@jsuarez02111977
En A Coruña hay un templo de los de verdad, no esos con luces de neón y platos con nombres en francés que nadie sabe pronunciar. Se llama Bar Rogelio, y lleva desde 1979 sirviendo bocadillos como si la vida dependiera de ello. Y en realidad, depende. Porque el Rogelio no es solo un bar: es un puto refugio. Un sitio donde, si te metes entre pecho y espalda un “Caníbal 8”, puedes plantarle cara a la vida con más dignidad que un ministro en campaña.
Este no es un sitio para pijadas ni para postureo foodie. Aquí no te preguntan si el chorizo criollo es de cerdo ibérico criado a violín o si las patatas son fritas en aceite ecológico de Mongolia. Aquí el criollo viene bien churruscado, las patatas fritas son tan crujientes que les puedes dar palmas, y la salsa brava te pega un guantazo que te despierta las neuronas. ¿Vegano? Pues te jodes. Aunque, en un ejercicio casi cómico de inclusión, tienen un “Vegetariano”. Pero seamos sinceros: al Rogelio no se viene a comer verde. Se viene a pecar, y a pecar a lo grande.
Los orígenes del Rogelio son puro cine quinqui. En los años 80, cuando la mili era obligatoria y los chavales soñaban con escaquearse, este bar estaba frente al Cuartel de Atocha. Allí, los soldados venían a llenar el estómago antes de que la vida los sacara a patadas a correr por el patio. Cuando se acabó la mili, el Rogelio no lloró. Se movió a la calle San Roque y siguió haciendo lo suyo: bocadillos del tamaño de un zapato y del sabor de los que ya no se hacen.
El “Caníbal 8” es el rey, pero no está solo. Está el “Guerrillero”, con beicon, carne y tortilla; el “Rogelio”, que junta criollo, ternera y huevo frito; o el “Milanesa”, que lleva filete empanado y más acompañamientos de los que tu dieta podría soportar. Y es que, en un mundo de boles de quinoa y “conceptos gastronómicos”, el Rogelio se mantiene firme como una barricada de pan y colesterol.
Este sitio no necesita redes sociales ni campañas de marketing. Sobrevive porque es real, y eso hoy en día es casi revolucionario. Es el bar al que vas después de una noche que no quieres recordar o antes de un día que prefieres olvidar. Aquí, la única crítica que importa es la de tu estómago, y siempre sale con matrícula de honor.
Así que si algún día estás en A Coruña y te cansan los bares de postureo con nombres pretenciosos, vete al Rogelio. No preguntes. Pide un bocadillo, siéntate, y deja que la magia haga el resto. Y si no te gusta, ya sabes: al Rogelio le importa una mierda. Como debería importarnos a todos.