Padre. Por Miguel Abreu

Hay días en que el alma respira de otro modo. El Día del Padre es uno de esos días. No llega con estruendo. Nos hace regresar al lugar de dónde venimos, al amor que nos hizo, a las faltas que todavía duelen y a la gratitud que, incluso en silencio, sigue madurando dentro de nosotros. Son las memorias que nunca murieron verdaderamente, porque vienen son acompañadas de rostros, voces, gestos mínimos, ausencias que siguen respirando dentro de nosotros. Y cada uno vive este día desde el lugar donde la vida lo dejó: unos en la alegría serena de la presencia, otros en la saudade honda, otros aún en el vacío difícil de nombrar. Porque la palabra “padre”, cuando es verdadera, nunca es solo una palabra. Es abrigo. Es falta. Es herencia. Es herida y consuelo al mismo tiempo.

Ser padre no se agota en la evidencia de la sangre. Hay hombres que engendran y nunca llegan a amar. Y hay amores que, sin ruido, fecundan la vida de los demás de una forma tan profunda que dejan huella para siempre. La paternidad verdadera comienza cuando alguien acepta cuidar, proteger, acompañar, permanecer. Cuando alguien percibe que amar una vida es, antes que nada, servir a su crecimiento. No poseerla. No dominarla. No doblegarla a los propios miedos. Sino sostenerla, para que un día pueda caminar sola.

Tal vez por eso la paternidad sea una de las formas más bellas y más inquietantes del amor. Se hace a tientas. Entre fallos, impaciencias, ternuras, culpas, alegrías repentinas y noches interiores que casi nadie ve. Se aprende tarde. Se corrige despacio. Y, sin embargo, es en ese camino imperfecto donde el corazón se va ensanchando. Los hijos no nacen solo. También nos hacen nacer. Y, mientras los vemos crecer, hay algo dentro de nosotros que empieza por fin a entender el amor recibido. El amor del padre y de la madre. El regazo antiguo de los abuelos. El amor de aquellos que ya partieron, pero que siguen viviendo en el modo en que miramos, tocamos, protegemos y permanecemos.

Pero un padre nunca existe solo. Siempre hay una historia mayor que él. Hay una mujer, una madre, una entrega compartida, un suelo de humanidad sin el cual esta palabra quedaría incompleta. Hay historias de vida, de entrega, de complicidad, de dolor y de resistencia, donde el amor se va haciendo casa para los hijos. Y tal vez una de las formas más honestas de celebrar la paternidad sea reconocer con gratitud que nadie aprende a ser padre fuera de la relación, fuera del don, fuera de la responsabilidad de amar conjuntamente una vida que vino al mundo sin pedir permiso, pero pidiéndolo todo. Ser padre es también arrodillarse interiormente ante ese misterio y agradecer a quienes nos dieron la vida, a quienes caminaron con nosotros, a quienes hicieron posible que el amor tuviera rostro, casa y futuro.

Y después está aquello que la fe permite entrever. La certeza humilde de que todo amor verdadero viene de más lejos. De Dios. De ese amor primero, inagotable, que tiene la firmeza de un padre y la ternura de una madre, que no desiste, no abandona, no lleva cuentas de lo que dio. Tal vez lo más difícil, y lo más santo, en ser padre sea precisamente aprender a amar sin posesión, sin orgullo, sin medida. Amar hasta el punto de desear que el otro florezca y fructifique, incluso cuando eso nos desinstala. Amar hasta comprender que el mayor gesto de un padre nunca es retener a un hijo junto a sí, sino darle raíces bastante hondas y alas bastante anchas para que pueda experimentar verdaderamente la vida. Y hay verdades que solo se entienden en silencio, cuando la casa se adormece, la luz se apaga, y el corazón, solo en la oscuridad, agradece el amor que tuvo, llora el amor que perdió e intenta, aun así, amar mejor.

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