El puto septiembre

¡Feliz año nuevo! Aquí empieza, otra vez, lo mismo de todos los años mientras rematamos los cojonudos productos de temporada. Entre otros, los excelentes tomates que cultiva un amiguete en un puñao de tierra, muy buena tierra, cerca del rio que pasa por el pueblo donde está ubicada su casa. Tomates que saben a eso, a to-ma-te.

Y los huevos de otro amigo, que pone por delante de los suyos los de sus gallinas, aves que se comportan como muchos españoles: picando aquí, picando allí… Una maniobra que luego se nota cuando pones un ejemplar pochado sobre un pisto, hecho con las delicias que cultiva el anterior amigo. Los huevos afortunadamente no son productos de temporada.

Pues eso, que ¡Feliz año nuevo! Esto sigue igual. Para bien o para mal nos emocionamos con frases huecas que no dicen nada, pero que se repiten supersticiosamente cada cierto tiempo. Un periodo desprovisto de recuerdos, de cuando éramos un país de emigrantes, pero sin dejar de lado las recetas, porque esto, aunque no lo parezca, es una sección de gastroNTERÍAS en la que no hemos olvidado, por ejemplo, que un producto muy nuestro, el cordero, lleva un tiempo subiendo el precio de una manera bestial. Este país marca su norte con las cosas que sirven para hacer ejercicio con los maxilares que, junto con los ecos de la palabra ¡España! parecen dar forma a nuestra auténtica razón de ser: la gastronomía. Y retomando el último ingrediente, el cordero sube de precio porque no hay pastores para cuidar los rebaños, aunque los podría haber con gente que además de ganarse la vida, poblara los pueblos hoy abandonados, cultivase sus tierras, criase y cuidase el ganado, evitase los incendios y nos diese de comer mejores productos y más baratos….. Y preocupa tanto como su realidad en el escenario que vivimos cada día con las noticias del “pastoreo” de personas con el único justificante del odio y otras mierdas similares que guarnecen billeteras y miserias.

O sea, que empieza de nuevo el año. Y siguen ahí los eternos argumentos que nos impiden recordar que en América nos llamaban “gashegos” y que una canción de Juanito Valderrama, El Emigrante, fue, sigue siendo, la letra de nuestro himno, aunque a algunos no les guste.

Pues eso.

Pepe LASTRAS

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