Jesús Antonio Rodríguez Morilla
No se trata de una errata. Las relaciones con Marruecos han acumulado profundas contradicciones y dislates, hoy más acentuados que nunca y, con mal pronóstico. Tenemos lo que resta de Siglo XXI para comprobar si tenemos capacidad para apuntalar unos cimientos de un Edificio situado al sur que también de llama España.
Por ejemplo, entre las anteriores figuraba la creación de la Guardia Mora (1936-1958), la cual evidenció una quiebra en la retórica del régimen franquista.
Mientras la propaganda oficial justificaba la Guerra Civil como una «Cruzada Nacional Católica», el esquema militar integraba formalmente a combatientes musulmanes como símbolo de fidelidad personal y herencia colonial. Esta fuerza de choque operó de forma pragmática por encima de las contradicciones ideológicas del momento.
Tras la independencia de Marruecos en 1956, la pérdida de los territorios coloniales por España desveló la fragilidad de la sintonía entre ambos.
El sultán Mohamed V mantuvo tensas reuniones con Franco en Madrid, reflejando la incomodidad del régimen al verse obligado a firmar el fin del Protectorado Norte.
A pesar de las recepciones con honores militares amplificadas por el NO-DO, la realidad geopolítica discurría por otro camino. El giro estratégico de 1953, impulsado por el acercamiento de Estados Unidos y sus bases militares, obligó a España a alinearse con el bloque occidental y ceder en el plano internacional, desembocando en los Acuerdos de Cintra de 1958.
Con el ascenso de Hassan II en 1961, Marruecos combinó su moderación prooccidental con la reclamación constante sobre Ceuta, Melilla, los peñones y el Sáhara Occidental. Durante la década de 1960. Se escenificó una falsa normalidad bilateral mediante encuentros cinegéticos y cacerías compartidas en Córdoba y Sierra Morena.
Se pretendía rebajar la tensión fronteriza, pero la diplomacia real se imponía meses después en los foros de la ONU, donde Rabat reclamaba la soberanía de los territorios africanos. Este desajuste culminó en noviembre de 1975 con la Marcha Verde: la movilización de 350.000 civiles desarmados forzó la retirada española de la provincia saharaui, consolidando un patrón de vecindad asimétrico.
La dinámica de tensiones genera un «miedo escénico» o percepción de vulnerabilidad histórica que conviene analizar con distancia crítica.
Viví de primera mano los equilibrios del mundo árabe entre 1973 y 1976 en la Libia de Gadafi y su panarabismo exacerbado. Aquel entorno, marcado por miradas y gestos de recelo funcionarial hacia profesionales extranjeros, requirió templanza para disipar la hostilidad ambiental.
La caída del Sha en Irán (1979); dos Golpes de Estado en Latino América entre otras experiencias a lo largo de 27 países en periodos de estancias de corta, media y larga duración en una dilatada vida profesional otorgó la perspectiva cruda de la visión de nuestra política exterior, desgraciadamente, ha ido a peor. En el tablero internacional, el peso estratégico de España se ha diluido caminando hacia un cero a la izquierda; una pieza utilizada a conveniencia de terceros en lugar de un actor con voz propia y firmeza jurídica.
Sin embargo, esta debilidad no debe perpetuar el complejo de sometimiento frente a Marruecos, problema de hoy, pero mañana podrá ser ante otro país concerniente, o el propio, debido a una tara política interna arrastrada desde el siglo XIX
Significar, que el mapa geopolítico y los miedos continuistas heredados del siglo XX, en el presente difícilmente perderán vigencia.
El siglo XXII presentará un orden global completamente distinto, con nuevos ejes tecnológicos, demográficos y climáticos donde la antigua dialéctica colonial quedará obsoleta. Superar el temor escénico exige entender que la historia no es estática. Europa nuevamente divida en la última reunión de Bruselas con el problema de Ceuta sobre las mesas. Un bloque solidario e institucional frente a otro de línea dura con fuerte cruce de acusaciones acorde con intereses y un telón de Miedo Escénico que sube y baja……..
Corregir nuestro rumbo exterior y también el interno, requiere abandonar sumisiones, y construir relaciones bilaterales desde el pragmatismo, a la dignidad soberana, junto a la estricta firmeza estratégica, o incluso hasta llegando al propio desinterés mostrado por nuestros gobernantes, Es decir, lo que venimos repitiendo en demasiadas ocasiones: “REGENERACIÓN POLÍTICA”, que sirve para despojarse de taras aún no olvidadas de últimos Gobiernos.