Los nuevos «influencers» de la política, Sánchez, Feijóo, Abascal y Alfonso Rueda: maquillaje, ‘lifting’, fachada de guerrero y barbas de sacrificio

@gonzalogsoto

En el teatro de la política actual, parece que el manual de estilo ha dado un giro inesperado. Lejos de las corbatas impolutas y los trajes de sastre, la nueva tendencia entre los líderes es un ‘look’ de sufrimiento, una especie de «teatro del cansancio» para conectar con las masas. Y como en toda moda, hubo quien marcó el camino.

El primero en pisar este terreno de sombras y ojeras fue, como no, Pedro Sánchez. De repente, en sus apariciones, sus ojos parecían los de alguien que lleva días sin dormir, como si estuviera cargando sacos de 50 kilos en lugar de lidiar con mociones de confianza. Pero no crean que es fruto del ajetreo, es la magia del maquillaje profesional, un truco de ilusionismo para que parezca un currante de sol a sol.

Por su parte, el señor Núñez Feijóo, en un intento de parecer más fresco y dinámico, opta por el camino contrario. En lugar de fatigarse, se ha hecho un ‘lifting’ exprés para borrar las arrugas de la edad y le tiñen el pelo para no parecer ni un chaval ni un abuelo. Una especie de Dorian Gray de la política, buscando la eterna juventud para seguir en la pomada.

Pero la gran estrella del verano es Alfonso Rueda. Con Galicia ardiendo, el presidente se ha convertido en el rey de la pasarela de la fatiga. Cada día estrena un chaleco amarillo fosforescente, porque el anterior, seamos sinceros, seguro que ya se le había desteñido de tanto «trabajo». Y el gran toque de distinción: la barba de sacrificio. Sí, esa barba incipiente que te susurra: «No he tenido tiempo ni de afeitarme, mi dedicación al pueblo me consume». Una estrategia genial, avalada por sus consejeros, que buscan una imagen de mártir entregado a la causa de los incendios.

Y en el caso de Santiago Abascal, líder de Vox, su pose parece sacada de un guion de Hollywood. Fiel a un estilo que mezcla lo militar y lo rural, Abascal se ha convertido en un personaje que exhibe una fachada de guerrero con un vestuario que evoca el campo de batalla.

Su gusto por el caqui recuerdan a un uniforme militar, sumado a sus poses firmes y gestos contundentes, le otorgan un aire de «general» en el combate político. La ironía, sin embargo, reside en que su historial no incluye el servicio militar, o servicio a la patria, lo que hace que su «aire marcial» sea una cuidadosa construcción estética, más propia de un actor de reparto en una película de Sylvester Stallone, que de un líder político.

De esta forma, los políticos han dejado de ser representantes públicos para convertirse en actores con su propio set de maquillaje. Parecen creer que a los ciudadanos, que somos los que pagamos su sueldo, nos importa más su físico que sus políticas.

La anécdota del día la protagonizó una paisana de un pueblo de la Costa da Morte que, al ver a Rueda en la televisión, suspiró: «Pobriño, moito traballa, que non ten tempo nin para asearse». Y en ese instante, el ‘teatro de la barba’ cobró todo el sentido. El ‘show’ debe continuar. Creía que el Congreso era un foro político y observo con cierta tristeza que, es una verdulería con menos credibilidad que un maletín de maquillaje.

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