
Durante siglos, una fuente no necesitaba justificar su existencia. Estaba allí porque había personas con sed. Antes de que las redes públicas de abastecimiento llegaran a los hogares, las fuentes, los pilones, los manantiales y los pozos formaban parte de la infraestructura esencial de la vida de innumerables comunidades. Muchas poblaciones crecieron alrededor del agua y muchas carreteras, caminos y lugares de paso tenían en la fuente un punto de referencia, de encuentro y, sobre todo, de supervivencia. Allí bebían quienes vivían cerca y quienes llegaban de lejos, se abastecían las familias, se refrescaban los viajeros y se daba de beber a los animales. El agua no era un elemento decorativo del paisaje. Era vida. El extraordinario desarrollo de las redes de abastecimiento domiciliario nos trajo comodidad, seguridad sanitaria y una calidad de vida que sería absurdo romantizar o pretender sustituir regresando al pasado. Pero el progreso produjo también un extraño olvido. Cuando el agua empezó a llegar directamente a los hogares, aquello que durante siglos había sido indispensable en el espacio público comenzó, en muchos lugares, a ser tratado como prescindible. Y así hemos ido asistiendo, en Portugal y en España, al envejecimiento y abandono de fuentes que durante generaciones desempeñaron una función pública esencial. Algunas se fueron degradando por falta de mantenimiento, otras dejaron de tener la calidad de su agua sometida a controles regulares. Y donde antes alguien encontraba agua, hoy encuentra muchas veces un cartel que advierte de que el agua no está controlada o no es apta para el consumo. El cartel puede ser necesario. Nadie debe ser inducido a beber agua cuya seguridad no esté garantizada. El problema comienza cuando el cartel, en lugar de ser una advertencia transitoria, se convierte en una solución definitiva. Cuando dejamos de preguntarnos si aquella fuente puede ser recuperada, si la calidad del agua puede volver a ser analizada y controlada, si es posible realizar las obras necesarias o si, en caso de que no resulte técnicamente viable garantizar la potabilidad del agua del manantial, aquel mismo lugar no podría recibir agua de la red pública. Hay fuentes que podrán volver a cumplir la función para la que nacieron. Otras quizá no. Y allí donde no existan, pueden y deben crearse nuevos puntos públicos de agua potable. No se trata de regresar al pasado. Se trata de tener la inteligencia suficiente para comprender que no todo aquello que el progreso hizo menos necesario dejó, por ello, de ser útil. Existen por toda la península ibérica antiguas fuentes que podemos devolver a la vida para que vuelvan a dar vida.
La cuestión resulta todavía más difícil de ignorar cuando estamos terminando un verano marcado por temperaturas extremas en Portugal, en España y en distintas regiones de Europa, con especial intensidad en Europa occidental. Hablamos cada vez más de adaptación climática, sostenibilidad, resiliencia de los territorios, ciudades verdes y protección de la población frente a episodios de calor intenso. Elaboramos estrategias, diseñamos planes, fijamos objetivos para las próximas décadas y debatimos inversiones de enorme complejidad. Todo ello es necesario. Pero quizá deberíamos empezar también por plantearnos algunas preguntas extraordinariamente sencillas. Si alguien atraviesa una ciudad a pie en un día de calor intenso, ¿dónde puede beber agua gratuitamente? Si una persona mayor necesita refrescarse durante un paseo, ¿dónde encuentra un punto de agua potable? ¿Y un niño? ¿Un trabajador al aire libre? ¿Un ciclista? ¿Un peregrino? ¿Una persona sin hogar? ¿Qué ocurre con quien atraviesa un pueblo en el que ya no existe un bar, un supermercado o cualquier otro establecimiento abierto? ¿Y con quien no lleva dinero, tarjeta bancaria o, sencillamente, no dispone de recursos económicos para comprar continuamente botellas de agua? Es muy fácil afirmar que hoy nadie necesita una fuente porque puede comprar agua. Es fácil decirlo cuando se tiene dinero para comprarla y cuando existe algún lugar donde hacerlo. Hay zonas rurales en las que el establecimiento más cercano puede encontrarse a kilómetros de distancia y hay ciudades y grandes destinos turísticos donde una simple botella de agua puede alcanzar precios desproporcionados para