Juan Carlos Escotet:
Le escribimos desde un lugar al que usted no puede llamar.
Aquí no llegan los comunicados oficiales. No existen consejos de administración, balances, reuniones ni planes estratégicos. Tampoco tenemos que renovar el abono.
Nosotros ya pagamos el último.
Somos los que ya no estamos.
Los que vimos al Deportivo cuando todavía no sabía que algún día sería grande. Los que estuvimos en General cuando Riazor era otro estadio y el fútbol era otra cosa. Los que bajábamos a Maratón Inferior cuando aquello no era simplemente una localidad escrita en un carnet.
Somos los padres.
Los abuelos.
Los amigos que dejaron un asiento vacío.
Los que murieron después de haber pasado media vida preguntando:
—¿Cómo quedó el Dépor?
Y antes de decirle nada más queremos empezar por donde creemos que debemos empezar.
Gracias.
Sí, señor Escotet.
Gracias.
Porque sería profundamente injusto escribirle esta carta sin reconocer lo que usted, ABANCA y quienes le acompañaron hicieron por este Club.
Hubo un momento en el que el Deportivo estuvo verdaderamente cerca del abismo. No hablamos de perder partidos ni de bajar una categoría. Hablamos de algo mucho peor.
Hablamos de desaparecer.
Y apareció dinero.
Mucho dinero.
Apareció respaldo financiero cuando hacía falta.
Se sostuvo una entidad ahogada por las deudas, se puso orden, se dio estabilidad y se permitió que el Deportivo siguiese respirando cuando respirar ya era una victoria.
Eso también hay que decirlo.
Y nosotros se lo agradecemos.
Los vivos y los muertos.
Porque salvar económicamente al Deportivo no fue salvar únicamente una empresa. Fue mantener vivo algo que pertenece emocionalmente a cientos de miles de personas.
Y se hicieron cosas bien.
Muchas.
Sería mezquino negarlo.
Se profesionalizaron estructuras. Se recuperó estabilidad. Se sostuvo el club durante años terribles. Se siguió apostando cuando el Deportivo cayó a un lugar que nadie había imaginado. Y finalmente se consiguió levantarlo.
Primero regresar.
Después volver a crecer.
Y hoy, ocho años después, regresar a Primera División.
Gracias por eso.
De verdad.
Pero precisamente porque reconocemos todo eso podemos hacerle la siguiente pregunta con absoluta legitimidad:
¿Qué ha pasado?
Porque algo ha pasado.
No sabemos qué.
Quizá algún día alguien lo explique.
Durante mucho tiempo tuvimos la impresión de que existía un camino compartido. Club, propiedad, socios, abonados, peñas y aficionados remando hacia el mismo lugar.
Había discrepancias, naturalmente.
Esto es fútbol.
Siempre las habrá.
Pero existía una sensación de reconstrucción colectiva.
Hasta que algo cambió.
No sabemos cuándo exactamente.
Tampoco sabemos por qué.
Solo sabemos que empezamos a percibir distancia.
Después silencio.
Después decisiones difíciles de comprender.
Y finalmente algo todavía peor: el dedo.
Se empezó a señalar.
A unos y a otros.
Como si dentro del deportivismo hubiera que decidir quién es buen deportivista y quién no.
Como si protestar significase estar contra el Deportivo.
Como si discrepar fuese traicionar.
Y ahí, señor Escotet, creemos que se está cometiendo un error enorme.
Porque usted salvó económicamente al Deportivo.
Eso es cierto.
Y jamás debería olvidarse.
Pero hubo otra gente que también lo salvó de otra manera.
Los socios.
Los abonados.
Las peñas.
Los que siguieron yendo.
Los que renovaron cuando el Deportivo estaba en Primera Federación.
Los que viajaron.
Los que llevaron diez mil personas a otra ciudad.
Los que llenaron Riazor cuando el rival ya no se llamaba Real Madrid, Barcelona, Milan o Manchester United.
Los que continuaron vistiendo la camiseta cuando hacerlo ya no significaba presumir de títulos.
Ustedes pusieron el dinero.
Ellos pusieron la resistencia.
Y el Deportivo necesitó ambas cosas.
Por eso no debería existir una competición para determinar quién hizo más.
Nadie gana esa discusión.
ABANCA fue imprescindible.
La afición también.
Usted ayudó a evitar que el Deportivo muriese económicamente.
Y miles de deportivistas evitaron que muriese emocionalmente.
Ese debería ser el punto de encuentro.
Nunca el campo de batalla.
Por eso resulta tan doloroso llegar precisamente hasta hoy de esta manera.
Hoy empieza la Liga.
Hoy volvemos a Primera División después de ocho años.
