Galicia, entre o sentidiño y el ruido

En Galicia siempre hemos tenido claro que los extremismos, sin importar de dónde vengan, no nos llevan a ninguna parte. El nacionalismo aquí nunca ha logrado ser mayoritario, no por falta de identidad, sino porque la mayoría de los gallegos preferimos el sentidiño al grito.

Aunque desde algunos sectores se insiste en presentar a Galicia como un pueblo oprimido, la realidad es que somos una sociedad plural y abierta. Sabemos defender nuestra lengua y nuestra cultura sin necesidad de levantar muros. El gallego es nuestro, sí, pero no contra nadie. Convertir la identidad en un arma arrojadiza solo divide y margina, y esa nunca ha sido la naturaleza de Galicia.

Tampoco nos seducen los radicalismos del otro extremo, esos que niegan el valor de lo propio con tal de confrontar. Aquí sabemos que el ruido político —ya sea de un nacionalismo excluyente o de un centralismo agresivo— no nos soluciona nada.

Los verdaderos problemas de Galicia están en otro lado: la emigración que sigue vaciando aldeas, la falta de oportunidades para la juventud, la vivienda, la educación, la necesidad de cuidar el mar y el mundo rural, de reforzar una sanidad que en demasiados lugares llega tarde. Ahí debería estar el debate, y no en discursos que buscan dividir más que construir.

Galicia siempre ha sido terra de acollida. Nuestra fortaleza radica en abrir los brazos, no en cerrarlos. Por eso, resulta tan chocante que algunos intenten importar a esta tierra la política del enfrentamiento, una estrategia que solo ha traído desgaste y división a otros territorios.

Lo que Galicia necesita no son más banderas ni discursos de superioridad, sino proyectos serios que miren hacia el futuro. Los gallegos solo queremos vivir en paz, con dignidad y oportunidades. Al final, ahí es donde se marca la diferencia: en esta tierra, sabemos que con sentidiño se llega mucho más lejos que con ruido.

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