Casa Ramón, el laboratorio más joven

@jsuarez02111977

Había que entrar allí. Era casi un rito. Casa Ramón no era un bar, ni una taberna, ni una chupitería cualquiera. Era todo eso a la vez y, al mismo tiempo, otra cosa imposible de clasificar: un Mediamarkt de brebajes mezclado con la guarida de un alquimista pirado. Entrabas por esa puerta de Oliva, tres pasos y ya estabas dentro de un universo paralelo. La barra, a la izquierda, servía como frontera entre lo real y lo que iba a pasar después. Y lo que pasaba era siempre lo mismo: la locura.

Delante de ti, las botellas de colores alineadas como tubos de ensayo en un laboratorio clandestino. Aquello no eran licores: eran fórmulas mágicas, venenos dulces, dinamita embotellada. Bastaba con mirar la carta, esa lista interminable de nombres absurdos y provocadores, para entender que allí uno no iba a beber, iba a poner a prueba su dignidad.

Yo todavía me acuerdo del RTVG: ron, tequila, vodka y ginebra, todo en el mismo vaso. Un atentado contra el hígado y la memoria, pero con un nombre que sonaba a broma local, como si beberlo fuese una declaración de principios. El juego era ese: “a ver quién había sido capaz de bebérsela entera”, como si la carta infinita fuese una liga de campeones alcohólica en la que solo sobrevivían los más inconscientes.

Lo mejor de Casa Ramón no era solo lo que bebías, sino cómo lo bebías y con quién. Aquello era barato, estaba a dos pasos de la Plaza del Humor y servía de calentamiento antes de lanzarse al Orzán. Todos parábamos allí, porque todos sabíamos que una noche que no empezaba en Casa Ramón era una noche a medio gas.

Y sí, con el tiempo cerró. La barra desapareció, el alquimista guardó sus botellas y el local se disfrazó de restaurante fino, con manteles y platos con nombres que no entiendes. Pero para los que estuvimos allí, Casa Ramón sigue vivo: cada vez que recordamos esa carta interminable, cada vez que alguien se atreve a nombrar un chupito imposible, cada vez que miramos a otro y le decimos:
—¿Te acuerdas del RTVG?

Sí, me acuerdo. Y lo peor es que aún noto el quemazón.

Etiquetas
Comparte éste artículo
No hay comentarios