La política lucense vuelve a ser escenario de un preocupante patrón de descalificaciones, con el presidente de la Diputación, José Tomé, en el centro de la polémica. Si en el pasado sus palabras sobre el «aspecto de leopardo» de Elena Candia generaron un considerable revuelo, la historia parece repetirse ahora con dos concejalas del Partido Popular en la Corporación Municipal de Lugo, a quienes ha tildado de «personas de segundo nivel político«.
Este tipo de comentarios, que parecen dirigirse de forma recurrente hacia mujeres en el ámbito político, encienden de nuevo las alarmas sobre una actitud de menosprecio que ignora los principios educacionales y democráticos más básicos, como también los ignora el alcalde Miguel Fernández, poniéndose de perfil y no defendiendo a dos concejalas de la Corporación Municipal que preside.
La actitud del presidente de la Diputación en el Pleno es, como se puede ver en el vídeo, cuanto menos, desconcertante. Sus justificaciones se asemejan a los extravagantes monólogos de Antonio Ozores, mientras olvida caprichosamente que los fondos que subvencionaron la fiesta proceden de las arcas de la Diputación, es decir, dinero público que pertenece a todos los ciudadanos, sin distinción de su origen institucional.
«Por si acaso», cuando se trata de representar a la Diputación en romerías, fiestas del vino, de Asociaciones, deportivos y otros actos lúdicos, ¿también delega Tomé en políticos de ‘segundo nivel’?
Las concejalas aludidas, como cualquier otro representante municipal, fueron elegidas democráticamente en las urnas. Ostentan la misma legitimidad, nivel democrático y político que el propio alcalde de Monforte, una realidad que, al parecer, José Tomé decide pasar por alto de manera torticera. Esta descalificación pública no solo es una falta de respeto a la labor de estas ediles, sino que también cuestiona el valor de la representación ciudadana.
Un historial de confrontación y desprecio
Lamentablemente, esta no es la primera vez que se acusa a José Tomé de relegar o menospreciar a aquellos que no comulgan con sus planteamientos. El historial político de Tomé ya demostró esta tendencia con «hermanos» socialistas que osaron enfrentársele en las primarias lucenses. Aquellos que se atrevieron a desafiar su liderazgo o su visión dentro de su propio partido fueron, presuntamente, objeto de un trato discriminatorio.
Este patrón de comportamiento sugiere una preocupante reincidencia en la forma de operar, donde la crítica o la disidencia parecen ser respondidas con la descalificación personal, especialmente cuando provienen de figuras femeninas. En un momento en que la sociedad avanza hacia una mayor igualdad y respeto en todos los ámbitos, y particularmente en la política, estas actitudes resultan anacrónicas y perjudiciales.
El peligro de normalizar el menosprecio
La constante devolución de la figura de adversarios políticos, y más aún si son mujeres, no solo daña la imagen de los afectados, sino que empobrece el debate democrático. Cuando se recurre a la descalificación en lugar del argumento, se abre la puerta a la polarización y al desprestigio de la vida política en general. Es fundamental que los líderes políticos, sin importar su adscripción, actúen con la altura de miras que sus cargos exigen, promoviendo el respeto y el diálogo constructivo.
¿Es esta una estrategia deliberada para silenciar la oposición o un reflejo de una visión particular del poder? La ciudadanía de Lugo merece respuestas y, sobre todo, una política basada en el respeto mutuo y la valoración de todos sus representantes electos.