De las tablillas de arcilla a la inteligencia artificial: la interminable sospecha contra las herramientas que nos hacen avanzar

Hubo un tiempo en que el ser humano removía la tierra con sus propias manos. Después utilizó palos, azadas y arados. Más tarde comprendió que podía aprovechar la fuerza de los animales y, siglos después, sustituyó aquella fuerza por tractores capaces de hacer en unas horas el trabajo que antes ocupaba jornadas enteras. Hoy existen enormes máquinas agrícolas que preparan el terreno, siembran y cosechan con una precisión que habría parecido sobrenatural a quienes cultivaban los campos de nuestros antepasados. Nadie sostiene seriamente que el agricultor actual sea menos agricultor porque no arrastre personalmente el arado.

También hubo un tiempo en que escribíamos sobre tablas de barro. Utilizamos cuñas, punzones, pizarras, tizas, plumas, lápices, estilográficas y bolígrafos. Cada instrumento hizo la escritura más rápida, limpia y accesible. Los libros, durante siglos, tuvieron que copiarse a mano, palabra por palabra, en un trabajo lento y minucioso. La imprenta permitió reproducirlos en cantidades que hasta entonces resultaban inimaginables. Después llegaron la máquina de escribir, la fotocopiadora, el ordenador, el procesador de textos y la impresora. Ninguna de estas herramientas acabó con la escritura. Al contrario, contribuyeron a extenderla.

La medicina siguió un camino semejante. Hubo épocas en las que se practicaban sangrías para tratar enfermedades que apenas se comprendían y las operaciones se realizaban con instrumentos rudimentarios, sin anestesia, sin antibióticos y sin las mínimas condiciones de higiene que hoy consideramos imprescindibles. La ciencia incorporó bisturís más precisos, pruebas diagnósticas, técnicas de imagen, instrumentos microscópicos y sistemas robotizados capaces de asistir al cirujano en intervenciones extraordinariamente delicadas. Nadie acusa al médico de hacer trampas porque una máquina amplíe su visión o reproduzca sus movimientos con una precisión que la mano humana difícilmente podría alcanzar.

La historia de la civilización es, en buena medida, la historia de las herramientas que hemos inventado para superar nuestras limitaciones. No avanzamos porque decidiéramos hacerlo todo solos, sino porque aprendimos a crear instrumentos capaces de llevarnos más lejos.

Sin embargo, cuando alguien reconoce que ha utilizado inteligencia artificial para escribir, investigar, diseñar, programar, traducir, corregir o desarrollar una idea, aparece con frecuencia una sospecha inmediata. Se cuestiona su capacidad, se rebaja su trabajo o se insinúa que ha hecho trampas. Parece que aceptamos sin dificultad que una máquina multiplique nuestra fuerza física, pero nos inquieta que pueda ampliar nuestras capacidades intelectuales.

Quizá esta incomodidad nazca de una antigua vanidad. Durante siglos hemos aceptado que las máquinas sean más fuertes, rápidas y resistentes que nosotros porque esas cualidades nunca parecieron definir nuestra superioridad. Permitimos que una excavadora levante toneladas, que un automóvil corra más deprisa y que una calculadora resuelva operaciones en una fracción de segundo. Pero cuando una máquina redacta, traduce, dibuja, compone, resume o argumenta, sentimos que ha entrado en un territorio que creíamos reservado a nuestra inteligencia.

Hemos aceptado que las máquinas multipliquen nuestros brazos, pero todavía nos incomoda que puedan multiplicar nuestro pensamiento.

Esa inquietud no carece por completo de fundamento. La inteligencia artificial no es exactamente igual que un martillo, una máquina de escribir o un tractor. No se limita a ejecutar un movimiento mecánico. Puede producir textos, imágenes, voces, vídeos y respuestas con apariencia de creación humana. Puede imitar estilos, relacionar conceptos y presentar como verdadero algo que no lo es. Su capacidad para generar resultados verosímiles obliga a actuar con una prudencia que quizá no exigíamos a otras herramientas.

Pero reconocer sus riesgos no significa condenar su uso. Significa aprender a utilizarla con criterio.

Una herramienta no posee mérito ni culpa. El bisturí no salva ni mata por sí mismo; depende de la mano, la intención y la responsabilidad de quien lo sostiene. Una cámara fotográfica no convierte automáticamente en fotógrafo a quien pulsa el disparador, del mismo modo que disponer de un procesador de textos no convierte a nadie en escritor. La inteligencia artificial tampoco transforma en creador a quien se limita a aceptar lo primero que aparece en una pantalla. Puede producir una obra, pero no puede otorgarle honestidad, propósito ni conciencia.

La verdadera frontera no se encuentra entre utilizar inteligencia artificial y no utilizarla. Se encuentra entre servirse de ella para ampliar nuestras capacidades o emplearla para ocultar nuestras carencias.

No es lo mismo pedir ayuda para ordenar una idea que fingir la autoría de una reflexión que nunca se ha comprendido. No es lo mismo utilizarla para revisar un texto que publicar sin comprobar cuanto genera. No es lo mismo apoyarse en ella para investigar que inventar datos, fuentes o argumentos. Tampoco es lo mismo aprovecharla para aprender que utilizarla para evitar cualquier esfuerzo intelectual.

