«Gente de bien y de orden». La mala sombra de la vieja cantinela franquista

Hay expresiones en la política que huelen como un cubo de sardinas olvidado al sol en pleno mes de agosto. De vez en cuando, a la derecha y a la ultraderecha les entra un arrebato de nostalgia y vuelven a sacar a pasear el cuento de la «gente de bien» y las «personas de orden». Lo hacen con esa cara de no haber roto un plato, pretendiendo dar lecciones de bonhomía y moralidad, como si ellos fuesen los únicos que van a misa los domingos y pagan el pan al contado, mientras el resto de los mortales somos una panda de descastados, pendencieros y enemigos de la patria.

Pero claro, como decimos en Galicia, «patria» de Alberto Núñez Feijóo, para saber de qué pie cojea cada uno, solo hace falta hurgar un poco. Y en cuanto rascas un milímetro esa pátina de gomina, chaqueta de casimir y pulserita de bandera, lo que aparece debajo del traje tiene de todo menos trazas de orden o de bien. Cuando voy a Misa y veo ponerse en la cola de la Comunión a los que explotan a sus empleados, o a los que pontifican sobre la «familia tradicional» mientras frecuentan lupanares, la hipocresía resulta ensordecedora. Dicen ser «gente de orden», pero de bien no tienen nada, su única pátria empieza y termina en la cartera.

El invento ya viene de viejo, que aquí nadie ha descubierto la pólvora. Aunque la cosa empezó en el siglo XIX para que los señores de corbata no tuviesen que mezclarse con los del mono de trabajo, fue con el franquismo cuando la frase se volvió norma de obligado cumplimiento. Por aquel entonces, «gente de orden» era el que asentía a todo, el que denunciaba al vecino por hablar de más y el que aplaudía al dictador aunque no hubiese qué comer. Los demás, los trabajadores que pedían un jornal digno, los maestros que enseñaban en libertad, las mujeres que exigían sus derechos y se negaban a depender de la tutela del marido, los jóvenes de clase trabajadora que veían el acceso a la universidad como un privilegio inalcanzable reservado para unos pocos o cualquiera con dos dedos de frente, éramos, para el régimen, poco menos que elementos perturbadores y de mala ralea.

¡Manda truco! ¿Desde cuándo es «gente de orden» la que secuestra las instituciones como si fuesen su cortijo? ¿Es «gente de bien» quien se llena los bolsillos mientras defrauda al fisco, tributa en el extranjero o esconde su fortuna en paraísos fiscales? ¿O el que ampara las falcatruas de los suyos bajo el argumento de que «son de la familia»? Hay que tener una audacia cínica y muy poca vergüenza para pretender dar lecciones de moralidad, mientras degradan el debate público con un circo de insultos, bulos y patadas al aire.

Para este patriotismo de solapa y balcón, España es un club privado donde solo ellos tienen derecho de admisión. Se hartan de llenar mítines hablando del «pueblo» y de las «familias que no llegan a fin de mes», pero cuando hay que apretar el botón en el Congreso, les da el retortijón de costumbre: votan en contra de la subida del SMI, de proteger las pensiones, de la ley de vivienda, de la gratuidad del transporte público y hasta de los ingresos mínimos para los más vulnerables. Eso sí, luego miran a cámara con gravedad impostada y la culpa de todos sus males, faltaría más, es de Pedro Sánchez.

Miren, la verdadera gente de bien de este país no anda dando pregones por ahí ni necesita colgarse medallas de moralidad superior. La gente de bien es la que se levanta a las seis de la mañana para subir la persiana, la que paga sus impuestos sin andar buscando atajos en paraísos fiscales, la que cuida de sus mayores y la que sabe convivir en paz con los vecinos, piensen como piensen.

Quienes hoy vuelven a sacar a relucir el sanbenito de la «gente de bien» para sembrar discordia y tapar sus propias vergüenzas, no están defendiendo ningún orden: solo están usando un eufemismo rancio para disimular que les faltan argumentos, ética y, sobre todo, un mínimo de decencia pública. Que para predicar, primero hay que dar trigo.

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