Hoy presencié lo que, sin duda, puede catalogarse como fútbol en su estado más puro: un partido disputado por jugadores de cuatro y cinco años. Hacía mucho tiempo que no experimentaba un encuentro con tanto interés genuino. Fue una verdadera delicia ver a estos pequeños competir. Algunos apenas podían manejar el balón, pero el entusiasmo desbordante con el que afrontaban cada jugada era absolutamente contagioso. Lo de menos fue el resultado, ver evolucionar a los niños es el mejor resultado, no en goles, sino en pasión.
Quisiera destacar la actuación impecable de los entrenadores. Demostraron una virtud que pocas personas poseen: la paciencia y habilidad para dirigir a niños de tan corta edad, marcando los tiempos de cada jugador con criterio pedagógico.
Lamentablemente, como suele ser habitual, la nota discordante vino de la grada. En lugar de limitarse a estar callados, o a dar ánimos de forma constructiva, algunos padres persistían en dar instrucciones o intentar posicionar a sus hijos sobre el terreno de juego. Este es un grave error que debemos corregir. Una vez comenzado el partido, quienes tienen la responsabilidad de enseñar y corregir errores son, exclusivamente, los entrenadores.
Mi consejo a los padres es claro: a la grada se va a masticar chicle o a comer palomitas, disfrutando del espectáculo y observando a sus hijos. En el campo, estos pequeños a menudo se comportan con más seriedad que algún jugador profesional.
El partido nos dejó una anécdota memorable y muy formativa. Tras meter un gol, uno de los mini-jugadores se quitó la camiseta para celebrarlo. El árbitro, cuya labor fue excelente, no dudó un instante en enseñarle la tarjeta amarilla.
Este gesto, lejos de ser un castigo, es una forma magnífica de enseñar desde pequeños a conocer y respetar el reglamento. Demuestra que la seriedad y la aplicación de las normas son tan importantes en el fútbol base como en la élite.
En resumen, tanto jugadores, como entrenadores y árbitros merecen el máximo reconocimiento por su trabajo. Dirigir o competir a los cuatro o cinco años es una muestra de pasión y compromiso. Y para los padres, la lección es sencilla: respeto por el trabajo del entrenador y disfrute tranquilo desde la banda.