La IA puede ayudarnos a escribir, pero no debería decidir qué queremos decir. Puede proponernos argumentos, pero no asumir nuestras convicciones. Puede corregir una frase, pero no concedernos una voz propia. Puede ofrecernos respuestas, pero no hacerse responsable de ellas.

Ahí reside una cuestión que a menudo olvidamos cuando discutimos sobre la autoría. Un fotógrafo sigue siendo autor aunque no haya fabricado la cámara. Un arquitecto no pierde su condición porque utilice programas de diseño. Un escritor no deja necesariamente de serlo porque consulte un diccionario, utilice un corrector o reciba sugerencias de una inteligencia artificial. La creación no consiste únicamente en ejecutar cada paso de manera manual. También consiste en concebir, elegir, descartar, corregir, ordenar y asumir el resultado.

La autoría no debería medirse por la cantidad de esfuerzo mecánico realizado, sino por la intención, el criterio y la responsabilidad que permanecen detrás de la obra.

Naturalmente, habrá quien utilice la inteligencia artificial para aparentar conocimientos que no posee. Algunos estudiantes entregarán trabajos que nunca han leído, algunos profesionales presentarán informes que no sabrían defender y algunos supuestos creadores firmarán obras en las que apenas han intervenido. Pero el engaño no nació con la inteligencia artificial. Antes se copiaban trabajos de una enciclopedia, se encargaban tesis, se plagiaban artículos y se apropiaban ideas ajenas. La tecnología puede facilitar la impostura, pero no la ha inventado.

Culpar a la herramienta de la deshonestidad de quien la utiliza resulta tan cómodo como inútil.

Esta transformación plantea, además, un desafío educativo. Prohibir la inteligencia artificial en las aulas puede ofrecer una falsa sensación de seguridad, pero difícilmente preparará a los jóvenes para el mundo en el que tendrán que vivir. La tarea de la educación no debería consistir en fingir que estas herramientas no existen, sino en enseñar a utilizarlas, cuestionarlas y someterlas a comprobación. Tendremos que aprender a distinguir una respuesta convincente de una respuesta verdadera, una redacción impecable de un razonamiento sólido y una acumulación de información de una comprensión auténtica.

Durante mucho tiempo, saber significó recordar. Después comenzó a significar también saber buscar. A partir de ahora, deberá significar algo más difícil: saber preguntar, contrastar, interpretar y decidir.

La inteligencia artificial puede democratizar conocimientos y capacidades que hasta hace poco estaban reservados a quienes disponían de más tiempo, formación o recursos. Puede ayudar a una pequeña empresa a mejorar sus procesos, a una persona con dificultades de expresión a ordenar sus ideas, a un investigador a analizar grandes cantidades de información o a un profesional a automatizar tareas repetitivas. Despreciar de manera automática esos avances sería tan absurdo como haber rechazado la imprenta porque los libros dejaron de copiarse a mano.

El esfuerzo, además, no constituye un valor por sí mismo. Si dos personas alcanzan el mismo resultado y una de ellas lo hace en la mitad de tiempo gracias a una herramienta, no parece razonable considerar más valioso el procedimiento lento solo porque exige más sacrificio. El mérito no siempre está en sufrir más, sino en comprender mejor lo que hacemos y utilizar con inteligencia los medios disponibles.

Durante siglos confundimos el esfuerzo con el valor porque muchas cosas valiosas exigían esfuerzo. Pero no todo lo difícil es valioso ni todo lo que una herramienta facilita carece de mérito.

Eso no significa que debamos entregarnos sin reservas a cada innovación. Toda tecnología modifica nuestros hábitos y acaba transformando también nuestra forma de pensar. Si delegamos constantemente la memoria, terminamos recordando menos. Si permitimos que un sistema elija por nosotros, nuestra capacidad de elección se debilita. Si dejamos de escribir porque una máquina puede hacerlo, quizá acabemos perdiendo algo más importante que la habilidad de ordenar palabras: la posibilidad de descubrir qué pensamos mientras las ordenamos.

El mayor riesgo de la inteligencia artificial no es que haga demasiado, sino que nosotros decidamos hacer cada vez menos.

Por eso la discusión no debería reducirse a decidir si estamos a favor o en contra de la IA. Esa pregunta pronto resultará tan estéril como preguntarnos si estamos a favor o en contra de internet, de los ordenadores o de la electricidad. La inteligencia artificial ya forma parte de nuestro tiempo y seguirá entrando en profesiones, empresas, aulas y hogares. La cuestión verdaderamente importante es qué lugar vamos a concederle y qué parte de nosotros mismos no estamos dispuestos a delegar.

Podemos utilizarla como una herramienta que amplíe nuestra capacidad de crear, comprender y resolver problemas. También podemos convertirla en una cómoda coartada para no aprender, no comprobar, no imaginar y no pensar. La decisión no pertenece a la máquina.

Quizá algún día dejemos de preguntar con desconfianza si una obra fue realizada con ayuda de inteligencia artificial y comencemos a plantear preguntas más relevantes: ¿hay una idea propia detrás?, ¿existe criterio?, ¿se ha comprobado lo que afirma?, ¿quien firma comprende y asume el resultado?

Porque utilizar una herramienta no nos hace menos humanos. Renunciar voluntariamente a nuestra responsabilidad sí puede hacerlo.

La inteligencia artificial ya ha llegado. La verdadera pregunta no es si vamos a utilizarla, sino si seguiremos siendo capaces de pensar cuando la utilicemos.

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