El silencio de los moderados. Por Miguel Abreu

La erosión del centro político europeo. La democracia europea se construyó sobre cimientos firmes, la libertad, el pluralismo y un pacto social que equilibró derechos y deberes, economía y solidaridad, tradición y progreso. Durante décadas, partidos moderados, de varias corrientes ideológicas, asumieron ese papel de equilibrio. Fuera por la vía socialdemócrata, liberal o democristiana, eran esos partidos los que traducían las preocupaciones del ciudadano común en políticas públicas estables. Hoy, ese centro político parece fracturado. En muchos países, las fuerzas moderadas menguan, desorientadas, incapaces de renovar su lenguaje, de corregir sus errores, o de responder a las nuevas inquietudes. El espacio antes ocupado por el diálogo y por la prudencia va siendo sustituido por discursos de ira, sospecha y simplificación.

Escándalos, distancia y desilusión. El problema no está solo en las ideas, está, muchas veces, en el modus operandi. Casos de corrupción, tráfico de influencias, abusos de poder, ventajas ilícitas, relaciones promiscuas entre política, economía y grupos de presión, escándalos personales de naturaleza degradante, todo ello hiere de muerte la confianza del votante. Cuando los partidos moderados dejan de ser ejemplo, dejan también de ser alternativa. El ciudadano común, que trabaja, que paga impuestos, que solo quiere vivir en paz, asiste, día tras día, al triste espectáculo de una clase política que parece más empeñada en protegerse a sí misma que en resolver los problemas reales: vivienda, natalidad, envejecimiento, sanidad, trabajo digno, seguridad, educación. Tratar con «cosas» se ha vuelto más importante que cuidar de las personas. Y cuando la política se olvida de las personas, las personas se olvidan de la política.

La urgencia de una moderación con valentía. El vacío está siendo ocupado. En todos los rincones de Europa, fuerzas extremistas ganan terreno. No porque tengan mejores propuestas, sino porque saben captar la frustración de quienes ya no esperan nada de los partidos más moderados. Ahí reside el peligro, si los moderados continúan en silencio, si no se regeneran, si no escuchan, corrigen, actúan, dejarán de tener futuro. La moderación sin acción es igual a nada. La neutralidad y el silencio ante la injusticia es connivencia. Y la indiferencia ante el sufrimiento es traición al mandato recibido. La democracia necesita urgentemente líderes íntegros, de lenguaje claro, de proximidad auténtica. No para agradar a todos, sino para volver a representar a alguien. La democracia no muere con golpes de Estado, muere lentamente, con la apatía, con el cinismo, con la repetición de los mismos errores. Una democracia que desea estar viva exige más que buenas intenciones, exige valentía. Recordemos, el tiempo no espera a nadie.

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