Una multitud que se cree libre. Por Miguel Abreu

Somos únicos e irrepetibles. No necesitamos comprar nada, viajar a ningún lugar, vestir una determinada marca, frecuentar ciertos sitios ni conquistar la aprobación de nadie para serlo. Nuestra singularidad existe antes que todo aquello que poseemos y mucho antes que la imagen que construimos para los demás. Un viejo alfarero lo sabe sin necesidad de grandes teorías. Puede colocar ante sí la misma arcilla, intentar repetir la misma forma, utilizar las mismas manos y el mismo torno y, aun así, ninguna pieza será rigurosamente igual a la anterior. Siempre quedará en ella algo de aquel gesto, de aquella presión de los dedos, de aquel instante, de aquel fuego. Un sastre puede utilizar el mismo tejido para confeccionar dos trajes y ninguno será verdaderamente igual al otro, porque cada uno ha sido pensado para un cuerpo concreto. Durante siglos, «hecho a medida» significaba precisamente eso. Algo hecho para aquella persona y no para una multitud abstracta de consumidores. Nosotros hemos conseguido la proeza de invertir esta lógica. Producimos millones de objetos prácticamente iguales y construimos después una sofisticada industria destinada a convencer a cada comprador de que, al poseer uno de ellos, se ha convertido en alguien diferente. Nunca se ha hablado tanto de personalización, exclusividad, experiencias únicas, ediciones especiales, productos premium o servicios diferenciados. Buscamos hoteles que nos prometan exclusividad, restaurantes donde nos hagan sentir especiales, viajes presentados como únicos, ropa que revele personalidad y objetos que supuestamente cuenten a los demás quiénes somos. Y, al mismo tiempo, observamos multitudes corriendo exactamente hacia los mismos lugares, comprando las mismas cosas y deseando aquello que millones de otras personas han sido enseñadas a desear. Se forman enormes colas ante tiendas de ropa presentes en decenas o cientos de ciudades. Se esperan horas para asistir a la inauguración de una tienda de una marca sobradamente conocida como si estuviera sucediendo algo verdaderamente irrepetible. Se recorren cientos o miles de kilómetros para llegar a ciudades por las que después casi no se puede caminar, a playas donde apenas queda espacio para extender una toalla o a monumentos que terminan contemplándose a través de un bosque de teléfonos móviles. Nunca se ha hablado tanto de exclusividad. Tal vez nunca la exclusividad haya estado tan masificada. Por eso resultó tan revelador el reciente episodio de João Neves. Un joven futbolista portugués, perteneciente a la élite millonaria del fútbol europeo, llegó al entrenamiento del Paris Saint-Germain al volante de una sencilla Peugeot Partner comercial. Y se convirtió en noticia. Desconozco las razones por las que conducía aquella furgoneta y sería absurdo convertir un automóvil en una declaración moral sobre una persona. Pero precisamente ahí reside lo que me interesa. Un hombre condujo una furgoneta. Nada más banal. Lo extraordinario fue que nos pareciera extraordinario. Hemos construido una cultura en la que esperamos que un determinado nivel de ingresos, una profesión o un estatus vayan acompañados de su correspondiente escenografía. El éxito no puede limitarse a existir. Tiene que exhibirse. El dinero no basta. Tiene que ser reconocible a distancia. La felicidad necesita fotografías. Las vacaciones necesitan testigos. Hasta la autenticidad parece necesitar audiencia. Y esta misma paradoja empieza también a transformar nuestras ciudades. Viajamos en busca de lo diferente y encontramos progresivamente las mismas tiendas, las mismas cadenas internacionales, los mismos conceptos comerciales, la misma decoración y una identidad local cada vez más adaptada al visitante global. Cuando no existe equilibrio, la masificación turística presiona la vivienda, aleja a los residentes, sustituye el comercio necesario por un comercio pensado sobre todo para quien permanece dos o tres días y satura el espacio público. La identidad se transforma en producto y después vendemos al visitante una representación comercial de la identidad que hemos ido dejando desaparecer. Todo en nombre de la economía, como si la economía fuera un fin en sí misma y no un instrumento que debería estar al servicio de las personas. Rentabilidad, ocupación, cifras, crecimiento. Pero ¿dónde quedan la habitabilidad, la tranquilidad y la calidad de vida? ¿Dónde queda la posibilidad de que un niño crezca en el barrio donde nacieron sus padres? ¿Y el derecho de un residente a atravesar su propia ciudad sin sentir que vive permanentemente dentro de un parque temático? Queríamos conocer lugares diferentes y hemos empezado a convertirlos a todos en iguales. Queríamos distinguirnos de los demás y hemos acabado todos en la misma cola. Tal vez esa sea la gran paradoja. Somos verdaderamente únicos, pero intentamos demostrar nuestra singularidad a través de las mismas cosas que buscan todos los demás. Confundimos ser diferentes con parecer diferentes. Y mientras cuidamos obsesivamente la apariencia de nuestra individualidad, permitimos que nos masifiquen por dentro.

