Parcelas, multas y sentido común. Por Jesús Suárez

@jsuarez02111977

Lo de San Juan en A Coruña ya no es una fiesta: es una excusa para la mugre, el descontrol y la estupidez colectiva. Cada año la misma historia. Miles de personas ocupando la playa como si fuesen conquistadores borrachos de sí mismos, y al día siguiente, la orilla parece el vertedero de Nostián pero con vistas al Atlántico.

Y este año, además del fuego y el orujo, lo que ardió fue el sentido común. Las palabras de Inés, la alcaldesa, fueron el catalizador de una tormenta política y mediática digna de país bananero. Porque aquí ya no se puede abrir la boca sin que salten hienas a la yugular, aunque lo que digas sea tan lógico como que es una vergüenza el estado en que queda Riazor cada 24 de junio.

Pero no, eso no se puede decir. Porque claro, criticar la basura es “clasista”, pedir civismo es “elitista”, y defender que la ciudad no parezca un estercolero es “ofensivo para el pueblo”. Ya me dirán qué tiene de popular dejar botellas rotas, latas, meadas y mierda —literal— en la arena donde mañana van a jugar los críos. Si eso es ser del pueblo, apaga y vámonos.

Y mientras se monta la enésima guerra tuitera con olor a napalm moral, la alcaldesa desliza una idea que, mira tú por dónde, no es tan mala: parcelar la playa. Sí, parcelar. Dividir Riazor y Orzán en zonas numeradas como si fuese un camping, que cada grupo pida su espacio con antelación. Que se registre, que dé su DNI, su nombre, su teléfono y acepte las condiciones de uso. Ni más ni menos que lo que hacemos al reservar una pista de pádel, una mesa en un restaurante o un asiento en el cine.

Y si al día siguiente la parcela está hecha un cristo, con residuos por doquier, restos de hoguera sin apagar, botellas tiradas o meados en la arena, pues multa al canto. No a lo loco, pero sí con un sistema serio: limpieza con inspección visual por parte de un equipo municipal, apoyado si hace falta por drones, cámaras fijas o patrullas a pie. En la era del big data y el 5G, no me digas que no se puede saber quién dejó la parcela como un estercolero.

¿Qué suena radical? Pues más radical es lo que tenemos ahora: una playa pública convertida en cloaca por una minoría impune. Porque no es la mayoría, ojo. Hay quien recoge, quien limpia, quien actúa con cabeza. Pero los que no lo hacen, lo hacen porque pueden. Porque nadie les señala, nadie les multa y nadie les hace responsables de su guarrada. Y eso tiene que acabar.

Además, parcelar no significa prohibir. Significa organizar. Como en los festivales de música, como en las zonas de acampada, como en los parques naturales. No se trata de quitarle alma a San Juan, sino de impedir que la arena parezca el after de una rave con síndrome de diógenes.

Se podrían establecer varias franjas horarias de acceso. Primeras parcelas para familias, luego grupos grandes, con tramos delimitados por barreras blandas, pasillos para los servicios de emergencias y limpieza. Se podría exigir una fianza reembolsable si dejas la zona limpia. Se podría integrar una app municipal para asignar y gestionar las parcelas. Y si alguien se salta el sistema, se sanciona. Como en cualquier espacio público civilizado.

¿Y los contenedores? Por el amor de Hércules. Lo que no puede ser es que tengamos 20.000 personas generando residuos y tres contenedores cada 300 metros. Hay que desplegar contenedores en batería cada pocos metros, adaptados, bien señalizados, vigilados, con personal informando y animando al uso responsable. Y un servicio de recogida ágil, constante, no una recogida simbólica al amanecer como si no supiéramos que la basura va a desbordarse a las tres de la mañana.

¿Queremos una ciudad que presume de calidad de vida, de turismo responsable, de orgullo local? Pues que se note. Y que los que la pisan solo para dejarla hecha una mierda, sepan que aquí no vale todo. Porque esto no es una guerra de clases, ni de partidos, ni de identidades. Es una guerra entre la responsabilidad y el salvajismo. Entre el que quiere disfrutar sin destrozar, y el que cree que lo público es sinónimo de “haz lo que te salga de las narices”.

Y si para ganar esa guerra hay que parcelar Riazor, controlar accesos, pedir DNIs y poner multas, pues se hace. Porque lo que no se controla, se pierde. Y San Juan no puede ser la fiesta que entierra el respeto por A Coruña. Tiene que volver a ser lo que fue: una celebración del fuego, del mar y de la ciudad. No un vertedero con fuegos artificiales.

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