No es el agua la que invade. Somos nosotros quienes estamos en el lugar equivocado. Por Miguel Abreu

Durante décadas nos convencimos de que el progreso se mide en toneladas de hormigón, en el número de edificios construidos, en los kilómetros de carreteras y viales, en la cantidad de personas concentradas en una sola ciudad. Llamamos desarrollo a la ocupación de los cauces de inundación, al estrechamiento deliberado de ríos y arroyos para “ganar terreno”, a la reducción de los caudales naturales en nombre de la expansión urbana. Creímos que la técnica lo resolvería todo – que las presas controlarían el flujo del agua, que los periodos de sequía serían la nueva normalidad, que la naturaleza se dejaría transformar en una variable de cálculo. Fue una ilusión cómoda. Y profundamente irresponsable.

Durante siglos, y aún hoy en algunos territorios del globo, el Hombre aguardó las crecidas como quien espera una bendición. Sabía que el agua renovaba los suelos, aportaba nutrientes, devolvía vigor a la tierra y garantizaba cosechas más abundantes. No era atraso, era sabiduría. Era vivir en simbiosis con los ciclos naturales, aceptar el riesgo, respetar el ritmo, comprender que la fertilidad nace muchas veces del exceso. Eso es ecología hecha vida, no teoría. Hoy, sin embargo, hemos optado por combatir el agua en lugar de comprenderla. Y cuando la lluvia regresa con fuerza, la realidad se impone sin eufemismos. Las presas desembalsan porque no tienen alternativa, los ríos reclaman el espacio que les fue arrebatado, los suelos impermeabilizados dejan de absorber y empiezan a devolver. No es el agua la que invade. Somos nosotros quienes estamos en el lugar equivocado. El drama no nace de la lluvia abundante, nace de decisiones acumuladas a lo largo de años, de la falta de limpieza de los cursos de agua, de la artificialización de los territorios, de la obsesión constructiva que sustituyó el suelo vivo por cemento muerto. Lo que hoy llamamos catástrofe es, en realidad, consecuencia.

Tal vez haya llegado la hora de admitir que aquello que vivimos, en realidad, no es progreso. El progreso se ve en la forma armoniosa y sostenible como el Hombre se relaciona con la naturaleza y con el medio en el que vive, una verdadera ecología humana. No como concepto abstracto, sino como criterio concreto de decisión – dónde construir, dónde no tocar, dónde retroceder, dónde dejar respirar. Seguir midiendo la evolución por la expansión urbana es un error profundo y peligroso. Porque el agua tiene memoria. Y tarde o temprano, regresa al cauce que le fue arrebatado.

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