Es en este punto donde el asunto deja de ser únicamente una cuestión de consumo, turismo o costumbres y pasa a ser una cuestión sobre la propia libertad. Lo inquietante no es que haya personas a las que les guste una determinada marca, que hagan cola para entrar en un restaurante o que sigan a alguien en una red social. Cada uno debe poder vivir de acuerdo con sus elecciones, siempre que su libertad no se ejerza a costa de la libertad, la dignidad o los derechos de los demás. La verdadera libertad implica responsabilidad. Sin ella, puede degenerar fácilmente en libertinaje. También sería un error convertir esta reflexión en un lamento sobre un pasado supuestamente mejor. La influencia social no nació con las redes sociales ni la manipulación comenzó con los algoritmos. Siempre hemos buscado aprobación, imitado comportamientos y estado condicionados por el grupo. Lo que ha cambiado es la escala, la velocidad y la capacidad de conocer, medir y explotar permanentemente nuestros deseos. La publicidad ya existía. Las modas existían. La televisión condicionaba comportamientos. Las convenciones sociales siempre ejercieron presión sobre quien deseaba pertenecer. El ser humano nunca ha vivido aislado de la mirada de los demás. La diferencia está en la intensidad y en la permanencia con la que hoy esa mirada nos acompaña. Aquello que vemos, buscamos, compramos, compartimos o incluso el tiempo que permanecemos ante un determinado contenido puede contribuir a perfeccionar los mecanismos que vuelven a disputar nuestra atención apenas unos segundos después. El problema comienza cuando ya no conseguimos saber hasta qué punto aquello que creemos querer ha nacido realmente en nosotros. Nunca hemos tenido tanta información, tantas posibilidades de elección y tantos instrumentos de decisión y, paradójicamente, quizá nunca hayamos recurrido tanto a los demás para saber qué debemos desear a continuación. Dónde comer. Adónde viajar. Qué vestir. Qué cuerpo desear. Qué serie ver. Qué lugar fotografiar. Incluso qué opinión debemos tener sobre lo que ha sucedido ese día. Hemos creado, entretanto, una figura cuyo propio nombre debería obligarnos a pensar, el «influencer». Pero rara vez nos preguntamos quién influye al influencer. Porque también él puede vivir condicionado por el algoritmo, por la marca que paga, por el producto que recibe, por la necesidad de mantener su alcance, por la siguiente campaña y por una fama que tantas veces dura únicamente mientras consiga conservar nuestra atención. No hay nada de malo en recomendar un producto o compartir una experiencia. La frontera peligrosa aparece cuando dejamos de recibir información y empezamos a entregar nuestro criterio. Cuando ya no preguntamos «¿yo quiero esto?» y pasamos, casi sin darnos cuenta, a preguntar «¿esto es lo que ahora se quiere?». No es lo que compramos lo que determina nuestra libertad. Es el hábito de dejar en manos de otros la tarea de decidir por nosotros aquello que merece ser deseado, admirado o rechazado. Comprar en una gran cadena no hace a nadie menos libre que comprar a un sastre. Viajar a un destino popular no convierte a nadie en una persona incapaz de pensar. El problema está en otro lugar. Está en la renuncia progresiva al discernimiento. Está en permitir que la aprobación exterior se convierta en el criterio de nuestra elección, que el miedo a quedarnos fuera determine dónde queremos estar y que la necesidad de pertenecer nos dispense de preguntarnos por qué. Tal vez aquí se encuentre una de las grandes pobrezas de nuestro tiempo. Puede haber dinero, formación, viajes, tecnología, viviendas confortables y acceso a prácticamente todo. Y puede faltar mucho de aquello que no se compra. Interioridad, discernimiento, resistencia