Hay libros que se escriben con muchísimo esfuerzo, horas de insomnio, inspiración divina y, por supuesto, litros de café o de tinta. Pero después están esos otros volúmenes, los de la inmensa minoría tabernaria, que se redactan a base de litros de líquido elemento, de ese que lleva su buen grado alcohólico y hace que la caligrafía, sobre la tercera ronda, decida empezar a hacer curvas muy peligrosas.
Si hiciésemos caso a la viñeta de Sir Cámara, titulada con esa retranca de «Las cosas como son», veríamos que nuestra bibliografía particular estaría llena de ejemplares cuyas páginas no huelen precisamente a celulosa nueva, sino a buen vino tinto del Ribeiro y a un buen trozo de empanada de xoubas.
Porque parece que hay quien piensa que la literatura universal se gesta únicamente en las grandes y silenciosas bibliotecas, cuando la verdadera alta teología y la filosofía de barra de bar se paren hoy entre vaso y vaso. Y es ahí donde el panorama se corona, los todólogos del espiche del momento en redes sociales se han convertido en los nuevos escritores universales de la barbaridad.
Personajes cuyo único y supremo destino es aterrizar directamente en la pantalla y en la mente de quien, entre caña y caña, o taza y taza de tinto Ribeiro, mira el móvil con un ojo medio cerrado por si recibe alguna noticia interesante, topándose en su lugar con el cuñadismo 2.0 y el dogma de barra fija.
En fin, que conste en acta. Antes se escribía la historia de la Humanidad con pluma y pergamino; hoy se vomitan verdades absolutas en 280 caracteres con una copa de más, demostrando que la cultura líquida y el algoritmo de las redes hacen una combinación explosiva que, a la mañana siguiente, solo se cura con ibuprofeno y borrón y cuenta nueva.