
En abril de 2026, Palantir Technologies publicó en LinkedIn The Technological Republic, in brief, una síntesis en 22 puntos del libro The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West, escrito por Alexander C. Karp y Nicholas W. Zamiska. Karp es una de las figuras centrales de Palantir, empresa estadounidense vinculada al tratamiento de datos, la inteligencia artificial, la seguridad y la defensa. La compañía fue cofundada por Peter Thiel, también cofundador de PayPal, un nombre clave del universo tecnológico y financiero de Silicon Valley. Puede que esta publicación haya pasado desapercibida para muchos. Pero no debería. Porque no estamos solo ante un libro o un manifiesto empresarial. Estamos ante una visión estructurada sobre tecnología, Estado, guerra, inteligencia artificial, poder y futuro.
Lo más inquietante no es únicamente la defensa de un acercamiento entre Silicon Valley y el Estado estadounidense, ni la afirmación de que el poder duro de este siglo se construirá sobre software. Lo que verdaderamente debe interpelarnos es la visión humana que parece emerger detrás de este pensamiento. La guerra aparece casi como un horizonte esperado. La inteligencia artificial surge como una nueva arquitectura de disuasión. El servicio nacional se presenta como un deber universal. La lucha contra el crimen violento se plantea como un ámbito en el que Silicon Valley debe intervenir. Y la vida pública se describe como un espacio en el que debería concederse mayor benevolencia a sus protagonistas, sin que quede claro dónde termina el perdón y empieza la impunidad. Cuando empresas privadas, alimentadas por fortunas inmensas, datos, influencia y capacidad tecnológica, comienzan a hablar como si pudieran rediseñar el orden público, todos deberíamos estar atentos. Porque el éxito económico no confiere superioridad moral. La inteligencia técnica no sustituye la prudencia. Y la capacidad de construir herramientas poderosas no otorga, por sí sola, el derecho a gobernar el futuro.
Por eso, la cuestión decisiva no es solo qué permite hacer la tecnología, sino qué tipo de humanidad queremos preservar mientras la utilizamos. No somos espectadores de un futuro inevitable. Cada persona, a su escala, participa en la construcción del mundo común. La pasividad también construye futuro, pero lo entrega a otros. Cuando aceptamos que el bien común sea sustituido por la eficiencia, que la política sea sustituida por la infraestructura, que la ética sea sustituida por la conveniencia y que la paz sea pensada desde la próxima guerra, ya hemos empezado a perder más de lo que imaginamos. El futuro no pertenece a quien tiene más datos, más capital o más algoritmos. Pertenece a quien todavía tiene el coraje de preguntar al poder: ¿al servicio de quién estás?