Mar de Fondo: cuando el rock’n’roll se quedó despierto en el Barrio de las Flores

@jsuarez02111977

Diez años no se cumplen todos los días, y menos cuando lo que cumple una década es un festival gratuito, levantado desde un barrio y sostenido a base de trabajo, música y una cantidad considerable de cabezonería.

Por eso tocar en el décimo aniversario del Flores Rock no era para mí una fecha más del calendario. Había algo especial en subir a un escenario colocado en mitad de un barrio que lleva diez años defendiendo una manera muy concreta de entender la música: hacerla accesible para todos, traerla hasta donde vive la gente y mantenerla lejos de esa industria que algunas veces parece necesitar una pulsera, una zona VIP y una cerveza a precio de hipoteca para justificar un concierto.

El Barrio de las Flores había empezado a sonar muchas horas antes de que nosotros subiéramos al escenario. Desde primera hora de la tarde fueron pasando bandas, estilos y públicos mientras el aniversario iba creciendo. La gente entraba, salía, volvía, se encontraba. El festival hacía lo que lleva haciendo una década: ocupar el barrio con música.

Uno de los grandes momentos de la jornada llegó con los míticos Non Servium. Nosotros tocábamos después.

No era precisamente sencillo.

Cuando terminó su descarga, el viernes ya se había convertido definitivamente en sábado. Eran cerca de la una y media de la madrugada. Después de tantas horas de festival, podíamos encontrarnos a un público agotado y con ganas de marcharse a casa.

Pero quedaba rock’n’roll.

Y nos tocaba a nosotros.

La hormiga apareció primero.

Comenzó a sonar Génesis, la introducción que abre Lo llamaban rock’n’roll, y durante esos segundos previos al primer guitarrazo tuve una de esas sensaciones que únicamente existen encima de un escenario. Estás allí, esperando. Sabes perfectamente qué viene después porque lo has ensayado, grabado y tocado, pero nunca sabes exactamente qué va a ocurrir cuando empiece.

Entonces entró Lo llamaban rock’n’roll.

Y dejamos de pensar.

Carlos Campoy a la guitarra solista, Diego López a la guitarra rítmica, Miguel Duarte al bajo, Hugo Porteiro a la batería y yo a la voz. Cinco músicos empujando en la misma dirección desde el primer golpe.

Salimos con una idea bastante sencilla: no reservar absolutamente nada.

Después de Non Servium y a aquellas horas, intentar administrar el concierto habría sido un error. Había que entrar fuerte y mantenerlo. Lo llamaban rock’n’roll enlazó con Llueve y El reloj del diablo, tres temas que colocaron rápidamente el concierto en el terreno donde queríamos tenerlo: guitarras al frente, una sección rítmica contundente y ese hard rock que llevamos años defendiendo.

Yo lo sentía desde delante. La banda estaba apretando y, cuando una banda aprieta detrás de ti, cantar cambia. No necesitas empujar el concierto tú solo porque notas cómo vienen el bajo, la batería y las guitarras. Entonces puedes dedicarte a lo verdaderamente importante: intentar cruzar esos pocos metros que separan un escenario del público.

Los perros no duermen mantuvo la intensidad antes de entrar en Cuatro paredes y una cuerda. Después llegaron Bailando con las ratas y Se fueron sin conocernos. Ahí empecé a tener claro que la hora ya no iba a ser nuestro enemigo.

El concierto estaba funcionando.

No queríamos grandes discursos ni interrupciones eternas. Queríamos canciones, una detrás de otra, que el repertorio tuviese movimiento y que nadie tuviese tiempo para recordar que llevaba muchas horas de festival encima.

Porque tocar a la una y media de la madrugada tiene una regla bastante cabrona: nadie te debe atención. Te la tienes que ganar.

Insert Coin abrió otro tramo del concierto y volvió a meter de lleno el nuevo disco dentro del repertorio. Después llegó Percebeiro, uno de esos temas que encima de un escenario adquieren una personalidad diferente, y enseguida entramos en La noche en que todo ardió.

