Yo, árbol. Por Jesús Suárez

@jsuarez02111977

Me llamo roble. Me llamo pino. Me llamo eucalipto. Da igual cómo me llames, porque pronto dejaré de ser. Llevo horas muriéndome, y mientras el humo me ahoga, dejo de reconocerme. Mi corteza, mi piel, la que me protegió toda la vida, se desprende en pedazos negros, crujientes, como huesos que se parten. La savia que antes subía limpia y fría por mis venas ahora hierve, y su olor es el de un dulce podrido, el de algo que nunca debió quemarse.

El fuego no me mata de golpe. Es un verdugo paciente. Primero me rodea, me acaricia con un calor que parece abrazo, me obliga a sudar resinas que se vuelven lágrimas. Después, sin piedad, entra en mí hasta alcanzar mi corazón, donde guardaba mis anillos más jóvenes, mis días más recientes. He oído tantas veces a mis hermanos hablar de las llamas, pero ninguna palabra bastaba. Nadie sabe lo que es morir así hasta que las raíces te arden.

A mi alrededor, todos gritan sin voz. Las hojas —secas o verdes— revientan con chasquidos que suenan como cristales rotos bajo un pie. Los pájaros se han ido. Los insectos también. Solo queda este rugido de fuego, que no es un ruido, sino una lengua antigua, anterior a todo lo que respira. Es un idioma que no necesita permiso para instalarse en tu tronco y convencerte de que siempre estuvo aquí.

La tierra, mi madre, también sufre. Se abre en grietas y deja ver brasas rojas como ojos que me miran. Huele a pan quemado, pero es un pan que nunca comeré. La ceniza empieza a cubrirlo todo, y sé que pronto seré parte de ella. Polvo que el viento llevará a otro monte, a otro invierno, a un lugar donde ya nadie recuerde mi nombre.

No temo desaparecer. Lo que me mata de verdad es que me olviden. Que, cuando se apague el humo, vuelvan los hombres con sus palas y sus botas, y planten otro árbol en mi sitio sin saber quién fui. Sin imaginar que en mis ramas colgó cada primavera un nido de mirlos, que un niño, hace muchos años, talló sus iniciales en mi piel y me pidió que guardara el secreto.

El fuego no es solo calor. Es amnesia. Es arrancar páginas enteras de un libro que ya nunca se podrá leer. Cada crujido de mi madera es una palabra que desaparece. Cada rama que se desploma es un capítulo que se pierde para siempre.

Pero antes de que todo acabe, quiero dejar algo. No podrán arrebatarme el olor a bosque que fui, el sonido del viento en mis hojas, el verde con el que vestí cada amanecer. Tal vez, cuando todo esto sea solo un desierto de ceniza, alguien pase por aquí y respire hondo. Y, por un segundo, sin saber por qué, sienta un golpe en el pecho. Y sepa, sin que nadie se lo diga, que aquí hubo vida. Que aquí, un árbol, tuvo nombre.

Comparte éste artículo
No hay comentarios