El rosa no puede ser un negocio disfrazado de solidaridad

@jsuarez02111977

Hay cosas con las que no se juega.

El cáncer es una de ellas.

Puedes organizar una carrera, cobrar una inscripción, buscar patrocinadores y ganar dinero. Todo eso es legítimo.

Pero si para llenar las calles utilizas palabras como cáncer, investigación, solidaridad y ayuda, entonces las cuentas tienen que estar encima de la mesa.

Todas.

Porque la pregunta es muy sencilla:

¿Cuánto dinero pone una participante y cuánto acaba realmente en manos de las asociaciones?

Quiero saberlo en euros. No en discursos.

Un stand puede tener un coste. Un dorsal regalado también. Lo mismo que una camiseta, un espacio cedido o cualquier otra colaboración. Todo puede ser útil y tener valor.

Pero no es dinero entregado a una asociación.

Por eso, si bajo el concepto de “aportaciones solidarias” se incluyen dinero, dorsales, stands, merchandising y otros servicios, hay que desglosarlo.

Dinero entregado: tanto.

Aportaciones en especie: tanto.

Y se acabó el misterio.

La propia organización explica que la Carrera de la Mujer no es una ONG. Es un evento organizado por una empresa.

Perfecto.

Entonces tratémoslo como lo que es: una actividad empresarial que incorpora causas sociales a su propuesta y a su imagen.

Y precisamente por eso la transparencia debe ser absoluta.

Durante años se ha construido alrededor de esta carrera una imagen potentísima: una marea rosa corriendo contra el cáncer.

Una mujer ve miles de camisetas rosas, escucha hablar de cáncer, investigación y solidaridad, paga su dorsal y puede pensar algo bastante lógico: con mi dinero estoy ayudando.

Pues díganle cuánto.

No aproximadamente. No dentro de una cifra global que mezcla conceptos diferentes.

Cuánto de sus 13,95 euros.

Porque en A Coruña la inscripción ordinaria costó 13,95 euros, pasando a 14,95 durante la última semana.

Además existía un dorsal solidario de 20,95 euros cuya donación se anunciaba expresamente como íntegra para ACADAR.

Eso sí es claridad:

20,95 euros. Donación íntegra. ACADAR.

Pues exactamente lo mismo con el resto.

Número de participantes.

Ingresos por inscripciones.

Coste de organización.

Dinero entregado directamente a asociaciones.

Cantidad recibida por cada entidad.

Aportaciones en especie y cómo se han valorado.

No debería ser tan complicado.

Y no estoy diciendo que nadie robe. No tengo pruebas para decirlo y sería irresponsable hacerlo.

Estoy diciendo algo mucho más elemental: cuando utilizas una enfermedad para movilizar emocionalmente a miles de personas, tienes la obligación moral de ser cristalino con el dinero.

Porque el cáncer no es un color corporativo.

No es una camiseta.

No es un reclamo.

Detrás hay mujeres que han perdido un pecho. Familias esperando resultados en un pasillo. Quimioterapia. Miedo. Investigación que necesita financiación.

Y muertos.

Por eso me toca especialmente los cojones que alrededor de algo tan serio pueda existir la más mínima duda sobre dónde termina el dinero.

La respuesta debería poder publicarse al día siguiente:

A Coruña: X participantes. X euros ingresados. X euros de gastos. X euros entregados directamente. Estas asociaciones recibieron estas cantidades.

Fin.

Después, que cada cual saque sus conclusiones.

Una empresa tiene derecho a ganar dinero.

Lo que no debería ocurrir es que pueda existir confusión entre comprar un dorsal y hacer una donación.

Si son cosas diferentes, hay que decirlo con letras enormes:

ESTO ES UNA INSCRIPCIÓN A UNA CARRERA.

Y ESTA ES LA CANTIDAD EXACTA QUE SE DESTINA A FINES SOCIALES.

No hace falta ser economista.

Hace falta ser claro.

Y en A Coruña esta discusión tampoco nació ayer. Hace más de una década ya hubo polémica sobre cuánto dinero se destinaba realmente a fines benéficos.

Once años después seguimos haciendo preguntas parecidas.

Eso, como mínimo, demuestra que hay algo que no se está explicando con suficiente claridad.

La Carrera de la Mujer puede fomentar el deporte femenino, llenar Coruña de mujeres corriendo, generar empleo, conseguir patrocinadores, obtener beneficios y hacer al mismo tiempo una magnífica labor social.

No son cosas incompatibles.

Pero precisamente por eso hay que enseñar las cuentas.

Sin complejos.

Hasta el último céntimo.

Porque la solidaridad soporta perfectamente la transparencia.

Lo que no soporta tan bien es la ambigüedad.

No quiero otro eslogan.

No quiero otra fotografía de una marea de camisetas rosas.

Quiero saber cuánto dinero llegó a las asociaciones.

Una puta cifra clara.

Porque si utilizas el cáncer para llenar una salida, cuando cruces la meta tienes una obligación elemental:

decir dónde coño acabó el dinero.

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