesita únicamente a alguien que lo ame. Necesita a alguien que tenga el valor suficiente para educarlo. Y educar también es decir «no». Es explicar por qué. Es corregir. Es exigir respeto. Es enseñar que los actos tienen consecuencias y que el mundo no existe para satisfacer permanentemente nuestros deseos. Educar para la obediencia no es enseñar a un niño a cumplir órdenes sin pensar. Es ayudarle a comprender por qué existen límites, para que un día ya no necesite únicamente una orden exterior, porque habrá aprendido a gobernarse por su propia conciencia. Quizá sea todavía más importante aquello que los hijos ven. Podemos decirles cientos de veces que deben respetar a los demás, pero, si nos ven insultar a un profesor porque corrigió a nuestro hijo o le impuso un límite, humillar a quien nos atiende en un restaurante, tratar a un empleado como inferior, despreciar a un anciano, engañar cuando nos conviene o responder con violencia ante cualquier contrariedad, esa es la verdadera lección que permanecerá. Los niños aprenden aquello que les decimos, pero aprenden sobre todo aquello que nos ven hacer. La manera en que tratamos a nuestros propios padres cuando envejecen, cómo hablamos con quien tiene menos poder que nosotros, cómo conducimos, cómo esperamos en una fila, cómo aceptamos perder, cómo reaccionamos cuando alguien discrepa de nosotros, cómo cumplimos una norma que no nos beneficia, todo eso educa. El primer lugar donde un niño aprende a vivir en sociedad es dentro de casa. Y el límite que nunca aprendió a aceptar en casa acabará, más tarde, siendo presentado por la escuela, por el trabajo, por la sociedad o por la ley, generalmente con mucha menos paciencia. Tener un hijo nunca debería ser una moda, una respuesta a las expectativas de los demás o la satisfacción momentánea de un deseo. Un hijo no es un juguete que se deja a un lado cuando deja de resultar conveniente. Ser padre y ser madre es asumir una responsabilidad para toda la vida. Ayudar a otro ser humano a crecer libre, pero también responsable. Autónomo, pero capaz de reconocer límites. Consciente de su propia dignidad, pero igualmente incapaz de olvidar la dignidad de los demás. Y sería demasiado cómodo cargar toda esta responsabilidad únicamente sobre las familias. Todos somos agentes de educación. Cada adulto observado por un niño, cada profesor, cada entrenador, cada empresario, cada político, cada comunicador, cada figura pública y cada ciudadano transmite, a través de aquello que hace, una idea sobre lo que es aceptable. Incluso cuando no somos conscientes de ello, todos estamos educando a alguien.
Quizá exista, sin embargo, un problema aún más profundo. Hemos ido transformando progresivamente la moral en una cuestión casi exclusivamente privada. Hablar de valores fundamentales, de deberes, de principios morales, del bien y del mal o de la existencia de límites ha pasado, para algunos, a sonar inmediatamente a religión, conservadurismo o intento de controlar la vida de los demás. Es un error peligroso. La religión puede ofrecer una fundamentación propia de la moral, pero la necesidad de principios morales no pertenece a ninguna religión. El respeto por la vida humana, por la dignidad del otro, por la verdad, por la justicia, por la palabra dada, por la responsabilidad, por el vulnerable, por el anciano, por el niño o por quien se encuentra en una posición más frágil son condiciones fundamentales para cualquier comunidad humana. No necesitamos creer todos en el mismo Dios para comprender que humillar a alguien es indigno. No necesitamos profesar una religión para comprender que la violencia gratuita está mal, que explotar a los más débiles es injusto, que apropiarse de lo que pertenece a otra persona es moralmente condenable, que mentir deliberadamente destruye la confianza o que nuestra libertad no nos autoriza a atropellar la libertad de los demás. Una sociedad posee siempre una estructura moral, incluso cuando prefiere fingir que