Como a algunos las urnas les daban la espalda con la misma insistencia que el orballo en noviembre, parece que se les ha agotado la paciencia democrática. Después de 27 años de mandato ininterrumpido de la izquierda en Lugo, han decidido que, si la puerta grande está cerrada, siempre queda la gatera del transfuguismo. En nada veremos el cambio de bastón de mando gracias a una concejala que, visto lo visto, ha decidido probar suerte con la aritmética de los presuntos favores.
La intrahistoria de esta moción de censura tiene más retranca que una tertulia de jubilados en la Praza da Abastos. Cuentan quienes compartieron filas con ella que el mal de altura le viene de lejos. Al parecer, la buena mujer andaba con el ego magullado porque —pásmense— no la nombraron Subdelegada del Gobierno antes siquiera de entrar a la corporación municipal. Un «agravio» imperdonable para alguien de su estatura política.
Lo verdaderamente fascinante del asunto es que a absolutamente nadie se le pasó jamás semejante nombramiento por la cabeza. Solo hace falta preguntar a sus excompañeros para que te confirmen, aguantando la risa, el motivo real: su afamada e inagotable alergia al esfuerzo. Como muestra, un botón que por todos es conocido. Resulta que, en plenas campañas electorales, siendo ella candidata y estando dispensada como funcionaria para dedicarse en cuerpo y alma a arrimar el hombro, su implicación en el día a día fue equiparable a la de un turista en manga corta paseando por la Muralla en pleno enero. Un misterio insondable. Sus compañeros se deslomaban, pero ella, teniendo los días libres del trabajo, ni estaba ni se la esperaba para bajar al barro. Eso sí, para exigir sillones y sentirse ofendida, siempre en la primera fila. La ambición y el victimismo son libres y, de momento, no pagan impuestos.
Y como en este vodevil no podían faltar las casualidades cósmicas, llegamos al elefante en la habitación: la famosa plaza de Costas en la Xunta. De repente, asoma una convocatoria que encaja como un guante con su perfil. Estaríamos hablando de un presunto puesto a medida; un presunto mercadeo de voluntades de manual orquestado para conseguir el voto número 13 que consume la censura.
Pero hete aquí la magia de los tiempos políticos: tan pronto como la prensa destapa el pastel y el tufo a chamusquina asoma, sale ella, rauda, veloz y dignísima, a declarar a los cuatro vientos que no va a pedir la plaza. ¡Qué casualidad más maravillosa y oportuna! Sobre todo cuando en los mentideros de la ciudad es *vox populi* que ya había intentado echarle el guante a esa misma vacante en el pasado sin mucho éxito. Resulta que ahora, justo cuando la hemeroteca aprieta y el escándalo es clamoroso, le entra un repentino y severo ataque de pudor funcionarial. En mi pueblo a esto se le llama intentar tapar el sol con un dedo… o con un expediente en blanco.
En fin, ya sabemos que en la política gallega las meigas no existen, pero los presuntos chanchullos, *habelos, hailos*. Desalojar a un gobierno legítimo a base de maniobras en la sombra y berrinches de quien nunca llegó a Subdelegada por falta de ganas de sudar la camiseta es un flaco favor a la ciudad.
Unos se irán a la oposición con las cajas de la mudanza llenas de trabajo hecho, y a otros, me temo, no les van a llegar las alfombras para esconder tanta presunta vergüenza.