a la frustración, capacidad de silencio, paciencia, esfuerzo, profundidad, valentía para estar solo y libertad para no necesitar permanentemente la aprobación ajena. No deja de resultar impresionante que una sociedad con tantas posibilidades para vivir la propia vida haya creado una industria gigantesca basada en observar la vida de los demás. Personas encerradas en una casa son seguidas durante semanas. Relaciones, discusiones, banalidades e intimidades se convierten en espectáculo. Otras personas comercializan aquello que presentan como su vida cotidiana y millones miran, siguen, comentan e incluso pagan para continuar observándolas. Tal vez porque contemplar permanentemente la vida ajena nos ahorra, durante algún tiempo, la tarea mucho más difícil de mirar la nuestra. Y cuando la pantalla se apaga y el ruido desaparece surge una pregunta que ningún algoritmo puede responder. ¿Estoy verdaderamente satisfecho con la persona en la que me estoy convirtiendo? Una persona permanentemente insatisfecha es un consumidor casi perfecto. Siempre hay algo más que comprar, experimentar, corregir o desear. Quien está reconciliado consigo mismo necesita menos símbolos exteriores para demostrar su valor. Y quien piensa por sí mismo es más difícil de conducir. Es aquí donde esta reflexión empieza a ir más allá del consumo. No porque exista una línea directa entre seguir una tendencia y renunciar a la libertad política. Sería intelectualmente deshonesto afirmarlo. El vínculo está en la dependencia de la validación exterior, en el miedo a la exclusión, en la dificultad para soportar la discrepancia y en la tentación de sustituir el esfuerzo del discernimiento por la comodidad de pertenecer al grupo adecuado. Esos mecanismos humanos pueden ser explotados por el mercado, pero también por la política. Cuando dejamos de discutir ideas y empezamos únicamente a clasificar personas, algo importante se pierde. Xenófobo. Fascista. Comunista. Racista. Woke. Retrógrado. Radical. La etiqueta cambia según la tribu y según aquello que se pretenda desacreditar. Ser insultado no demuestra que tengamos razón y una acusación injusta no convierte automáticamente una opinión en verdad. Pero cuando la respuesta a un argumento deja sistemáticamente de ser otro argumento y pasa a ser una etiqueta, una caricatura, una mentira o una acusación destinada únicamente a desacreditar a quien habla, perdemos la disposición para pensar juntos. Y una sociedad que pierde la capacidad de discutir racionalmente empieza también a perder una de las principales defensas de la libertad. La Historia debería hacernos especialmente prudentes. Las dictaduras no fueron construidas por una humanidad diferente de aquella a la que nosotros pertenecemos, ni los pueblos que les entregaron el poder estaban formados por seres humanos intelectualmente inferiores a los de hoy. El miedo, el resentimiento, la propaganda, la división y la necesidad de respuestas simples continúan existiendo. Un autócrata hábil sabe explotarlos. Elige un enemigo, identifica un culpable, reduce problemas complejos a unas pocas frases y ofrece certezas allí donde la realidad exige duda, prudencia y discernimiento. Por eso una sociedad libre necesita mucho más que elecciones y Constituciones. Necesita personas interiormente libres. Ciudadanos capaces de desconfiar incluso de aquellos con quienes están de acuerdo. Capaces de cambiar de opinión cuando los hechos los contradicen. Capaces de contrariar a su propio grupo. Capaces de permanecer solos cuando la alternativa es repetir una mentira únicamente para seguir perteneciendo. Una multitud puede estar absolutamente convencida de que ha elegido el camino. Y, aun así, limitarse a seguir a quien va delante.