Ocho años, señor Escotet.
Pregunte a un deportivista cuánto pesan ocho años.
Pregunte por Linares.
Por Castellón.
Por aquella noche contra el Albacete.
Pregunte por estadios y partidos que nadie habría imaginado para el Deportivo cuando paseaba su escudo por Europa.
Y después pregunte quién seguía allí.
La respuesta será siempre la misma.
Ellos.
La gente.
Por eso España admira hoy al Deportivo.
Naturalmente existe una historia extraordinaria detrás.
Una Liga.
Copas.
Supercopas.
Europa.
Bebeto.
Mauro Silva.
Fran.
Djalminha.
Donato.
Arsenio.
Irureta.
Pero hay algo todavía más difícil de conseguir.
Que después de perder casi todo continúen llenándote el estadio.
Eso no se compra.
No existe ampliación de capital capaz de conseguirlo.
Y usted dirige hoy una entidad que posee ese tesoro.
Cuídelo.
Porque cuando las televisiones enfocan Riazor y España contempla esas gradas, cuando se habla de desplazamientos multitudinarios, de una ciudad entera pendiente del equipo, de generaciones que continúan llevando una camiseta blanquiazul, el mayor patrimonio del Deportivo aparece delante de las cámaras.
Y no lleva corbata.
Lleva bufanda.
Por eso le pedimos algo tan sencillo como complicado: escuche.
No tiene que estar de acuerdo con todo.
Escuchar no significa obedecer.
Escuchar tampoco significa entregar las llaves del club.
Gestionar implica tomar decisiones difíciles y algunas serán impopulares.
Lo entendemos.
Pero escuchar significa reconocer que quien está enfrente merece una explicación.
Significa sentarse.
Preguntar.
Aceptar una crítica sin convertir automáticamente al crítico en enemigo.
Porque se ha empezado a señalar demasiado.
Y cuando dentro de un club comienza a señalarse quién merece y quién no merece pertenecer, algo se está rompiendo.
No señalen a la grada.
No señalen a las peñas.
No señalen al socio que protesta.
No señalen al abonado que pregunta.
No conviertan una discrepancia en una declaración de guerra.
Porque probablemente ese hombre al que hoy se señala lleva cuarenta años pagando su carnet.
Quizá vio jugar al Deportivo cuando el club no tenía absolutamente nada que ofrecerle a cambio.
Quizá su padre ya era socio.
Quizá ahora lleva a su hijo.
Quizá dentro de veinte años será su hijo quien siga entrando en Riazor.
Ahí está la diferencia fundamental.
Una empresa tiene clientes.
Un club tiene generaciones.
Y nosotros somos una de ellas.
Aunque ya no estemos.
Somos los de General.
Los de Maratón Inferior.
Los que conocimos otro Riazor.
Los que vimos fútbol de pie.
Los que apretábamos el cuerpo contra el de al lado porque allí siempre terminaba entrando uno más.
Los que escuchábamos los resultados por la radio.
Los que jamás imaginamos que aquel Deportivo acabaría viajando por Europa.
Y tampoco imaginamos que algún día terminaría jugando en la tercera categoría.
Lo vimos todo.
La gloria.
El barro.
Y aprendimos una cosa:
los jugadores pasan.
Los entrenadores pasan.
Los presidentes pasan.
Los consejos de administración pasan.
Los propietarios pasan.
La gente permanece.
Y cuando la gente muere quedan sus hijos.
Esa es la única propiedad verdaderamente hereditaria de un club.
Por eso, señor Escotet, entendemos perfectamente que quien pone cientos de millones quiera gestionar.
Faltaría más.
Entendemos que quiera profesionalizar.
Entendemos que quiera controlar las cuentas.
Entendemos que quiera proteger su inversión.
Y volvemos a decirlo:
gracias por haberla hecho.
Gracias por poner dinero cuando hacía falta.
Gracias por sostener al Deportivo.
Gracias por ayudar a sacarlo del agujero.
Gracias por haber contribuido a que hoy podamos volver a hablar de Primera División.
No queremos borrar nada de eso.
Queremos recordarlo.
Pero precisamente por eso nos cuesta todavía más entender qué ocurrió para que, de repente, se dejase de escuchar.
¿Qué pasó?
¿En qué momento dejamos de caminar juntos?
¿En qué momento el socio empezó a ser sospechoso por preguntar?
¿En qué momento la crítica empezó a interpretarse como hostilidad?
¿En qué momento apareció ese dedo señalando hacia la grada?
No lo sabemos.
Y quizá ese sea precisamente el problema.
Que nadie lo sabe.
Hoy deberíamos estar celebrando.
