Los libros no dan para calmar la tos de los todólogos del espiche digital

Faltaba el toque literario de Isabel Díaz Ayuso, para ello publicará un libro con sus momentos estelares. Un relato autobiográfico donde, con un poco de suerte, explicará detalles tan entrañables como el misterio de su ático, el drama de los mayores en las residencias, los contratos a familiares o las lucrativas ocurrencias de su bienamado novio comisionista.

Hay libros que se escriben con muchísimo esfuerzo, horas de insomnio, inspiración divina y, por supuesto, litros de café o de tinta. Pero después están esos otros volúmenes, los de la inmensa minoría tabernaria, que se redactan a base de litros de líquido elemento, de ese que lleva su buen grado alcohólico y hace que la caligrafía, sobre la tercera ronda, decida empezar a hacer curvas muy peligrosas. Son escritos por los llamados «negros» aunque el supuesto el «autor intenectual» sea blanquito como el aguardiente gallego.

Si hiciésemos caso a la viñeta de Sir Cámara, titulada con esa retranca de «Las cosas como son», veríamos que nuestra bibliografía particular estaría llena de ejemplares cuyas páginas no huelen precisamente a celulosa nueva, sino a buen vino tinto del Ribeiro y a un buen trozo de empanada de xoubas.

Porque parece que hay quien piensa que la literatura universal se gesta únicamente en las grandes y silenciosas bibliotecas, cuando la verdadera alta teología y la filosofía de barra de bar se paren hoy entre vaso y vaso. Y es ahí donde el panorama se corona, los todólogos del espiche del momento en redes sociales se han convertido en los nuevos escritores universales de la barbaridad.

Personajes cuyo único y supremo destino es aterrizar directamente en la pantalla y en la mente de quien, entre caña y caña, o taza y taza de tinto Ribeiro, mira el móvil con un ojo medio cerrado por si recibe alguna noticia interesante, topándose en su lugar con el cuñadismo 2.0 y el dogma de barra fija.

En fin, que conste en acta. Antes se escribía la historia de la Humanidad con pluma y pergamino; hoy se vomitan verdades absolutas en 280 caracteres con una copa de más, demostrando que la cultura líquida y el algoritmo de las redes hacen una combinación explosiva que, a la mañana siguiente, solo se cura con ibuprofeno y borrón y cuenta nueva.

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