Para entonces yo había dejado de pensar en horarios.

Desde el escenario ya no veía el concierto como el cierre de una jornada larguísima. Lo estaba viviendo como cualquier concierto debería vivirse: desde dentro, pendiente de la siguiente entrada, del siguiente golpe de batería, de la guitarra que te marca dónde estás y de esa respuesta que llega desde delante y te dice que puedes seguir apretando.

Mi tormento y Buenos Aires rock’n’roll nos llevaron hacia la recta final.

Y ahí estaba probablemente la definición más sencilla de lo que somos. Nos gusta el hard rock, nos gustan las guitarras y nos gusta ese rock’n’roll que no necesita explicar demasiado de dónde viene porque se reconoce en cuanto entra el primer riff.

No pretendemos reinventarlo.

Queremos tocarlo.

Y queremos tocarlo con actitud.

1906 fue el penúltimo golpe antes de cerrar con Mar de Fondo.

Cuando llegó esa última canción habían pasado Lo llamaban rock’n’roll, Llueve, El reloj del diablo, Los perros no duermen, Cuatro paredes y una cuerda, Bailando con las ratas, Se fueron sin conocernos, Insert Coin, Percebeiro, La noche en que todo ardió, Mi tormento, Buenos Aires rock’n’roll y 1906.

Catorce canciones antes de terminar cantando nuestro propio nombre.

Y entonces entendí mejor dónde habíamos tocado aquella noche.

No era solamente otro escenario.

Era el décimo aniversario del Flores Rock.

Diez años haciendo algo que desde fuera puede parecer sencillo hasta que sabes lo que cuesta organizar cualquier cosa. Diez años montando escenarios, buscando bandas, solucionando problemas, trabajando cuando nadie mira y consiguiendo que después llegue la gente y pueda entrar gratuitamente.

Eso tiene muchísimo valor.

Porque el Flores Rock sucede donde vive la gente.

El escenario está entre edificios, calles, comercios y vecinos. Está donde alguien compra el pan por la mañana y unas horas después aparece una batería. Donde normalmente transcurre un día cualquiera y durante el festival aparecen amplificadores, cables, focos y guitarras.

Eso convierte al Flores Rock en algo profundamente obrero.

No utilizo esa palabra como decoración.

Un festival obrero es uno al que puede venir cualquiera. El que no necesita mirar tu cuenta corriente antes de dejarte escuchar una banda. El que entiende la cultura como algo que también pertenece al barrio y no únicamente a quien puede permitirse pagarla.

Y nosotros acabábamos de tocar allí.

Cuando terminó Mar de Fondo, volví inevitablemente a la imagen con la que había empezado todo.

La hormiga.

La elegimos como símbolo de Lo llamaban rock’n’roll porque representa exactamente aquello que queríamos contar con el disco. Una hormiga no impresiona por su tamaño. Nadie se aparta cuando la ve llegar. No ocupa portadas ni necesita que nadie le explique lo importante que es. Simplemente carga con algo mucho más grande que ella y sigue caminando.

Y aquella madrugada entendí que la hormiga no hablaba solamente de nosotros.

También podía hablar del Flores Rock.

Diez años cargando escenarios, conciertos, problemas, horas de trabajo y ganas de seguir adelante. Diez años construyendo algo enorme desde un barrio. Diez años demostrando que para resistir no siempre hace falta ser el más grande; algunas veces basta con ser el que continúa cuando otros ya se han cansado.

Nosotros habíamos empezado el concierto con ella y, de alguna manera, también lo terminamos con ella.

Habían pasado catorce canciones entre medias, pero la hormiga seguía allí.

El festival cumplía diez años.

El Barrio de las Flores seguía lleno de gente.

Las guitarras seguían enchufadas.

Y comprendí que quizá esa pequeña cabrona era la imagen perfecta para aquella noche.

Porque mientras algunos siguen preguntándose cuánto futuro le queda al rock’n’roll, la hormiga no pierde el tiempo contestando.

Baja la cabeza.

Carga con el amplificador.

Y sigue caminando.

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