Ni silencio, ni pulseras: Vidas

Me hierve la sangre.

Cada vez que asesinan a una mujer asistimos al mismo ritual.

Autoridades que acuden puntuales al minuto de silencio, rostros serios, manos entrelazadas, silencio sepulcral.

Flash Foto ……       Fin

Y mientras tanto, vidas que se escapan entre gestos que no protegen.

La verdad es dura y simple. No necesitamos más ceremonias. Necesitamos protección real. Porque las mujeres denuncian… y mueren. Piden ayuda… y mueren. Suplican… y mueren. Y el Estado, que debería ser escudo, se esconde tras símbolos huecos.

Las pulseras de alejamiento son la cara más cruel y amarga de este abandono institucional. Se anuncian como garantía de seguridad, pero muchas veces no son más que plástico y propaganda. Un espejismo tecnológico para tapar la falta de medios, la falta de voluntad y la falta de humanidad.

Se juega con la vida de mujeres aterradas como si fueran cifras en una estadística. Como si el dolor se pudiera maquillar con notas de prensa y minutos solemnes.

Estoy cansada de gestos que no salvan. Cansada de discursos que no protegen.

Cansada de que la violencia de género se trate como una campaña, una moda o un escaparate político.

Esto no va de lazos morados ni de minutos de silencio. Va de vidas.

Va de miedo.

Va de mujeres que cada día se levantan preguntándose si será el último.

Si una sola recibe una pulsera falsa como promesa de seguridad, eso ya debería ser motivo de escándalo. Pero lo es aún más cuando ni siquiera se reconoce el problema, como si mirar hacia otro lado lo hiciera desaparecer.

Y sin embargo no lo parece. Se acepta. Se normaliza. Y se sigue.

¿Hasta cuándo vamos a aceptar como normal lo inaceptable? Hoy quiero que estas palabras lleguen hasta ti con fuerza:

No te acomodes en la indiferencia. No normalices la mentira. No aplaudas los gestos vacíos. Exige verdad, exige hechos, exige protección, exige vida.

Porque cada mujer asesinada es un fracaso colectivo.

Y porque ninguna de nosotras debería morir esperando a que una pulsera funcione.

Cada pulsera que falla no es un error técnico, es una vida que se pone en riesgo entre todos.

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