@jsuarez02111977
Mírame bien, Pablo. Que sé que lo haces. A ti no te hace falta que te expliquen cómo funciona esto, porque naciste en el barro y sigues sabiendo lo que cuesta quitárselo de las botas. Y no hablo de ese barro épico de Champions con flashes y tipos vendiendo su alma a Adidas. Hablo del barro de verdad, del que se pega en campos perdidos de Tercera, donde los chavales corren detrás de una pelota como si les fuera la vida. Ahí empezaste tú, en el Orillamar, en el Deportivo, en el Imperátor OAR, y te curtiste como se curten los hombres de fútbol: tragando derrotas, oliendo a sudor rancio en vestuarios que tienen más humedad que el puerto de A Coruña.
Pero para mí, Pablo, la película empieza antes. En aquellas pistas de los Salesianos, en ese pabellón que olía a caucho gastado y sueños por cumplir. Allí jugábamos como si la vida empezase y terminase en esas porterías de hierro, con redes rotas y balones más viejos que nosotros. Y ya entonces, cuando te ponías a jugar, estaba claro que el fútbol era tuyo, que estaba hecho para ti. Porque no solo tenías talento —que lo tenías, y mucho—, sino que transmitías algo más. Esa tranquilidad, ese saber estar que solo tienen los que entienden el juego de verdad. Jugar contigo era un lujo. Contra ti, un tormento.
Los que tuvimos la suerte de compartir equipo contigo lo sabíamos: no eras uno más. Éramos unos niños, en ese colegio, en esas canchas de fútbol, pero lo suficientemente listos para entender quién era el mejor. Y, sí, eras tú, Pablo. No hacía falta votación ni discusión. Y lo más bonito es que no lo sabías, o si lo sabías, lo disimulabas bien. Porque esa humildad tuya no era falsa; era auténtica. Como el fútbol que siempre has llevado dentro.
Y luego vinieron los años duros, los campos de barro en Segunda B y Tercera División. Imperátor OAR, Pontevedra, Celta B, Ourense, Oviedo… Una lista que suena a madrugones, autobuses eternos y partidos donde la épica no la pone la tele, sino el alma. Tú estabas ahí, dejando el sudor, el alma y algún que otro gol. Pero lo importante no era el marcador, sino el camino que empezabas a construir.
Cuando colgaste las botas, cualquiera habría entendido que ya habías dado todo por el fútbol. Pero tú no. Porque tú, Pablo, no entiendes la vida sin balón. Y el banquillo era el siguiente paso. El juvenil del As Pontes, el Deportivo, Clarence Seedorf llamando a tu puerta para que fueses su mano derecha. En A Coruña, primero, y luego en Camerún. Porque los grandes también saben reconocer a los buenos, aunque a veces no salgan en las portadas.
De vuelta a Galicia, el Racing de Ferrol y, después, el Ourense CF. Peleando siempre, en cualquier rincón. Y ahora, aquí estamos, viéndote en la Copa del Rey, metido en esa historia que los grandes clubes suelen escribir con ventaja, pero que tú y tus equipos arrancáis a golpe de fútbol y coraje.
Por eso, tus amigos no podemos estar más orgullosos. Porque sigues escribiendo tu historia, y de qué manera. Mira la Copa del Rey, Pablo. Ahí estás, haciendo lo que siempre has hecho: liderar, competir, ganar. Y nosotros, los que te vimos crecer con un balón bajo el brazo, estamos aquí, brindando por ti, recordando que, cuando éramos críos, ya teníamos claro que ibas a llegar lejos.
Así que aquí seguimos, Pablo. Tú en el banquillo, mirando el campo, como el capitán mira el horizonte. Y nosotros, agradeciendo que existan tipos como tú. Porque el fútbol, el de verdad, el que huele a césped mojado y noches de lucha, lo juegan los que saben estar en la sombra. Como tú, coruñés. Como tú.