un bien de primera necesidad. Hemos convertido una necesidad elemental en una oportunidad comercial y hemos empezado a comportarnos como si el acceso al agua dependiera naturalmente de la capacidad económica de cada persona. No debería depender de ella. Comprar un determinado tipo de agua, de una determinada marca y en un determinado envase es una elección comercial. Poder beber agua cuando se tiene sed es algo muy distinto. Es precisamente aquí donde comienza la dimensión humana de esta cuestión. Cuidar de una comunidad no consiste únicamente en construir grandes equipamientos, organizar eventos, promocionar destinos turísticos o inaugurar obras visibles. También significa anticiparse a las necesidades elementales. Los impuestos pagados por quienes viven en esos territorios y las tasas turísticas que, allí donde existen, abonan quienes los visitan también deben servir para esto. Para cuidar. Para garantizar que los espacios públicos sigan siendo habitables cuando el clima se vuelve más exigente. Para que una plaza, un parque, un camino, un pueblo o una ciudad ofrezcan a quien se encuentre allí algo tan elemental como agua. Ni siquiera se trata de una idea excéntrica. La propia Directiva de la Unión Europea vigente establece que debe mejorarse o mantenerse el acceso de todas las personas al agua destinada al consumo humano y contempla la instalación de equipamientos en espacios públicos cuando resulte técnicamente viable, teniendo expresamente en consideración circunstancias como el clima y la geografía. Portugal y España han incorporado este principio a sus respectivos regímenes de acceso al agua. Lo que falta, tantas veces, no es comprender la importancia del problema. Es convertir aquello que ya sabemos en una prioridad para quienes deciden.
Quizá sea precisamente aquí donde este problema aparentemente pequeño revele algo mucho mayor sobre nuestro tiempo. Hemos desarrollado una extraordinaria capacidad para ocuparnos de aquello que hace ruido y una preocupante facilidad para olvidar aquello que, silenciosamente, sostiene la vida en común. Hay polémicas que dominan televisiones, periódicos y redes sociales durante días enteros y que, una semana después, casi nadie es capaz de recordar. Discutimos declaraciones, publicaciones, gestos, ofensas, indignaciones y controversias sucesivas, con frecuencia sin ninguna consecuencia concreta para la vida de quienes nos rodean. Mientras tanto, una fuente puede permanecer abandonada durante años ante los ojos de toda una comunidad sin que casi nadie se pregunte por qué. Tal vez hayamos empezado a confundir aquello que ocupa nuestra atención con aquello que verdaderamente merece nuestra atención. Y esa distracción colectiva tiene consecuencias, porque gobernar también significa saber distinguir lo accesorio de lo esencial. Recuperar una fuente no producirá un gran titular. El control periódico de la calidad de su agua difícilmente dará votos en las próximas elecciones. Instalar una fuente de agua potable en una plaza no tendrá el impacto visual de determinadas obras. Crear una red de puntos públicos de agua potable en una ciudad quizá nunca sea presentado como un gran proyecto transformador. Pero llegará un día de cuarenta grados en el que alguien llegará hasta allí con sed y podrá beber. En ese momento, toda la discusión sobre las prioridades públicas cabrá en un gesto tan sencillo como abrir un grifo. Portugal y España poseen un extraordinario patrimonio de fuentes que merece ser contemplado no solo como memoria, sino también como recurso. Europa, enfrentada a veranos cada vez más exigentes, tiene razones suficientes para volver a plantearse la presencia del agua en el espacio público. Recupérense las fuentes que puedan recuperarse. Contrólese regularmente la calidad del agua destinada al consumo. Llévese agua de la red allí donde el manantial ya no ofrezca garantías. Constrúyanse nuevas fuentes donde sean necesarias. Créense puntos públicos de abastecimiento tanto en los pueblos como en las grandes metrópolis. No porque sea bonito. No por nostalgia. Ni siquiera únicamente por sostenibilidad. Hagámoslo porque cuidar del espacio público es cuidar de las personas. Y pocas cosas revelan con tanta claridad las prioridades de una sociedad como la forma en que trata aquello que es esencial para la vida.