@jsuarez02111977
A ver si nos vamos enterando: la ciudad no es nuestra. Nunca lo fue. Creíamos que sí, que las farolas, los pasos de cebra y los parques infantiles habían domesticado la jungla. Pero no. Solo la habían dormido, como un depredador paciente que espera su momento. Y el otro día en Riazor, a la altura del colegio de las Esclavas, la naturaleza nos dejó un recordatorio en forma de jabalí chorreante, galopando por la arena con más determinación que el Deportivo en un playoff.
Ahí estaba el bicho, fresquísimo, con esa actitud de turista escandinavo que prueba el agua en abril y decide que tampoco está tan fría. Ni corto ni perezoso, se metió hasta la cintura, pegó cuatro brincos y salió de nuevo a la arena, ajeno al espectáculo que estaba dando. Porque para él no era un espectáculo, era lo normal. Los que sobraban éramos nosotros, un puñado de urbanitas con el teléfono en la mano, grabando como si el National Geographic dependiese de nuestra pericia con el TikTok.
Y claro, como somos, como somos, el debate no tardó en encenderse. Que si qué tierno, que si qué monada, que si esto es culpa del cambio climático, que si lo que hay que hacer es protegerlos. Protegerlos, dicen. Como si fueran los que están en peligro. Como si no fuesen ellos los que, en cuanto te descuidas, te dejan la finca peor que un after de Malasaña.
Pero lo peor no es que los jabalíes se estén metiendo en la ciudad. Lo peor es que ya no les extraña hacerlo. Este no es un jabalí despistado que ha tomado un desvío equivocado y ha acabado oliendo percebes en el Orzán. No. Este es un jabalí que sabe perfectamente dónde está. Que ha salido del monte de San Pedro con toda la calma, ha atravesado calles, avenidas y semáforos, y ha bajado a la playa como el que va a su chiringuito de confianza. Y lo ha hecho porque puede. Porque nadie lo frena. Porque en un mundo donde la gente se acojona más con una carta de Hacienda que con una manada de bichos de cien kilos corriendo de madrugada, el monte avanza sin oposición.
Primero fueron las gaviotas, que nos han tomado la medida hace años. Luego los zorros, que bajan al centro a revisar la basura como si fuesen críticos gastronómicos de Michelin. Y ahora los jabalíes. ¿Qué será lo siguiente? ¿Lobos en Cuatro Caminos? ¿Corzos merendando en la Marina? ¿Osos en la plaza de María Pita tomándose un gintonic? Nos estamos volviendo unos pusilánimes. Y los bichos lo saben.
El jabalí de Riazor no es una anécdota. Es un aviso. Y como sigamos así, el próximo paso no será un baño en la playa. Será un campamento en los Cantones. Y entonces nos reiremos menos.