Real Club Deportivo de A Censura

La brecha entre el Consejo de Administración del RC Deportivo y su masa social ha alcanzado su punto de casi no retorno. Tras una jornada marcada por la marea de camisetas naranjas, el atronador silencio en Maratón Inferior y un inédito episodio de censura a los medios de comunicación tras el choque ante el Elche, Riazor escenificó una fractura promovida desde las propias entrañas del club, incomprensiblemente empeñado en ahogar la voz del deportivismo.

Hubo un tiempo no muy lejano, hace tan solo tres meses, en que los gestores del Real Club Deportivo presumían de encabezar el equipo del pueblo. Imposible olvidar aquel baño de masas en María Pita, con la afición volcada e incluso el propio presidente del club paseándose triunfante ante miles de deportivistas para celebrar el ansiado ascenso. Hoy, sin embargo, la gestión institucional parece más empeñada en convertir Riazor en un teatro de silencio reglamentado que en mantener vivo el feudo donde late la verdadera pasión de A Coruña

La tensión no ha surgido de la nada. La reciente subida en los precios de los abonos supuso un jarro de agua fría para una masa social que se mantuvo fiel en los años más oscuros del barro futbolístico. Sin embargo, el sentimiento deportivista siempre ha estado por encima de cualquier tarifa. El verdadero problema radica en la ruptura posterior: la falta de explicaciones, la controvertida gestión de Maratón Inferior y la creciente tirantez con la afición han dinamitado la convivencia en la grada. Un error de cálculo nefasto, pues el equipo necesita más que nunca el aliento incondicional de Riazor; sin el impulso, la pasión y la voz de su gente desde las gradas, el fútbol pierde su motor principal.

El reflejo de este malestar fue evidente en el último partido

 Miles de aficionados, procedentes de Maratón Inferior y del resto de las gradas, acudieron al encuentro ante el Elche luciendo camisetas naranjas para escenificar su rotundo rechazo a las medidas de los gestores del RC Deportivo. El habitual e impetuoso rugido de Riazor se mutó en un silencio atronador, la prueba más incontestable de que, sin el aliento de su grada, el templo coruñés pierde su verdadera identidad.

Lo acontecido en la comparecencia posterior al encuentro cruzó una línea peligrosa. Cuando los periodistas Javi Torres de Radio Galega y Alberto Gómez Barros, de Onda Cero, trasladaron al ayer capitán Ximo Navarro, preguntas legítimas sobre la palpable tensión en la grada, la respuesta de la entidad no fue el diálogo, sino la censura. Resulta sangrante recordar cómo jugadores y técnico apelaba de forma constante a la afición la pasada campaña; sin embargo, su silencio de ayer ante la arbitrariedad del club termina por condenar a quien obedece guardando silencio, como un sumiso ejecutor más de las órdenes de quienes gestionan el Club.

El responsable de prensa del RC Deportivo, siguiendo las directrices de la cúpula del club, ejerció un flagrante papel de escudo censor al dictar qué preguntas eran admisibles y cuáles no. Esta tutela sobre los medios, una práctica que la dirección de comunicación aplica de forma velada desde hace tiempo a los periodistas incómodos, alcanzó su punto crítico al calificar de «no procedente» la pregunta sobre el malestar de miles de deportivistas. Intervenir la labor informativa no solo supone una preocupante intromisión en la independencia profesional, en democracia, la libertad de expresión es el pilar fundamental del conocimiento, lo sucedido ayer evidencia un alarmante distanciamiento respecto a la realidad social de A Coruña y una deriva impropia de una entidad abierta.

Intentar tapar el sol con un dedo prohibiendo a los periodistas preguntar al técnico sobre el malestar de la grada no hace que el problema desaparezca; solo evidencia la debilidad y la falta de argumentos de quienes hoy dirigen el Club. Pueden ser los dueños de la sociedad anónima, pero jamás lo serán del sentimiento deportivista. En el RC Deportivo deben recordar que los consejeros, entrenadores y jugadores pasan, pero el espiritu deportivista permanece. Silenciar a la prensa no acallará el descontento de un deportivismo cansado de ser tratado como un simple cliente sin voz ni voto. Tratar de apagar la voz de la afición es un ejercicio inútil. En una jornada que debió ser histórica, solo desde el sentido común y el respeto mutuo se puede construir el futuro; empañarla con prácticas impropias de una entidad abierta es un grave error.

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