El discurso del presidente Trump en la ONU. Por James Nava

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El discurso que pronunció el presidente Trump en la asamblea de las Naciones Unidas hace dos semanas ha sido uno de los mejores y más valientes, y ya lleva unos cuantos en su haber. No es extraño que haya recibido numerosos elogios. Fue una declaración de principios en toda regla en torno a su agenda America First, sin disculpas ni arrepentimientos. Fue el discurso del líder más fuerte y determinante en las últimas décadas no sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo. Su expediente de resultados positivos está ahí para confirmarlo.  

Como es habitual, la mayoría de medios corporativos y la prensa anti Trump no le han dado la cobertura ni el mérito que realmente tiene. A estas alturas eso poco importa ya, porque la mayoría de los ciudadanos nos informamos a través de otras fuentes más solventes en las redes sociales y en medios alternativos mucho más objetivos y plurales. Ahí les duele a los medios manipuladores, cuya influencia está por los suelos debido a sus contantes mentiras sobre Trump y su presidencia.

El discurso del presidente Trump fue directo al grano de los asuntos importantes que preocupan a los ciudadanos, sin molestarse en ser políticamente correcto y con verdades como puños por delante. Durante su intervención denunció a la propia ONU en su sede en Nueva York por ignorar la persecución de cristianos en todo el mundo mientras se obsesiona con EE. UU; exigió que todos los miembros de la ICC renuncien de inmediato a ese tribunal antiamericano; llamó a la Cuba comunista un estado fallido que caerá; declaró que no hay derecho humano a la inmigración ilegal, sólo el derecho a permanecer como nación soberana; arremetió contra los globalistas de la UNESCO por impulsar la emigración masiva que destruye las culturas occidentales; afirmó que no hay un gobierno global y que no habrá impuestos globales mientras él sea presidente; se enorgulleció de que EE. UU haya recortado el presupuesto de la ONU un 15% y eliminado más de 4.000 empleos burocráticos; aseguró tener la frontera más segura en la historia de EE. UU con cero inmigrantes ilegales admitidos; declaró que EE. UU está de regreso más fuerte que nunca y en una edad de oro después de la era oscura de Joe Biden; silenció a los líderes globalistas fallidos al afirmar que  mientras otros hablaban de paz, él consiguió una paz real; juró que Irán nunca obtendrá un arma nuclear y que el régimen terrorista iraní está acabado; adelantó una enorme decisión postelectoral: hacer un trato con Irán o aniquilar a la República Islámica; expuso a Irán como débil y desesperado y predijo el fin del terror iraní; atacó a los cobardes y traidores que filtran afirmaciones falsas de «municiones bajas» en medio del conflicto iraní; celebró la victoria por capturar a Nicolas Maduro y firmar el acuerdo petrolero más grande de la historia con Venezuela; estableció la Doctrina Donroe con claridad: ninguna amenaza para EE. UU obtendrá un punto de apoyo en el Hemisferio Occidental; no se disculpó por aplastar a los cárteles de  las drogas, a los que calificó como el ISIS del hemisferio; aseguró derechos permanentes de seguridad en Groenlandia que cierran la puerta a la presencia de China, Rusia e inversiones de adversarios; renombró la Inteligencia Artificial como Superinteligencia y juró que EE. UU se mantiene como número uno sobre China en este campo decisivo; cerró su discurso con un llamamiento a fortalecer la soberanía de las naciones y el crecimiento de las economías. 

Por todo ello, millones de ciudadanos votamos y apoyamos al presidente Trump. Los medios y la prensa pueden seguir con su campaña de odio y mentiras y hacer ver como que EE. UU va al desastre. La realidad es muy distinta. La realidad es que el presidente Trump ha salvado los EE. UU y ha puesto al país en el camino correcto. 

Fue un discurso contundente que ha recuperado la fuerza y el liderazgo estadounidense en el escenario global. Trump utilizó un tono combativo y pragmático con un enfoque revelador basado en la premisa de «mientras otros hablan, yo actúo», y aplaudió el recuperado poder militar estadounidense como la principal herramienta diplomática y de presión. Hizo un balance positivo de este año y medio de su segundo mandato, valorando en especial el haber ordenado operaciones como la captura de Nicolás Maduro en Venezuela o los ataques de precisión de la Operación Martillo de Medianoche contra el programa nuclear de Irán. Precisamente la gestión del conflicto de Irán ocupó una de las partes importantes del discurso y exhibió fortaleza frente al impacto de la guerra en los precios del combustible, argumentando que aislar económicamente a Irán es la única vía para lograr la paz a largo plazo. La misma firmeza demostró respecto al hemisferio occidental y se felicitó con razón por haber catalogado a los carteles del narcotráfico como «organizaciones terroristas extranjeras» y defendió el uso de la fuerza militar en el Caribe y Sudamérica para proteger las fronteras estadounidenses. El acuerdo petrolero firmado con Venezuela y con Groenlandia han sido, sin duda, dos de los triunfos estratégicos que beneficiarán directamente la economía de EE. UU y su seguridad nacional. 

El presidente Trump fue muy firme en rechazar explícitamente los «esquemas globalistas» de regulación y se posicionó claramente en contra de someter la inteligencia artificial o «Superinteligencia» a controles internacionales, respaldando la premisa de que EE. UU. debe competir para ganar esa carrera tecnológica frente a China sin ataduras burocráticas. También se mostró contundente con las críticas «hipócritas» del Consejo de Derechos Humanos de la ONU y el Tribunal Penal Internacional.

El discurso del presidente Trump dibujó una imagen real del mundo en la que contrasta la prosperidad interna de Estados Unidos (demostrable mediante los numerosos datos sobre el incremento del empleo; los récords bursátiles; la producción de energía y la drástica reducción del crimen en EE. UU, entre otros) frente a la burocracia que paraliza otros países y la deriva socialista que los está llevando por un camino de pobreza, inmigración descontrolada e inseguridad. 

Trump demostró y probó ante una ONU estupefacta que su política de America First está funcionando y obligando al mundo a respetar de nuevo el poder estadounidense.

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