Un niño que tenía ocho años cuando el Deportivo bajó tiene hoy dieciséis.
Uno que tenía diez tiene dieciocho.
Hay una generación entera de chavales que apenas recuerda a su equipo jugando en Primera División.
Piense en eso.
Esta noche algunos entrarán en Riazor para ver por primera vez a su Deportivo donde sus padres les dijeron siempre que pertenecía.
Debería ser una fiesta absoluta.
Una reconciliación con nuestra propia historia.
Y llegamos divididos.
Eso duele.
Y nosotros, desde esta grada donde ya no necesitamos entrada, queremos pedirle que haga algo antes de que la distancia sea demasiado grande.
Siéntese con ellos.
Con todos.
También con los incómodos.
Especialmente con los incómodos.
Escuche a las peñas.
Escuche a los socios.
Escuche a los abonados.
Escuche al que lleva cincuenta años.
Y al que lleva cinco.
Escuche al que está agradecido.
Y al que está cabreado.
Escuche incluso a quien se equivoca.
Porque escuchar a alguien no significa darle la razón.
Significa reconocer que existe.
Y después explique.
Hable.
Cuente qué está pasando.
Porque cuando nadie explica nada, el vacío acaba llenándose de sospechas.
No permita que ocurra.
No después de todo lo recorrido juntos.
No después del dinero que ustedes pusieron.
No después del sufrimiento que puso esta gente.
No después de ocho años esperando este día.
No conviertan el regreso a Primera en una pelea familiar.
Porque sería la guerra más absurda que podría librar este club:
el Deportivo contra el deportivismo.
Y esa guerra no puede ganarla nadie.
Ni usted.
Ni las peñas.
Ni la grada.
Ni los accionistas.
Porque perderíamos todos.
Así que esta noche, cuando Riazor vuelva a recibir un partido de Primera División, haga una cosa.
Mire las gradas.
Pero mírelas de verdad.
No cuente espectadores.
No calcule ingresos.
No vea localidades ocupadas.
Mire personas.
Detrás de cada una existe una historia.
Y detrás de muchas existe otra persona que ya no está.
Nosotros.
Los padres que llevaron allí a sus hijos.
Los abuelos que enseñaron un escudo a sus nietos.
Los amigos que compartieron asiento durante treinta años hasta que un domingo uno dejó de aparecer.
Los de General.
Los de Maratón.
Los de los domingos de lluvia.
Los que vieron al Deportivo pequeño.
Los que lo vieron gigante.
Los que lo vieron caer.
Los que murieron antes de verlo regresar.
Nosotros también queremos darle las gracias, señor Escotet.
Porque gracias, entre otros, a su dinero y a su apuesta, el Deportivo sigue existiendo.
No tenemos ningún problema en reconocerlo.
Al contrario.
Gracias.
Pero ahora le pedimos otra cosa.
Quizá mucho más barata.
Y probablemente mucho más importante.
Escuche.
Escuche antes de señalar.
Pregunte antes de juzgar.
Acerque antes de separar.
Porque salvar un club no termina cuando cuadran sus cuentas.
Un club termina de salvarse cuando quienes lo sostienen sienten que todavía pertenece un poco a todos.
Un día usted se irá.
También se irá el actual consejo.
Se irán los jugadores.
Se irá el entrenador.
Se irán quienes hoy protestan.
Nos iremos todos.
Y dentro de cincuenta años otro niño entrará en Riazor de la mano de su padre.
Mirará alrededor.
Escuchará cantar a miles de personas.
Y preguntará qué significa todo aquello.
Su padre probablemente le responderá:
—Esto es el Dépor.
Eso es lo que ustedes administran.
No solamente una sociedad anónima deportiva.
No solamente un balance.
No solamente unas acciones.
Eso.
Una frase que lleva más de un siglo pasando de una generación a otra.
Nosotros ya hicimos nuestra parte.
Ahora estamos en otra grada.
Una donde cabemos todos.
Los de General.
Los de Maratón Inferior.
Los que ya no pueden renovar.
Los que ya no pueden protestar.
Los que ya no pueden votar.
Los que ya no pueden entrar en Riazor.
Y esta noche, cuando el Deportivo vuelva por fin a Primera División después de ocho años, estaremos allí de alguna manera.
Cantando también.
Solo le pedimos una cosa.
Cuando escuche rugir Riazor, no escuche únicamente a los que están.
Escúchenos también a nosotros.
Y recuerde que ninguna cantidad de dinero puede comprar lo que tiene delante.
Porque usted ayudó a salvar al Deportivo.
Y jamás olvidaremos agradecérselo.
Ahora ayude también a que el Deportivo no se aleje de los deportivistas.