Siempre una torre de libros en mi cabeza, y consecuentemente el tiempo no pasa sobre eso. A menudo son relecturas que hace años se iban construyendo sobre mi mesilla de noche, y ahora las conservo en mi interior. Cuando la torre alcanzaba una considerable altura con arquitectura desigual por el tamaño de los volúmenes y amenazaba con derrumbarse, era el momento de deshacer la construcción a la que pronto sucedería otra mole que repetiría títulos o reemplazaría a autores, autores que leía según el transcurrir de la noche. Me acuerdo de la última vez que miré esos tomos apilados, y cuando los observaba pensé en los temas y personajes que contenían, y que sabía que con sólo abrirlos volverían a tomar vida en mi mundo particular. En cualquiera de ellos descubriría líneas marcadas, páginas con esquinas dobladas y frases subrayadas que en algunos casos motivaron en un momento de su lectura alguna sensación, emoción o afinidad, pero que al volver a leerlos se convertirían en frases memorables como para concentrar mi atención. ¿Apuntaban mis sensibilidades en aquel momento hacia otros objetivos que la frases anotadas corroboraban? La tipografía era un método para transportar el misterioso transcurso de la historia, de la literatura, en fin, de la vida : por ejemplo, si pegabas a tu oreja un volumen de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, oías el murmullo de los campos de batalla descritos. También había y hay narrativas totalmente olvidadas, aunque las recordemos cuando volvemos a abrir sus páginas, y es cuando cambia totalmente nuestra consideración sobre los personajes, cómo cuenta la trama el autor, o por el contrario nos fascina aún más y encontramos matices antes no advertidos.