Pero no creo que esta sea toda la historia de nuestro tiempo. Si lo creyera, este artículo terminaría en una especie de desprecio hacia la sociedad y eso sería, además de injusto, intelectualmente perezoso. La misma humanidad que se deja seducir por la apariencia continúa revelando una extraordinaria capacidad para salir de sí misma cuando sucede algo verdaderamente importante. Lo vemos en los incendios, en las inundaciones, en los terremotos, en los accidentes y en las tragedias que interrumpen abruptamente la rutina. De repente aparecen personas a las que nadie ha obligado a estar allí. Llevan alimentos. Ceden habitaciones. Prestan máquinas. Buscan desaparecidos. Transportan a desconocidos. Hacen donaciones. Bomberos voluntarios arriesgan la vida por personas a las que nunca han visto. Vecinos cuidan de ancianos a los que apenas conocían. Personas de otras regiones recorren cientos de kilómetros para ayudar a retirar barro o reconstruir aquello que no es suyo. Y también se hacen colas. Pero son otras colas. Colas para donar sangre, entregar bienes, servir comidas u ofrecer aquello que alguien necesita en ese momento. En esas horas comprendemos que el individualismo no ha conseguido destruir una conciencia antigua y profundamente humana. Hay momentos en los que el problema del otro también es nuestro. Es esta capacidad la que todavía me da esperanza. Hay causas comunes capaces de reunir a personas que quizá discrepen en casi todo lo demás. Todavía existe una sociedad que no pregunta únicamente «¿qué gano yo?», sino también «¿qué podemos hacer nosotros?». Y quizá sea precisamente ese pequeño cambio de pronombre el que determine una parte importante de nuestro futuro. Hemos pasado demasiado tiempo hablando de mi éxito, de mis derechos, de mi libertad, de mi tiempo, de mi dinero, de mi carrera, de mi felicidad y de mis elecciones. Todo ello es legítimo. Pero ningún bien individual consigue sobrevivir durante mucho tiempo cuando el bien común se desintegra. La comodidad de mi casa vale poco si la calle en la que vivo ha dejado de ser segura. Mi libertad se vuelve frágil cuando las instituciones dejan de merecer confianza. Mi dinero compra cada vez menos calidad de vida si la ciudad en la que vivo se vuelve progresivamente inhabitable. Mis derechos se hacen más frágiles cuando nadie está dispuesto a asumir los deberes necesarios para sostenerlos. El bien común no es una idea romántica ni una expresión reservada a los discursos políticos. Es la infraestructura invisible de nuestra vida individual. Seguridad, justicia, confianza, educación, espacio público, respeto, responsabilidad, solidaridad y paz son bienes que ninguno de nosotros puede fabricar por sí solo. Tal vez por eso sea urgente reaprender algo que la sociedad de la satisfacción inmediata ha convertido casi en subversivo. Saber renunciar. No necesitamos estar en todos los lugares hacia los que corre todo el mundo. No necesitamos comprar todo aquello que todos parecen desear. No necesitamos tener una opinión inmediata sobre todos los asuntos. No necesitamos publicar todas nuestras experiencias. No necesitamos estar de acuerdo con nuestro grupo únicamente porque es nuestro grupo. Y tampoco necesitamos responder a todas las provocaciones. Renunciar no significa necesariamente vivir menos. Puede significar no permitir que sean otros quienes decidan aquello sin lo cual creemos que no podemos vivir. Hay momentos en los que una de las formas más profundas de libertad consiste simplemente en salir de la cola. Elegir aquello que realmente nos gusta cuando nadie está mirando. Viajar para conocer y no para demostrar que estuvimos allí. Comprar porque lo necesitamos y no porque alguien haya creado en nosotros esa necesidad. Apagar el ruido durante el tiempo suficiente para descubrir si nuestra voz sigue existiendo debajo de todas las demás. Escuchar una opinión que nos desagrada sin necesitar destruir a la persona que la ha expresado. Reconocer un error. Defender una convicción impopular. Cambiar cuando descubrimos que estábamos equivocados. Permanecer cuando únicamente la presión de la multitud nos ordena marcharnos. Un alfarero deja involuntariamente la huella de sus dedos en cada pieza. Un sastre comienza mirando a la persona concreta que tiene delante. Tal vez tengamos que reaprender de ambos que aquello que es verdaderamente único no necesita proclamar constantemente su exclusividad. Ya somos únicos. La gran cuestión es saber si tendremos el valor suficiente para seguir siéndolo cuando todo lo que nos rodea nos invita a parecer diferentes mientras nos empuja a pensar cada vez más de la misma manera. Porque una sociedad libre no es únicamente aquella en la que cada persona puede elegir qué comprar, adónde viajar o a quién votar. Es aquella en la que existen personas capaces de preguntarse quién les enseñó a desear, a temer, a odiar y a elegir. Tal vez esa sea la pobreza más peligrosa de nuestro tiempo. Tener cada vez más cosas con las que llenar la vida y cada vez menos vida dentro de nosotros con la que llenarlas.

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