no. Cuando protege a un niño, condena una agresión, castiga la corrupción, exige responsabilidad o reconoce derechos fundamentales, está afirmando que determinados comportamientos son incompatibles con la dignidad humana. Quizá uno de los mayores errores que hemos cometido en las últimas décadas haya sido enseñar insistentemente los derechos sin enseñar, con la misma determinación, los deberes que hacen posibles esos derechos. Hemos hablado de libertad, pero hemos olvidado la responsabilidad. Hemos hablado de autonomía, pero hemos tenido miedo de hablar de conciencia. Hemos hablado mucho sobre aquello que cada persona puede exigir a la sociedad y poco sobre aquello que cada persona debe a la sociedad y a las demás personas. Y ninguna comunidad puede sobrevivir indefinidamente así. El mal no se transforma en bien por el simple hecho de volverse frecuente, popular o socialmente tolerado. Una indignidad repetida miles de veces sigue siendo una indignidad. Una violencia normalizada sigue siendo violencia. El desprecio por la dignidad de otro ser humano no deja de estar mal porque muchos hayan comenzado a practicarlo. No necesitamos una sociedad de personas sumisas. Necesitamos precisamente lo contrario. Personas verdaderamente libres, capaces de pensar, cuestionar, discernir, contestar y, cuando sea necesario, rechazar aquello que es injusto. Pero también personas suficientemente maduras para comprender que no toda contrariedad es una injusticia, ni toda autoridad es opresión, ni toda norma es tiranía y ni todo límite constituye un ataque a la libertad. La verdadera libertad exige dominio de nosotros mismos. Exige conciencia. Exige responsabilidad. Exige valores. Porque, cuando desaparecen los límites interiores, alguien acaba inevitablemente teniendo que crear límites exteriores. Cuando la conciencia deja de impedir determinados comportamientos, surgen la vigilancia, la sanción, la multa, el tribunal y, por último, la fuerza para imponer aquello que antes era garantizado por la educación, el respeto y la responsabilidad individual. También es así como una sociedad puede empezar a convertirse en terreno fértil para modelos autoritarios. Cuanto menos capaces seamos de gobernarnos a nosotros mismos, más fácilmente aceptaremos que alguien nos gobierne. Y la pérdida de la libertad no siempre llega acompañada de soldados, censura o dictaduras declaradas. También puede producirse de una forma mucho más silenciosa, cuando el confort, el consumo y la prosperidad material se vuelven suficientemente importantes como para que aceptemos, a cambio, renunciar poco a poco a la capacidad de decidir, de cuestionar y de resistir. Hay libertades que son arrancadas. Otras son entregadas voluntariamente. Quizá la paradoja que todavía no comprendemos suficientemente sea que una sociedad verdaderamente libre no es aquella donde nadie obedece. Es aquella donde se necesita menos coerción porque existen más personas capaces de gobernarse a sí mismas. Cuando dejamos de enseñar a un niño a aceptar un límite, no necesariamente lo estamos haciendo más libre. Podemos estar simplemente preparando a un adulto incapaz de soportar que el mundo le diga «no». Y cuando una sociedad entera comienza a producir adultos así, el problema hace tiempo que ha dejado de pertenecer únicamente a las familias. Pasa a ser un problema de civilización. Porque hay una consecuencia que quizá rara vez consideremos cuando hablamos de educación. Los niños a quienes hoy enseñamos, o no enseñamos, respeto, responsabilidad, límites, cuidado y dignidad serán los adultos que mañana tendrán en sus manos una sociedad envejecida. Serán ellos quienes cuidarán de sus padres, de sus abuelos y, más adelante, de todos aquellos que ya no puedan vivir sin la ayuda de otros. Aquello que hoy les enseñemos sobre la dignidad del semejante podrá ser exactamente aquello que mañana recibamos cuando seamos nosotros los frágiles, los ancianos y los dependientes. También ese será nuestro legado.