Vamos a contar mentiras [2]: Manhattan bajo el agua

Los más jóvenes ni sabrán de qué les hablas al mencionar el término «agujero en la capa de ozono». ¿Se acuerdan ustedes del canguelo que nos entró a todos hace apenas unas décadas con el dichoso «agujero»? A menos que cambiáramos de raíz nuestras costumbres consumistas, moriríamos todos abrasados por los rayos solares. Al parecer, fue tan sencillo como reformular cuatro cachivaches en los aerosoles, y listo: ¡capa de ozono restaurada! Recuerdo que hasta mirábamos a veces al cielo, y sí, veíamos con absoluta nitidez el orificio y hasta los maléficos rayos con cara de demonio rojo en alocada carrera hacia la superficie terrestre. En realidad, el agujero no era tal, sino una mayor delgadez en la consiguiente capa.

La lista de anuncios catastróficos incumplidos es larga, bastante más que la famosa sombra del ciprés delibesiana. Si se hubiera hecho realidad una ínfima parte de las catástrofes predichas, el mundo sería hoy muy diferente, a peor. Veamos.

Aunque podríamos retrotraernos a Malthus y compañía, es durante la pasada década de los sesenta cuando las predicciones catastrofistas encuentran acomodo en los mass media, auténticas cajas de resonancia que empapan a la sociedad toda, aunque no parece que el anuncio de desgracias apocalípticas haya calado ni en representantes políticos ni en representados civiles. Por ejemplo, no se sabe de nadie que se mudase en su momento de la zona baja de Manhattan a los Apalaches, por poner un caso. Porque sí, hubo en su momento reconocidos científicos que anunciaron la subida del nivel del agua en la Gran Manzana hasta dejar inundados sus famosos parques y avenidas. Se supone que varios millones de personas debería haber salido pitando de allí en busca de habitáculos seguros nada más recibir tan alarmante anuncio. Nadie se movió de su casa, en una suerte de aceptación bíblica del desastre. Manhattan sigue igual que siempre, henchida de neoyorkinos más preocupados por encontrar un sitio donde aparcar que por pillar un bote salvavidas.

Había hace medio siglo un «consenso científico» sobre el rápido enfriamiento del planeta (“Space satellites show new Ice Age coming fast”), que pasó después al supuesto calentamiento abrasador (“We’re toast if we don’t get on a very different path”) ―estamos aún en ello―, que nos achicharra cada verano, con los bañistas encantados tomando baños de sol en la playa más cercana.

¿Y qué me dicen de la dichosa lluvia ácida, monotema medioambiental hace apenas unas décadas? Pueden consultarse los millos de artículos periodísticos anunciando el envenenamiento irreversible de ríos y lagos (¿Por qué ya nadie habla de la lluvia ácida?), así como la muerte de toda masa forestal.  Aquello se medio enderezó con la instalación de los preceptivos filtros en las chimeneas fabriles, y a otra cosa mariposa.

Anunciaron no hace tanto que en breve la nieve será recordada como un fenómeno meteorológico del pasado, solo visible en las pelis. Que yo sepa, ninguna estación de esquí ha cerrado por tal motivo, y la gente de ciertos lugares sigue pasando la Navidad lanzándose bolas y haciendo muñequitos en los parques.

Hordas humanas deberían haber migrado de sus pequeños países a otras partes del mundo al leer que sus islas‑naciones iban a desaparecer bajo el creciente mar. Pero ahí siguen, tomando piña colada y bailando el hula hula. ¡Y bien hacen, qué demonios, no teniendo otro quehacer!

Nos deprimieron con aquella patética imagen del oso polar decrépito, agonizante, se supone que por falta de alimento, al desprenderse el trozo de hielo que pisaba de la masa continental e impedirle así cazar. Todo debido al repetido deshielo generalizado en los polos, claro está. ¡Los tan entrañables osos  polares que presiden el dormitorio de todo niño protoecologista a punto de desaparecer! Hoy la cabaña de la especie goza de perfecta salud, al punto de que su número bate registros. Tranquilos, pequeñuelos.

Por cierto: ¿cómo quedó lo del «agujero»? Pues lo cierto es que también dicho asunto se diluyó como azucarillo en agua, y bastó con cambiar el sistema de los familiares espráis y poco más, mira tú por dónde. Tengo entendido que la capa de ozono estaba igual antes que está ahora, y que en realidad nadie se había percatado hasta entonces de la delgadez de la misma en ciertas zonas árticas, por tan sencilla razón como que allí no había habitado nadie hasta épocas recientes. Se supone que íbamos a morir todos de cáncer de piel, y al menos acertaron en la mitad: seguimos muriendo todos, aunque no necesariamente de eso. Y, por otra parte, los pingüinos tienen plumas. También en este campo han tenido suerte las empresas de peluches.

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